ARTÍCULO

Bolas de papel

La otra orilla, Barcelona
352 pp. 22 €
 

En un pueblo imaginario de la actual Colombia se produce una excepción que habrá de confirmar la regla del nepotismo vigente: Louis Guillaume Gachancetá, hijo de un abogado indocto de convicciones chauvinistas tan pomposas como europeizantes, se convierte en el mejor bachiller del país e inicia un vertiginoso ascenso en el escalafón social. Fruto monstruoso de la mediocridad del entorno, Louis Guillaume ha sabido agenciarse una educación enciclopédica en la renovada lectura de una Larousse entrada en años y de unos cuantos libros expurgados. Dotado de semejante capital simbólico, su máximo objetivo es investirse con el apelativo de «doctor», único título reverenciado por los pobres y ansiado por las clases medias, disfraz de alcurnia, corona y aura de los caudillos latinoamericanos. Uno de estos últimos, el sempiterno senador Gutiérrez Jaramillo, le ofrece al joven hacerse cargo de su campaña legislativa. El desafío es nominal; su misión, en efecto, se reduce a cruzarse de brazos y a no innovar, pero en ella Louis Guillaume dará muestras de toda su inperancia, estulticia y mala fe.
Serpentinas tricolores es el relato de una victoria política que se transforma en el velatorio inconsciente de sus protagonistas y en una crítica zumbona de las instituciones que los amparan. Un fracaso comunicativo abre la novela e invita al lector a desconfiar de la algarabía ostentada por los partidarios del senador. Mientras las cadencias de Celia Cruz se tornan ominosas en su enésima repetición, Louis Guillaume intenta en vano notificarle al padre, vía telefónica, el resultado electoral. En las pausas fáticas de ese diálogo generacional se percibe la duda no sólo sobre el eterno retorno del objeto favorecido por los votantes sino sobre la posibilidad misma de una elección. Padre e hijo no son más que administradores con ínfulas, la mano de obra letrada que apela a las formas vacías de la ley en donde basta «meter un ídem, un ibídem y un ejúsdem» para revalidar las prerrogativas de la clase dominante y cumplir con los protocolos de una falsa ecuanimidad. Identificado con la causa que cree suya, el joven estrella propondrá implementar una teoría de «los dos derechos», división economicista que pretende tornar letra y jurisprudencia lo que el dinero ya hizo praxis.
Con un humor deficitario y amenas intervenciones de un narrador caprichoso, Manuel Mejía trama una sátira sobre la democracia colombiana que pone en cuestión los mecanismos de legitimación y el carácter representativo de un sistema sustentado en el intercambio de favores indebidos y en la parasitosis privada de las arcas públicas. Serpentinas tricolores juega a hacer bolas de papel «con la buena imagen del país» y constituye así un relato paródico contra el Estado corrupto (de las cosas) dedicado a la buena gente de las ONG.

01/10/2009

 
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