ARTÍCULO

El acoso liberal a la democracia

 

La reflexión sobre la democracia goza hoy de buena salud, tal vez porque el descontento y la desconfianza respecto a ella están muy extendidos y por eso los científicos sociales tratan de averiguar las causas y de proponer soluciones. Además, de un tiempo a esta parte, cuando se denuncia la deficiente calidad de nuestras democracias se destaca –como dato al parecer irrefutable– que nuestro sistema político se halla sometido a las exigencias de la economía global (por supuesto, «neoliberal») y que ha perdido un gran margen de maniobra al tener que plegarse a las exigencias de los mercados. Y aunque pocas veces se aceptan matices y se aclaran los conceptos manejados, se da por hecho que todo el mundo entiende lo que hay detrás del uso de términos tales como «neoliberalismo»: especuladores de bolsa, grandes capitalistas sin escrúpulos, banqueros avariciosos, etc. Sin embargo, el uso de un término cargado de tintes peyorativos (que, además, no se define nunca con rigor) puede resultar cómodo y útil para sostener ciertas tesis, pero ciertamente decepciona a los lectores que esperan algo más de los especialistas en estos asuntos.
En un mundo globalizado y vertebrado en torno a organizaciones supranacionales, los límites a la soberanía de los Estados democráticos imponen unas restricciones a los políticos que ahora en tiempos de crisis, y desde una determinada posición política, se consideran inadmisibles. La culpa es, una vez más, de los mercados, un concepto que se utiliza de modo antropomórfico como si pensasen por su cuenta y tuvieran voluntad e intenciones propias, olvidando una de las premisas fundamentales de la doctrina liberal desde sus orígenes: la responsabilidad individual. Por cierto, no sólo la de los brokers que arriesgaban demasiado poniendo en peligro a las mismas entidades financieras en que trabajaban, sino también la del individuo que pide una hipoteca o un préstamo o consume y se endeuda muy por encima de sus posibilidades. Sin embargo, en este tipo de debate, muy pocas veces se habla de la responsabilidad de esos millones de ciudadanos que, mientras las cosas iban bien, no se quejaban ni poco ni mucho de las oportunidades que les brindaba la economía de mercado. El individualismo liberal incluye la responsabilidad individual.
Al margen de esta reflexión general, el último libro de Ignacio Sánchez-Cuenca no trata solamente de estas cuestiones: insiste más bien en otro tipo de problemas a los que también se enfrentan las democracias actuales (sobre todo, la española), y el libro gana mucho en este otro terreno. Así, sostiene el autor que para evitar frustraciones en relación con nuestros sistemas democráticos hay que rebajar las expectativas. Aunque él cree que esta es una sana actitud, no debemos ir demasiado lejos, porque en esa limitación de nuestros deseos e intenciones se corre el riesgo de acabar con ideales consustanciales a la democracia. Algo que ya ha ocurrido, a su juicio, debido a «las restricciones liberales» y «al acoso liberal a la democracia». Es decir, una vez más, el liberalismo (a pesar de que reconoce que «hay algo saludable en la actitud liberal») ha ido demasiado lejos. En el sistema democrático actual, «lo liberal» (nunca claramente definido, pero defendido por la teoría política y el consenso dominante) pesa demasiado. De ahí que se haya aceptado casi sin discusión que se impongan soluciones y «decisiones contramayoritarias» procedentes de organismos e instituciones cuyos miembros no han sido elegidos por los ciudadanos ni están sometidos a su control, pero cuya voluntad prevalece sobre la de la ciudadanía que desconoce los rudimentos básicos de una ciencia, como sería, presuntamente, la economía. Como ellos no saben, deben dejar el tema en manos de los expertos (ciencia y técnica como ideología). El problema, insiste el autor, es que todo ello contribuye decisivamente al deterioro de los ideales democráticos básicos.
Pero, ¿cuáles son esos ideales que moldean y dan sentido a la democracia? Para nuestro autor, dos son los más relevantes: la igualdad y el autogobierno. He aquí los verdaderos requisitos, las dos condiciones fundamentales para que funcione una verdadera democracia. Se sitúan incluso por encima de otros valores democráticos como el acuerdo y la deliberación, sobre todo ahora que «el poder económico distorsiona el debate político». En realidad, la democracia es autogobierno. Pero este ideal –aclara Sánchez-Cuenca– apenas ha recibido atención entre los pensadores liberales, por lo que ni saben explicarlo ni, mucho menos, aportar soluciones. Además, estima que tiene mala prensa (sobre todo entre nosotros) porque el principio de autogobierno implica el de autodeterminación.
Estamos en presencia de una de las partes más polémicas e interesantes del libro, pues no en vano el autor es un reconocido especialista en esta compleja y espinosa materia, que plantea sin miedo y sin tapujos, abordando todas las cuestiones relevantes. Ante todo, considera legítimas las demandas de autogobierno, si bien admite que conducen a cuestiones teóricas y prácticas muy difíciles de resolver. Tampoco soslaya algunas de las «patologías» que la ciencia política contemporánea –que el autor conoce y maneja con soltura– plantea sobre la democracia representativa; entre ellos, los relativos a la representación política, la ideología, la participación, las elecciones, la rigidez de las normas, el poder judicial, la violencia y otros muchos. A pesar de todo, Sánchez-Cuenca sostiene que el sistema político debería ofrecer un cauce democrático, es decir, un cauce legal e institucional, para ese tipo de demandas. Más aún, opina que podría procesarse también democráticamente una demanda de secesión.
Para el autor de este libro, en un sentido que recuerda a algunos de los artífices de los modernos Estados Unidos de América (que él mismo ha estudiado y editado), la democracia tiene un potencial radical; eso sí, una y otra vez desvirtuado por las intromisiones liberales. Por ejemplo: el sistema democrático español debería corregir las desigualdades sociales, una de las fuentes (aunque no la única) de la desafección de los españoles respecto a ella. Además, deberían hacerse reformas constitucionales no excesivamente complejas relativas al poder judicial, el Tribunal Constitucional, las circunscripciones electorales, etc., que mejorarían sustancialmente nuestro sistema político. Pero la rigidez del modelo y el miedo de los «actores» principales hacen que nadie se atreva a modificar las reglas del juego, al menos directamente.
Estamos, en el fondo, ante una nueva versión del largo debate entre dos tipos de democracia: la liberal y la radical. Como sabe muy bien el autor, la visión liberal de la democracia es la que considera que ésta no es más que un método, un procedimiento para relevar pacíficamente a los gobernantes, proteger los derechos individuales (fundamentalmente la libertad) y ofrecer un marco legal en el que cada uno se labre su propio destino: la democracia y la economía de mercado posibilitan de esta manera una sociedad más igualitaria. En cambio, la visión radical pretende mucho más: desea que la democracia sea también un instrumento de trasformación social, de tal modo que su receta para mejorar la democracia es «más democracia», mientras que la receta liberal es «más liberalismo». Es cierto, como reconoce nuestro autor, que el liberalismo «sólo» ve relevantes los derechos individuales; que insiste básicamente en derechos y procedimientos; que se encuentra incómodo con temas como el valor de la pertenencia, los sentimientos y las identidades nacionales. Pero precisamente lo que Sánchez-Cuenca juzga como un gran defecto es para el liberal una gran virtud.

01/12/2010

 
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