ARTÍCULO

Romantizar según Stendhal

Machado Libros, Madrid
Trad. de José Luis Arántegui Antonio
344 pp. 20 €
 

Ningún otro escritor de la época romántica rea­li­zó aportaciones tan poderosas a la causa del naturalismo como Stendhal, hombre quizá más del siglo xviii que del xix, quizá también más moderno y romántico que dieciochesco, quizá más ilustrado que exaltado, y más exaltado, desde luego, que victorcousinista y, ante todo, fiel a Bonaparte; pero la afición de este hombre inclasificable a los idea­rios estéticos del Romanticismo condenó irremediablemente su memoria a entendérselas más de cerca que de lejos con los románticos. La adscripción intelectual de Stendhal (Henri Beyle, 1783-1842) al Romanticismo o, mejor, a lo que el propio escritor denominó con el neologismo romanticisme y contrapuso, entre otras cosas, a romantisme, ocupa el enjundioso ensayo con que Isabel Valverde introduce su edición de los Salones de 1822, 1824 y 1827 y de otros dos escritos del mismo lustro, los panfletos románticos consagrados a la comparación entre Racine y Shakespeare. Con el acompañamiento de su buen hacer, unas ricas anotaciones bien documentadas y la estupenda traducción que ha preparado José Luis Arántegui, Isabel Valverde ha entregado un libro recomendable para todos los stendhalianos y no stendhalianos, pero no sin advertencia previa a quienes se fijen en los títulos. Si alguien pide títulos fiables, podrá sentirse molesto con este que dice Escritos sobre arte y teatro del señor Stendhal, y no los contiene, ni tampoco anuncia más entregas que la que hay. Personalmente, desconfío siempre de los títulos y no les doy importancia, pero fraternizo con quienes se quejan de la poca honestidad de algunos, sobre todo si se trata de publicaciones de un fenómeno llamado Stendhal –cuya literatura se ha tratado excelentemente en castellano bajo la protección de Consuelo Berges–, cuyas ediciones sólo deberían obedecer ya a la ley de la perfección. Pero también a quien sea puntilloso con el título le invito absolutamente a que lo lea, pues en estos Escritos, aunque sirvieran a su autor para soltar la mano de periodista y poco más o menos que para alimentarse, y aun siendo previos a su mejor literatura, se encuentra un Stendhal deliciosamente polémico y también el militante de una doctrina autosuministrada, germanorromántica y germanófoba, «le romanticisme», sobre la que los textos reunidos en el libro nos permiten saber mucho. Las dos entregas de 1823 y 1825 de Racine y Shakespeare son verdaderamente manifiestos a favor de la causa romántica. Stendhal retoma la querella iniciada cincuenta años atrás con el artículo de Herder sobre Shakespeare y que había repercutido hasta en la entonces reciente cristalización del romanticismo en Milán, patria adoptiva de Stendhal, donde Ermes Visconti también invocó a Shakespeare para hacer valer la nueva emancipación de la literatura italiana. Para el autor de Rojo y negro, romántico equivale a actual; una cultura romántica es aquella que se adecua a su época, que responde a sus expectativas y las encarna. Dirige su principal argumento, al igual que lo habían hecho Herder y su estela, contra la supremacía de la norma intemporal que preconizó el teatro clásico francés. El no al teatro de Racine y al de Voltaire era un sí a una literatura del presente, manumitida de «la molesta armadura» de la preceptiva y de ese «tapamemeces» que era para Stendhal el verso alejandrino. Pero en la naturalidad de su romanticismo de «extrema izquierda» habían de resonar, asimismo, los ecos de 1789, año de la Revolución y fecha repudiada al filo de mil ochocientos veintitantos, cuando redacta para minorías, hasta que el triunfo de la monarquía de julio abriera con la nueva década un pe­río­do de florecimiento del romanticismo liberal en Francia, del que Stendhal anticipó casi todo.
En la Vida de Rossini, que Stendhal escribió también en la época en que redactó los escritos que son objeto de esta reseña, se destaca y valora mucho una habilidad del maestro italiano que todos admiramos en el propio Stendhal. Me refiero a esa cualidad que llaman la facilità nel fare. En los escritos polémicos, las virtudes de Stendhal para la facilidad son poco menos que proverbiales. De ella se nutre su cultivo de una dialéctica refrescante ­cuyas articulaciones saboreamos y cuya ­capacidad de reflexión nos orienta en el cami­no por el que quiso enderezar a la modernidad romántica. «Un espíritu extremadamente despierto» y «un gran fondo de sensibilidad» habían sido, cómo no, dos de las cualidades que Stendhal reclamó para el artista en Del bello ideal moderno. La lectura de la correspondencia que intercambian El romántico y El clásico en el Racine y Shakespeare de 1825 también tienta y despierta en quien le presta atención la bonhomía y el sentido para la felicidad. «Su inexorable sagacidad me da miedo», advierte El romántico a El clásico. Y es que él no anda patrocinando doctrinas, sino protegiendo una razón que ha de ser ante todo garante de la libertad.
Las reseñas stendhalianas de los Salones van cargadas de aciertos y de juicios penetrantes,. Fueron escritas incluso con una viveza que aún hoy nos toca de cerca, pero lo que aportan es de interés más bien erudito, sobre todo si se toman por objeto de comparación los juicios y las descripciones imprescindibles de obras de arte que ofrecía el propio Stendhal en su Historia de la pintura en Italia. La mirada de este escritor inmenso entraba en los Salones a la fuerza. Sabía guiarse, y lo demuestra, y su curiosidad alcanza a todo, pero también nos comunica que el cúmulo de imitadores mejorables de su admirado David y la plétora de cuadros de historia y de sobreactuaciones que dominaba en los certámenes, más que estímulo, eran obstáculo para la vista. «El siglo de la pintura ha pasado», sentenció. Pensaba, y no sin razón, que en la vivienda media del nuevo siglo no podían caber los cuadros que veía. Y dedujo que había llegado la hora de las estampas. 

 

01/03/2007

 
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