ARTÍCULO

Riesgos y fortunas

Selección de Aurelio Major / Galaxia Gutemberg / Círculo de Lectores
Antología poética. Prólogo de Carlos Pirera
352 págs.
 

Los principales aliados de la poesía de Tomás Segovia (Valencia, 1927), hispanomexicano de la segunda generación del exilio como lo define muy bien Carlos Piera, son el atento oído y una imaginación que genera metáforas con una facilidad sorprendente. Es imposible no dejarse seducir por un ritmo polimétrico cuyo espectro versal oscila desde una sílaba sola hasta alejandrinos o líneas aún más largas. Desde el primer libro que ha sido incluido en la antología En los ojos deldía, preparada por Aurelio Major, Anagnórisis, apreciamos ese poderoso imán de la palabra de Segovia, dueña de precoz maestría –tenía entonces treinta y cuatro años– retórica: reduplicaciones, anáforas, prosopopeyas, antítesis y demás recursos. No obstante, en esa desaforada empresa lírica extrañamos la mesura en algunos poemas largos que toleran versos como éste: «no volver pero no quiero no volver a querer saber» (las cursivas son mías), tercero de «El poeta en su cumpleaños», en el que la rima interna impide el tránsito hacia pasajes sucesivos.

La sensación de diferencia cualitativa impera en este libro. Hay poemas admirables como «Canción navegable», «Hoy», el recitado 32 de la «Cantata a solas» o las deliciosas y afortunadas piezas que conforman «Bisutería», parodias en colaboración con Ramón Gaya, una sección vivificante por la audacia con que se realiza el desdoblamiento para escribir objetos verbales al modo de Góngora, Bécquer, López Velarde, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y etcétera. Cedo al placer de transcribir la breve imitación de Antonio Machado, esta copla magnífica: «Era una mujer moneda, / moneda del alma mía; / ella me cobraba el alma, / yo el dinero le vendía» (De Decires de Juan Pozo, 1923). Pero en la antología, junto a versos deslumbrantes como «infinita es la noche de no vernos» del poema «Negrura», leemos «no has cerrado lo abierto eres su entrada».

La abnegación estilística es evidente en los poemas que dan cuerpo a la sección «Segundas señales»: «Primavera envidiada», «La estación desnuda» o en el alto «Edad», tejido con sabia mano percocera: «La mano del amor ahora es grave. / se ha espesado la carne / de una savia de tiempo; / el curso de los días / ha ensanchado su cauce. / Pero de paz cargada abriga y pesa / la lenta mano calurosa. / La mujer mira al hombre / padecer por el hijo, / y florece».

La palabra, sometida al rigor reflexivo, destella con mayor profundidad en los poemas breves de Segovia y entendemos que, por ello, el proceso de decantación tiene como causa primera un alto nivel de exigencia formal, evidente en estrategias de composición que no olvidan la sorpresa en el remate de algunos poemas, más ásperos si más abundantes. Así, por ejemplo, en «Hogar», atravesado por versos de trece, de catorce, de siete y, sobre todo, por endecasílabos fulgurantes como «y se estremece el oro de la brasa», el eneasílabo que lo culmina –«por una vez dice su nombre»–, acorde con una de las características de apertura del arte contemporáneo, evita la previsión métrica.

Debo decir que, en rigor, algunos de los momentos más placenteros de la lectura de En los ojos del día son prodigados por una prosa poética sostenida con frases como ésta: «Así rechacé por gratuita, extraña, inmerecida mil veces la alegría y puse enigmas al amor para hacerlo culpable» («Heredero»). Se trata de una prosa en donde el pensamiento cabalga sobre la vena poética para producir una felicidad potenciada: «Esta vez me alargaré sin ruido al lado de tu amor, te cubriré callado de cosechas segadas que no han de sofocar tu extensión fundadora, tenderé por encima de tu vientre todo un tibio espesor de frutos y silencios» («Core»).

La ascesis verbal preside también los poemas de «Orden del día», una de las mejores secciones de la antología por la serena sobriedad que la gobierna y porque, acaso como nunca, el poeta ha sabido ordenar las palabras con una función acumulativa que desprende sus mejores jugos en la revelación cifrada en los versos finales: «Y de pronto le he visto al día en llamas / entre sus vagos velos rojos / que un blando soplo ha descorrido / la fiebre de los ojos / y el embriagante cuerpo herido».

Es indudable que los sonetos de «Figuras y melodías» poseen gracia irónica, dignidad verbal e impecable ritmo. Sin embargo, muchos de ellos han sido fraguados con una idea preconcebida (la mujer extática y vencida por el amante fogoso) que en lugar de concederles vigor los torna, en cierto modo, predecibles. Si tomamos, por ejemplo, un par de versos como «Toda una noche para mí tenerte / sumisa a mi violencia y mi ternura», y lo contrastamos con el ocaso del poema –«cuando ya mis caricias no te quemen, / mujer ahíta de placer y semen»–, advertiremos que tras la lectura del inicio las líneas finales habrán de resultar inocuas.

Suele decirse, con un tópico añejo, que los escritores deben ser juzgados por sus principales obras. Y es cierto. En los ojos del día es una antología que muestra la gran calidad poética de Tomás Segovia y en la que, por desgracia, han sido incluidos algunos poemas con versos supernumerarios. La pregunta es: ¿cuáles de los textos seleccionados por Aurelio Major pasarían la prueba del nueve en una antología personal?

01/10/2003

 
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