ARTÍCULO

Thomas Bernhard o «el horror de indiferencia»

Alianza, Madrid, 1997
144 págs.
 

Serían convenientes dos maneras distintas de dirigirse al posible lector de los textos, de reciente publicación, Acontecimientos y relatos, de Thomas Bernhard (1931-1989): una para los «iniciados» y otra para los «neófitos». A estos últimos les sugiero tomar aliento, ya que la voz del narrador, su vehemencia, arrastra sin miramientos, y no nos soltará hasta haber dicho todo lo que tiene que decir. Ya desde la primera página hay que tomar una decisión: o bien dejamos el libro, o nos preparamos para no poder abandonarlo hasta el final. Y una segunda advertencia, tan parcial y subjetiva como la primera: no se suele leer una sola obra de este pensador, novelista, poeta, dramaturgo, ensayista, biógrafo de sí mismo, espíritu artístico y musical y crítico devastador de nuestro mundo y nuestra época. Leer una primera obra de Bernhard puede suponer querer leer todas las demás; sumergirse en su universo produce adicción, respeto y temor. Desde él nos llega «una admirable polifonía de voces que, al parecer, es la definitiva ópera de nuestro tiempo», como reza la dedicatoria de uno de los muchos libros de este autor que una amiga ha ido regalándome durante decenios. En las últimas líneas he estado hablando para los «iniciados»; los que poseen, quizás, algunas claves de interpretación.

El discurso de Bernhard es como una salmodia, aunque el canturreo que profiere sea de contenido profano. Sus frases obsesivamente reiterativas, de una sintaxis rigurosa, son un largo lamento, una elegía que habla de desgracias, suicidios, muertes o enfermedades de todo posible modo de existencia. Con la intención, quizás, de sortear los rigores de la existencia, y para seguir sobreviviendo en ella, los textos del escritor austríaco se organizan a modo de ritual, al que presta aliento poético su espíritu musical. Sus fraseados de palabras suenan como «variaciones musicales» sobre un tema principal, en modulaciones siempre distintas que hablan de lo mismo. Cuando uno se interroga acerca de la repetitividad de Bernhard, no ha de olvidarse que el «principio de variación», como dice Eugenio Trías, es el principio mismo de la música y de toda creación artística en general. Ya sea en sus novelas, relatos o textos autobiográficos, siempre hay un «tema único» (memento mori) que se repite en todos los tonos y registros (desesperanza, denuncia y, a veces, atisbos de salvación). Los cinco libros que constituyen su autobiografía (El origen, Elsótano, El aliento, El frío y Un niño) parten de una situación traumática, aniquiladora. En primer lugar, la «escuela», vivida por el joven sólo como instrumento de humillación, nazi primero y católica después de la guerra, como prolongación clerical del horror del fascismo. Otra situación que recrea obsesivamente en su obra son los «sanatorios» en los que hubo de pasar años de su vida, a consecuencia de la afección pulmonar contraída a los dieciocho años; hospitales para pobres, que eran morideros y lugares de desolación.

La estrategia narrativa es siempre la misma: descubrir la situación, denunciarla y huir de ella tomando siempre «la dirección opuesta». Y también identificar al adversario, nombrarlo, insistir repetidamente, salmodiar su nombre para exorcizarlo. Pero aun en las situaciones de mayor peligro, siempre aparecen figuras salvadoras, como el abuelo, escritor anarquista cuyas enseñanzas y observaciones fueron siempre para el niño la «única escuela útil y decisiva para toda mi vida» (El origen), o el tío, un hermano de la madre, siempre perseguido y buscado, que le guiará con sus ideales comunistas después de la muerte del abuelo. Otro aspecto que hay que tener en cuenta de las citadas estrategias es que la voz del narrador, sus opiniones, no son nunca de primera mano, sino que dice lo que le contó alguien quien, a su vez, lo recibió de un tercero. Hay un distanciamiento en el continuo cambio de la primera a la tercera persona, a un «él» que marca la desposesión total, el grado cero de la identidad; lo que otro descreído, Marcel Duchamp, llamaba «el horror de indiferencia».

Este es el caso del último de los Relatos del libro que comentamos, «Goethe se mmmuere», en el que aparece un grupo de personas que hablan y dicen lo que otros dicen que han oído. Es una inmensa farsa o bufonada donde Goethe, en su lecho de muerte, fantasea con la visita de Wittgenstein, al que Bernhard convierte en su contemporáneo. El príncipe de las letras alemanas es presentado (como ya hizo Thomas Mann) como un personaje altanero, que desde su majestad olímpica pretende someter a todos a sus caprichos. Se considera el genio absoluto, el paralizador de la literatura alemana; yaque los que vengan detrás de mí, lo tendrán difícil, dice. Su deseo póstumo es contemplar a su único sucesor, el filósofo Wittgenstein (quien con Schopenhauer será el único maestro filosófico reconocido por Bernhard). Otro de sus Relatos es «El crimen del hijo del comerciante de Innsbruck», donde se describe el perturbado universo familiar de padres y hermanos, continuamente superándose en el arte de sus maquinaciones diabólicas contra el desvalido, con el cual se identifica el narrador. Quizá sea este relato, escrito por el autor a los veintitrés años, el que mejor refleja el infierno del joven Bernhard.

Acontecimientos data de 1954 y se compone de textos brevísimos donde desfila una galería heterogénea de personajes: el cuarentón, el cajero, la hermana del cura, el pintor, el repartidor de giros postales, etc. La única ligazón entre ellos es su captación del absurdo de la vida, del vacío radical. Sin embargo, no hay en ellos intención alguna de adoctrinar, moralizar ni avisar de nada. Sólo describen, en una prosa sobria, fragmentos de vida elegidos al azar que desembocan en una catástrofe imprevisible y súbita (suicidio, enfermedad, asesinato). Cada uno de ellos podría ser el germen de un relato, el «tema» o situación traumática (que antes llamé mementomori) que el autor, en su etapa de madurez, intentó conjurar por la vía de la repetición obsesiva y ritual. Los años que Bernhard pasó por este mundo, sólo como un superviviente, y gracias al ejercicio de la escritura, quedan ahí expuestos en una obra al alcance de todo aquel que tenga conciencia de que también nosotros pasábamos por aquí, arrojados al mundo y sus eventos.

01/09/1997

 
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