ARTÍCULO

La responsabilidad del «viajero»

 

Régis Debray es un hombre apurado. En pocos días (cuatro exactamente), ha explorado el Kosovo en guerra y dado a conocer a la intelligentsia parisina su «verdad» sobre Milosevic, los bombardeos de la OTAN y los refugiados kosovares de origen albanés. La «Carta de un viajero al Presidente de la República», publicada por el diario Le Monde en su edición del 13 de mayo de 1999, provocó un sinfín de reacciones en cadena, probablemente porque Milosevic había encontrado en Francia, por fin, su mejor abogado: el enfant terrible de la intelectualidad francesa, el rebelde «intocable» con una aureola permanente, la de haber estado preso en Bolivia por haber participado en la guerrilla del Che Guevara. Digo «intocable» porque Régis Debray forma parte de esa camarilla que controla a la vez buena parte de la prensa y de los medios de la edición en Francia. Pero esta vez, «Régis» ha llegado demasiado lejos.

Me permito la familiaridad de llamarlo «Régis» no por conocerlo íntimamente sino porque algunos de sus antiguos amigos, tales el filósofo Bernard-Henry Lévy o el director de la redacción de Le Monde, Edwy Plenel, así lo interpelan, tuteándolo antes de proclamar públicamente, con todo el dolor de su alma, su ruptura con el que fuera su compañero de tertulias selectas en el Quartier Latin de París durante tantos años. «Régis» ha dejado de ser frecuentable.

Y es que, para él, no ha habido «purificación étnica» por parte de los serbios en Kosovo. Apenas unas cuantas exacciones, casi normales y perdonables en tiempos de guerra. Debray las admite, con una extraordinaria ponderación: «Los relatos de exacciones son demasiado numerosos para que se pueda poner en duda un fondo innegable de realidad». Fíjense bien: «un fondo innegable de realidad». En otras palabras, ha habido deportaciones, masacres, ejecuciones sumarísimas, violaciones, es cierto, pero eso no corresponde a un plan premeditado. El exilio de cerca de un millón de kosovares ha sido provocado no por las órdenes de Milosevic y de su ejército sino por simples incontrolados, snipers serbios o albaneses, y los bombardeos de la OTAN. Un periodista occidental consultado por él le ha asegurado «no haber visto huella de crimen contra la humanidad». Lo demás es mentira. En Pristina, uno podía almorzar «en pizzerías albanesas, junto con albaneses». ¿Candidez, ingenuidad, estupidez o propaganda gran-serbia?

Por cierto, Milosevic, siempre según Debray, no es el monstruo que se pretende ver en Occidente. Ni siquiera es un dictador. «Autócrata, tramposo, manipulador y populista, el señor Milosevic, sin embargo, ha sido elegido en tres ocasiones: los dictadores se hacen elegir una vez, no dos». El «amo de Belgrado», como lo llaman a menudo los medios de comunicación, es un demócrata que respeta la Constitución yugoslava, que no impone a su pueblo un partido único y, sobre todo, que no ejerce ningún «carisma "totalitario" sobre las mentes». Sería casi un nacionalista, una especie de De Gaulle de los Balcanes (Debray se arriesga a la comparación poniéndole, sin embargo, ciertos reparos). Se conoce la admiración tardía profesada por el otrora «guerrillero» hacia el general. ¿La clave de esa extraña admiración? El antiamericanismo. Para ponerle un freno a la extensión de la potencia americana (en otros tiempos se hablaba de «imperialismo»), Debray está dispuesto a firmar pactos con todos los diablos de este planeta. Sobre todo si en algún momento han sido comunistas y se han volcado hacia el nacionalismo a ultranza (como él mismo), si se trata de lo que algunos editorialistas llaman los «nacional-comunistas» o, para designarlos con menos «ismos» y más colores, «los rojospardos».

La guerra se ha acabado. La cruda realidad aparece frente a nuestros ojos. Las monstruosidades cometidas por los serbios son conocidas de todos. Régis Debray se encuentra desesperadamente solo. ¿Solo? No del todo. Peter Handke, sin duda, está con él, y probablemente Manuel Vázquez Montalbán también. Y, del lado político, ha recibido un apoyo importante, el del ministro francés del Interior, el mismo que había dimitido del Gobierno durante la guerra del Golfo, el que resucitó milagrosamente después de un error médico que lo dejó en coma durante varias semanas, el que persigue inexorablemente a los indocumentados para expulsarlos del territorio nacional: Jean Pierre Chevènement, quien subrayó la «valentía» de Debray.

No se trata aquí de juzgar las posiciones del escritor-filósofo, que sabe manejar como pocos el arte de la provocación, para seguir existiendo a nivel mediático (él se ha autoproclamado teórico de ese tema con sus Cuadernos de mediología, de reciente creación) cuando ya no tiene nada que decir. Pero es importante, a mi juicio, subrayar su responsabilidad. Régis Debray ejerce una influencia importante sobre los nostálgicos de la «grandeza» de Francia, que existen tanto en los rangos de la derecha como de la izquierda, tanto en los cenáculos de los Champs-Elysées como en los del Quartier Latin. Sería extraño que, sobre las tropas de Milosevic, el teórico francés haya podido influir. Pero, en otros tiempos, los de aquel tristemente famoso ¿Revolución en la revolución?, Debray ha ejercido cierto «carisma» (no sé si «totalitario», en todo caso intelectual) sobre innumerables jóvenes que fueron a dar su vida en las sierras latinoamericanas en aras del ideal castro-guevarista. Nuestro «viajero» no ha escarmentado. Sin embargo, debería saber que los escritos no son inocentes, que algunos ayudan a transformar el mundo pero que otros, desgraciadamente, empujan hacia el fanatismo revolucionario, nacionalista o racista. La «Carta de un viajero» es uno de los más siniestros panfletos que nos haya sido dado leer en esta época turbia.

01/09/1999

 
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