ARTÍCULO

El sentido de la contemplación

Espasa Calpe, Madrid, 263 págs.
 

Pérez Estrada exploró siempre los espacios y los territorios más inesperados de la escritura y traspasó los cercos de sus límites con el vigor de su imaginación creadora y su espíritu desmoldado de pautas y caminos trillados. Fue, ante todo, un transgresor de los géneros, de las reglas y de las estructuras previsibles, un poeta que no admitió parcelaciones, tan atento a las influencias de todas las épocas como al reflejo de las visiones y el sentido de los símbolos. En su amplia obra se conjuntaron la oralidad arábiga y bíblica, las excelencias retóricas del clasicismo, las agudezas verbales y metafóricas barrocas, el genio irrefrenable de los románticos, la explosión sensorial modernista y la transgresión formal de las vanguardias. Poeta de la reflexión y la contemplación, de la inteligencia y los sentidos, exigió al lector una percepción intuitiva y una interpretación cómplice.

Con La extranjera ha vuelto a romper, pese a su estructura tradicional, con la forma habitual del género narrativo, ya que su trama no responde al punto de vista de la observación exterior propia del novelista, sino a la contemplación de la realidad asumida y conformada por el interior del poeta. El narrador, en principio, cuenta la historia de unos personajes de variada catadura que coinciden en la costa de Andalucía durante la Segunda Guerra Mundial: por un lado, extranjeros que no parecen tener otro objetivo que ver pasar la vida ni otros horizontes que los del refugio del Peñón del Cuervo, y por otro, españoles que, con la excepción del protagonista, les sirven de comparsa. Unos personajes estrafalarios, sin duda, sacados del mundo imaginario de los sueños igualmente estrafalario.

En medio de estos fragmentos de existencia humana, la novela se concentra en una historia amorosa destructiva. El narrador protagonista revive su amor fou y su fascinación por Cristina, la hermosa y atrabiliaria extranjera, madre de dos gemelos tan enajenados como ella, que no encuentra su sitio en la vida por su obsesión de ocultar su pasado misterioso y esperar una salida imposible al presente. Los constantes vaivenes entre el protagonista y Cristina crean una atmósfera tan enloquecida como la de los melodramas o las ensoñaciones enfermizas.

Y es aquí, en el decurso textual de esta historia y en el desarrollo de su trama estática, sin movimiento narrativo, donde el autor elude los fundamentos del género novelesco. Su narrador protagonista, siempre desde el interior, contempla en vez de observar, suplanta el mundo objetivo con la confidencia de sus obsesiones, y sobre todo, anula el carácter dinámico y progresivo de la novela al crear personajes planos, de rasgos muy definidos, y al no conceder a los espacios y al tiempo una caracterización precisa. Unos y otros se mantienen en el territorio difuso de los sueños, o de las vagas impresiones, y acaban delimitados por la apariencia abstracta de la intemporalidad. Más que una acción novelesca, parece que el escritor hubiera creado, por el contrario, una atmósfera que recuerda a los ambientes decadentes y a las escenas galantes de la poesía simbolista y modernista.

Pérez Estrada, por tanto, ha preferido la visión subjetiva e intimista, de acuerdo con su manera de concebir la literatura como indagación imaginativa y como expresión de la intimidad, y ha empleado unas fórmulas que tienen que ver con la poesía o con la descripción, en la que simplemente se suceden los materiales, pero no dispone y convierte esos materiales en una trama compleja y dinámica. Su misma escritura deslumbrante y barroca, incluso, que puede considerarse uno de los mayores logros del libro, funciona como un peso muerto en perjuicio de la verosimilitud de la novela y en concreto de la historia amorosa.

Otra cosa muy distinta es El levitadory su vértigo. En él se muestra el Pérez Estrada que ha suscitado los mejores elogios críticos. Este libro, publicado en una colección que tiene como objeto combinar la creación de un autor con algunos juicios críticos sobre su obra, puede dar la imagen más certera del escritor, ya que confirma de modo patente su actitud transgresora en los contenidos y géneros y su maestría para convertir en espléndida escritura sus visiones personales.

En su primera parte se presentan pequeños textos que, pese a la brevedad, configuran mundos imaginativos de gran intensidad. El escritor desdobla los géneros y los interfiere constantemente, de manera que nunca son lo que a primera vista parecen: textos de apariencia poética o narrativa que a la postre concluyen en un aforismo o en una declaración de principios literarios. Pérez Estrada intenta en todo momento retorcer el cuello a la retórica y a las reglas tradicionales para transformar su discurso textual en algo nuevo. Así, unos parecen proyectos narrativos que, sin embargo, se resuelven en una especie de minicuentos con toda la intensidad de una trama bien organizada; otros adoptan la forma lírica y acaban en una estructura de escena dramatizada; otros presentan, como en la novela comentada, ambientes galantes y decadentes al estilo modernista; otros, en fin, de contenido metaliterario, expresan los principios poéticos del autor.

En cualquier caso, en todos los fragmentos se descubre el punto de partida de la contemplación, propia del poeta, y sus obsesiones por los mundos de imaginación, por los símbolos y los sueños, por las sensaciones y por la realidad exterior, dotada de eternidad simbólica, que aquí está representada normalmente por la imagen del mar y el cielo.

El resto del libro se completa con varios acercamientos a su figura y con análisis de su obra a cargo de diversos críticos y profesores, una entrevista que aporta claves importantes sobre su visión de la literatura y el proceso de creación, algunos dibujos originales y una detallada nota bibliográfica desde 1985, que serán sin duda de gran utilidad para quienes en el futuro se interesen por su obra.

01/11/2000

 
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