ARTÍCULO

Cuando la escritura con sangre entraba

Edilesa, Los libros de la Candamia, León, 144 págs.
 

Juan Pedro Aparicio ha escrito un hermoso libro sobre la memoria, pero también sobre la creación literaria y la condición del escritor. Después de varias novelas y cuentos que han dado una visión muy personal, expresionista y paródica, de la realidad histórica y política del franquismo, y la democracia, Aparicio recurre de nuevo a la memoria, no para expresar su disidencia con el poder arbitrario y los intereses tribales, sino para recuperar el tiempo perdido de la infancia y la adolescencia, ese recinto secreto, confuso e inseguro, donde se originan los sentimientos imborrables del ser humano y los cimientos de la escritura. En la niñez nacen las cosas que realmente importan, incluidas la sensibilidad y la percepción necesarias para la literatura.

Qué tiempo tan feliz recorre, por una parte, la infancia del escritor en un colegio religioso de León durante los años oscuros y oscurantistas del franquismo, y su relato mezcla la imagen agria de los métodos disciplinarios y el tono emotivo de los recuerdos íntimos rescatados por la nostalgia. Allí, entre los altos muros de ladrillo y unos profesores de sotana y correaje, aprendió a sobrevivir y a nadar contracorriente. Allí, expulsado del grupo y aislado en su pupitre como en un solitario Clavileño o en el rincón del patio, sufrió en propia carne que la letra con sangre, no con esfuerzo, entraba, y que la educación consistía en ir perdiendo a pedazos las alas, las ansias de volar hacia otros territorios o el sueño de aventuras por túneles y subterráneos.

Pero no todas las vivencias recordadas se restringen a los lúgubres sótanos de la mano dura y el ora et labora penitencial. Aún le quedaban al escritor otros territorios de libertad y de imaginación a los que no tenían acceso aquellos recios vigías de la moral –el padre Juan, Pata Podre o Carioco– en su escuela de buenas costumbres. Territorio de libertad e imaginación fue el cine, sobre el que escribe con auténtica veneración y de cuyas salas y actores da frecuentes noticias. El cine, aun en aquellos tiempos de censura, opina Aparicio, ofrecía en su pantalla un mundo tan amplio y seductor como el del universo inabarcable, y la oscuridad de sus salas, cuando todo lo que estaba a la luz era tenazmente vigilado, creaba la ilusión de la libertad. De los cines, confiesa, le gustaba hasta el ruido de las máquinas. El otro territorio de la libertad fueron los sentimientos. La capacidad de sentir es, según Aparicio, un don que se debe cultivar si se quiere ser escritor. El primer amor, por ejemplo, suscitó, entre aventuras ensimismadas, sus primeras ñovelitas –pequeñas novelas sentimentales–. El amor fue también amistad con los amigos y, sobre todo, pasión por los animales. Los animales funcionan en el libro como referencias para las comparaciones y metáforas (el ñú, la cebra, el león, el camaleón, los peces, los cachorrillos, el buey, el toro, la pantera, etc.), pero también como materia narrativa. Aparicio ha escrito páginas memorables sobre los caballos –el de Paco el panadero o el del cuello descoyuntado– y anécdotas inolvidables como la del pichón que le regalaron y acabó guisado en la cocina o la del pájaro que llevó al colegio en el bolsillo y echó a volar en plena calle. Qué tiempo tan feliz expone, por otra parte, una reflexión sobre la literatura y el oficio de escritor. La memoria de la infancia se convierte a cada paso en la memoria de la creación literaria y en la memoria primigenia del ser del escritor. Los recuerdos y la literatura nacen del sentir, y aunque la novela sea, por su misma esencia, una sustitución de la realidad, en Aparicio son válidas aquellas palabras del poeta para quien la belleza es verdad y laverdad belleza. Sólo si la suplantación de la realidad que configura una novela surge del sentimiento, puede transformarse en una verdad más consistente que la propia realidad, y como tal la percibirá el lector.

Y sobre esa impagable verdad literaria, la de sus recuerdos y la de la trama y la estructura narrativas, ha montado el autor esta novela. A través del juego metaliterario o de metaescritura, en Aparicio confluyen al mismo tiempo el personaje novelesco que narra su peripecia y el escritor real que ha ido dejando en el camino novelas y cuentos desde aquel primero titulado El gran Buitrago. El personaje novelesco, por su parte, necesita un interlocutor, un alter ego complementario y verosímil, como Don Quijote necesitó a Sancho, y así, al igual que en otras novelas suyas –véase El viajero de Leicester–, introduce a Calahorra, un aspirante a novelista, como destinatario de la narración –algunos lo llaman narratario– y de su travesía para escribir la novela.

El escritor real, por la suya, se pregunta constantemente por la materia y la forma de la literatura. Cuando no dialoga con Calahorra, en un intento de explicarle las pautas y los métodos de la escritura o los fundamentos de la verosimilitud narrativa, indaga en las razones y las vivencias pasadas y presentes que lo han convertido en escritor y como tal lo presentan ante sí mismo y ante los demás. No es fácil, sin duda, clarificar las sucesivas incógnitas, el misterio y la perplejidad que cercan al oficio del escritor, pero Aparicio lo ha intentado de la mejor manera, es decir, buscando en los comienzos de la vida y de la escritura.

01/09/2000

 
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