ARTÍCULO

Si en el principio fue la acción, entonces no hubo principio

 

Hasta hace poco, los pragmatistas norteamericanos apenas formaban parte del elenco de filósofos habitualmente considerados clásicos y a veces ni siquiera de la clase de los autores dignos de tomar en serio. Aunque preguntar por tesis en las que hayan coincidido Bertrand Russell y Martin Heidegger puede parecer una adivinanza o el comienzo de un chascarrillo, lo cierto es que ambos parecían estar de acuerdo en su desapego por el pragmatismo, al que Heidegger consideraba «ajeno al ámbito de la metafísica» y Russell una manifestación del «mercantilismo americano». Si se acude a la escuela de Francfort en busca de juicios más benévolos, la empresa es desesperada: para Horkheimer y Adorno, los pragmatistas eran simplemente (como casi todo el mundo, por otra parte) unos vulgares positivistas poco dignos de aprecio. Los principales representantes del pragmatismo –Charles Sanders Peirce (18391914), William James (1842-1910) y John Dewey (1859-1952)– fueron tempranamente conocidos en Europa y muy influyentes en Norteamérica antes de la segunda guerra mundial. Sin embargo, la filosofía europea del siglo XX ha estado dominada por creencias y estilos de pensamiento muy alejados del pragmatismo, mientras que la norteamericana posterior a la guerra ha vivido hasta hace bien poco de su muy rentable importación de la filosofía analítica nacida en la Europa de entreguerras. Esto no ha sido óbice para que muchos de los mejores filósofos de allí (Quine, Goodman o Sellars, pero sobre todo Rorty y en los últimos años Putnam) han tenido debilidades pragmatistas más o menos explícitas, en favorable conjunción con el interés que Apel o Habermas han despertado por el pragmatismo en Europa. El resultado es que las tesis y las maneras pragmatistas gozan hoy de una vitalidad que muy pocos habrían profetizado hace treinta años.

Los dos libros que comentaré son de lectura imprescindible para quien quiera aclararse sobre los problemas del pragmatismo, pero también para quien desee estar al tanto de la filosofía contemporánea en su conjunto. La Introducción a la teoría pragmatista del conocimiento de Ángel Manuel Faerna proporciona una rigurosa historia de la tradición pragmatista, una contextualización de ese enfoque en los problemas clásicos de la filosofía y una muy bien trabajada exposición de las principales cuestiones epistemológicas a que hubieron de enfrentarse Pierce, James y Dewey, además de una introducción clara a la teoría del conocimiento de Clarence Irving Lewis (1883-1964), lógico y filósofo de Harvard casi desconocido hasta ahora para el lector de lengua española. La obra, sin embargo, es más que esto. La escrupulosa atención a los problemas de que se va ocupando (casi todos los que se suelen asociar a la disciplina académica llamada teoría del conocimiento) hace que pueda servir muy bien como introducción a la epistemología contemporánea en general. Bajo el título Conocimiento y acción, el libro de Ramón del Castillo ofrece, por su parte, una presentación del «giro pragmático de la filosofía» que le exige dos tareas de dimensiones nada modestas: situar las concepciones pragmatistas de la ciencia, del significado y de los valores en el marco de la «crítica del racionalismo» en que consiste, según el autor, la corriente principal de la filosofía europea posterior a Kant, y estudiar la raíz común de los pragmatistas americanos y del segundo Wittgenstein. Creo que el autor ha salido holgadamente airoso de ambos desafíos. (El libro tiene una rara propiedad: después de leerlo, se hace difícil no ver a Wittgenstein como un pragmatista, bien que como pragmatista sui generis. No es esta una virtud pequeña en una interpretación filosófica.)

Faerna y Del Castillo coinciden en destacar que el pragmatismo no debe verse como una escuela o un conjunto cerrado de doctrinas, sino más bien como una actitud o estilo de pensamiento, o, con palabras de Ramón del Castillo, como «un hombre para una familia de predisposiciones del pensamiento contemporáneo hacia problemas filosóficos tradicionales, tales como la relación entre razón y práctica o entre significado y realidad». A los lectores impacientes, esto puede producirles cierto desasosiego y quizá la sospecha de que cualquiera puede llegar a ser tenido, en mayor o menor grado, por pragmatista. Pero, más que las ideas concretas –a menudo titubeantes– de los pragmatistas clásicos, importa comprender por qué interesan esas ideas y esos titubeos. Ver, en suma, que en momentos y lugares de la filosofía contemporánea muy distintos entre sí se vuelve imposible tomar el conocimiento como una copia de la realidad y la teoría como algo independiente de la práctica. Conocer no es (o eso nos hemos acostumbrado a creer) mirar la realidad fielmente representada en un espejo o en una tablilla de cera, sino echar al mar redes diversamente tejidas y ver qué se puede atrapar con ellas. Las construcciones intelectuales –esas redes que Faerna propone como metáfora de la epistemología pragmatista– son artefactos humanos y esto quiere decir que son el resultado de acciones y que son instrumentos con los que se seguirá trabajando. Si lo que hay son redes en lugar de espejos, si una red es buena cuando está bien hecha y si está bien hecha cuando sirve para pescar lo que se quiere (en ocasiones, incluso magníficos peces que se desconocían), entonces las teorías científicas y las creencias ordinarias son episodios que ocurren dentro de ciertas actividades o prácticas, y no el fundamento de ellas. Lo anterior no debe invitar a desentenderse de la verdad ni a concluir que todo da igual. Al contrario: sugiere que lo que importa son los fines de la investigación (lo verdadero, dijo James, es una especie de lo bueno). Pero naturalmente uno no puede proponerse cualquier fin; no existe un muestrario de fines del que uno pueda escoger a su antojo, porque la mayor parte de las veces son los medios de que se dispone (productos, acaso, del logro de fines anteriores) quienes deciden qué propósito se desea. Así pues, al igual que la realidad y las creencias no son reinos separados, tampoco hay un divorcio irremediable entre los hechos y los valores. La investigación es una forma de acción, pero la acción no puede someterse a reglas explícitas; lo que rige las acciones es cierto «trasfondo» tácito rebelde a su explicitación. Estamos metidos, creen los pragmatistas, en una maraña holista de creencias y de fines de la que nosotros mismos formamos parte, y estamos obligados a ordenar esa maraña de un modo que merezca la pena. O así puede ser fuctífero creerlo.

Es verdad que el pensamiento contemporáneo tiene ciertas «predisposiciones» a tratar los problemas filosóficos en un marco parecido al que acabamos de bosquejar. Esto no significa que la historia del pensamiento contemporáneo sea sin más la historia del pragmatismo. Sólo significa que el desafío pragmático no puede desatenderse. Ángel M. Faerna ha contado muy bien las raíces profundas del pragmatismo en Berkeley y en Kant, y Ramón del Castillo se ha referido a la manera pragmatista de aprovechar a Aristóteles y a Hegel. Que haya anticipaciones del pragmatismo en muchos clásicos de la filosofía –uno echa de menos a Marx en este panorama– y que las intuiciones pragmatistas puedan contrastarse con las ideas de pensadores que abarcan desde Cassirer, Mannheim y Gadamer hasta Quine, Davidson y Kuhn sugiere la idea de tratar pragmáticamente a la tradición pragmatista: más que contemplarla, lo que conviene hacer con ella es usarla de la manera más fructífera posible. No sé si a los autores de estos dos libros se les debe tomar por representantes característicos de la última generación filosófica española. Lo que sí está claro es que muestran una competencia profesional y una originalidad teórica francamente saludables y prometedoras. Las anteriores generaciones nos han enseñado a contar con provecho la historia del pensamiento contemporáneo; ahora toca apropiarse cómodamente de él.

01/09/1997

 
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