ARTÍCULO

Pólvora húmeda y prestada

Debate, Barcelona
312 pp. 19 €
 

No puede decirse que las novelas de Rafael Reig carezcan de eso que suele denominarse «mundo pro­pio». Casi toda su obra recorre los mismos parajes por los que seres solitarios, autoexcluidos de la vida municipal y espesa, pasean su melancolía y los remordimientos por su letargo emocional, al tiempo que un fatídico romanticismo les invita a emprender una lucha inútil contra oscuras tramas del poder. Estos planteamientos se advierten ya en alguno de sus primeros libros (como en La fórmula Omega), aunque es en sus dos novelas más conocidas –Sangre a borbotones y Guapa de cara– donde se encuentran plenamente madurados. Pero lo que más ha valorado cierta crítica no han sido estas preocupaciones temáticas, en las que podría reconocerse buena parte de la narrativa actual, no siempre la más honorable. Son, más bien, ciertos aspectos de su armazón novelesca los que han apuntalado uno de esos prestigios fulminantes, sostenidos por algunas consignas críticas en boga. Entre ellas, la idea de que la novela debe acatar el dogma de la fusión, lo que encuentra eco en unos relatos donde conviven extremos tan distantes como la ciencia ficción y las resonancias castizas, la intriga política y la introspección, lo grotesco y lo lírico.
Este último libro de Reig mantiene algunas de esas señas de identidad, pero al mismo tiempo constituye un giro o un paréntesis en su trayectoria, si se tiene en cuenta que por primera vez abandona los estrictos márgenes de la ficción. Mal que le pese a su autor, Manual de literatura para caníbales es un libro que navega a favor de los vientos de la moda, pues su propuesta –novelar la historia literaria de España desde el romanticismo hasta un futurible no muy lejano– no se diferencia de la que reclaman los apóstoles del mestizaje: una plena simbiosis que borre los límites tradicionales entre géneros y discursos y, sobre todo, entre realidad e invención. Definir, pues, este libro como simple «historia novelada», al modo galdosiano, es una tentativa correcta, pero insuficiente. Manual... es también un ensayo literario sui generis en el que un escritor presenta su particular canon, al tiempo que esboza algunas formulaciones teóricas sobre la evolución de la literatura española en los dos últimos siglos, sobre las leyes que rigen el microcosmos de la «vida literaria», o bien sobre las relaciones entre el arte y las condiciones materiales en que se desenvuelve, agónica o acomodaticiamente. También existe, por su puesto, una intriga que se nutre de dos referentes bien claros. De un lado, un típico relato de saga familiar, como es la de los Belinchón, una de­sa­for­tu­na­da estirpe de escritores indefectiblemente abocados al fracaso, pues cada generación elige siempre la estética decadente, en lugar de la emergente (es decir, ser ilustrado en plena efervescencia romántica, o romántico durante la hegemonía del realismo). Por otro lado, hay una intriga que emana directamente de la tesis principal del libro, que sostiene que, al menos desde Espronceda, la historia de la literatura se ha convertido en una sucesión de movimientos o escuelas literarios, y que la naturaleza, propósitos y comportamiento de éstos no son esencialmente distintos de los de una marca comercial. Esta convicción, en la que el autor deposita tanta fe como ironía, determina que el paso de la acción novelesca por cada etapa, credo estético y generación literaria tenga algo de análisis detectivesco con el que se intenta esclarecer los pasos con que los triunfadores de turno se sitúan en la cima de la cadena trófica literaria, tras asesinar a sus progenitores y defenestrar a su posible competencia.
Que la historia de la literatura es una construcción cultural y que, por tanto, está sometida a los intereses bastardos de sus muñidores, no es una idea nueva, aunque desde Fabulosas narraciones por historias, la espléndida novela de Antonio Orejudo, nadie lo había propugnado con tanta acidez. Lo que sucede es que, lo que al principio puede resultar ingenioso, divertido e, incluso, verosímil, acaba resultando zafio, reiterativo y falso. Es cierto que un movimiento artístico tiene algo de producto comercial, incluidas ciertas tácticas de márketing. Pero de ahí a explicar sus decálogos estéticos y su visión del mundo en clave de maniobra publicitaria hay una distancia que, por desgracia, el libro salva continuamente. En general, las ideas literarias de Reig presentan esas cualidades tan enemigas del rigor intelectual como son la rotundidad, la generalización y la hipérbole. Como consecuencia de esta actitud, sus opiniones más interesantes se desacreditan rápidamente. Por ejemplo, el concepto de «capital simbólico», según el cual el canon literario es producto de los intereses de un determinado grupo social, se encarna en la figura de un Ortega venal y ri­dícu­lo que, al promocionar las vanguardias, está obedeciendo en realidad a las consignas del poder en la sombra. Sólo un lector muy ingenuo o predispuesto contra el filósofo madrileño puede admitir como argumento una maniobra de este jaez.
Quizá parezca ocioso formular cualquier juicio sobre las opiniones, preferencias y fobias literarias del autor de un libro como éste, alejado del discurso académico y protegido por los escudos de la ficción y de la soberanía del gusto personal. En gran medida, es una labor estéril, si se fija uno en el qué. Pero no tanto si lo hace en el cómo. Es decir, no puede opinarse sobre el hecho de que el autor prefiera la obra de Galdós a la de Clarín. Pero sí puede censurarse que para ensalzar a uno se recurra al descrédito del otro (p. 98). Puede tenerse cierta antipatía hacia un escritor, pero no debería manifestarse reduciendo su personalidad a los tópicos más sobados e inmundos (caso de Lorca, descrito conforme a la fórmula borgiana del «andaluz profesional»). En general, hay una tendencia a reiterar ciertos lugares comunes, más propios del mentidero literario que de una obra que aspira, precisamente, a señalar y corroer los fundamentos carpetovetónicos de la «institución literaria». Me refiero a anécdotas tan manidas como la de Amado Nervo y los nenúfares, o la de Cela y sus proezas anales. Pero también habría que incluir aquí la adhesión incondicional del autor a las viejas antinomias horacianas (artificio e inspiración, fondo y forma, enseñanza y entretenimiento), no sólo como infalible método de análisis literario, sino también como criterio clasificatorio aplicable a movimientos y autores.
Podría aducirse que la relajación de ciertas virtudes intelectuales como la prudencia, el rigor y la ecuanimidad se explican o, cuando menos, se disculpan, por tratarse en realidad de una novela. Este argumento sería inobjetable si la ficción, esto es, la trama novelesca de los Belinchones, vertebrara el libro de forma más constante y sistemática. Pero lo cierto es que, a partir del tercer capítulo, el narrador –un Belinchón del siglo xxi– va relegando la historia de sus antepasados a un segundo plano, desplazada por la preeminencia de la digresión y, sobre todo, del anecdotario biográfico de ciertos escritores. Desde muy pronto, pues, se produce un divorcio entre ensayo y ficción, en el que ésta acaba cumpliendo un simple papel ilustrativo al servicio de las ideas del autor (que no del narrador). Esto determina que los personajes se vean afectados por los males propios de todo relato ejemplarizante –inconsistencia, falta de autonomía, simpleza–, al tiempo que la estructura se resiente por la ausencia de un víncu­lo más fuerte y significativo que la simple sucesión cronológica.
Lo que acaba ofreciendo Reig es, finalmente, un batiburrillo con puntuales fogonazos de ingenio, pero que no convence ni como relato de ficción ni como ensayo literario. Como novela, carece de convicción en las posibilidades de su peripecia y sus personajes, y se desvanece rápidamente. Como ensayo, su interés se reduce al discutible atractivo de ciertos planteamientos supuestamente provocadores. Esto último puede ser motivo suficiente para acercarse a este libro, siempre que no se advierta que muchos de los disparos se hacen con pólvora prestada y húmeda. 

 

01/01/2007

 
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