ARTÍCULO

Fulgurante luz dudosa

Linteo, Ourense
198 pp. 17 €
 

En noviembre de 1936, el futuro premio Nobel Camilo José Cela, a la sazón un joven de veinte años, escribió «un libro de versos fenomenales, monstruosos, los versos que sólo se pueden escribir cuando uno palpa la Muerte en las manos», según él mismo los definió, con la modestia que le caracterizaba. En abril de 1945 lo publicó, con el título Pisando la dudosa luz del día. Poemas de una adolescencia cruel. Aunque Cela continuó escribiendo versos a lo largo de su vida –y publicándolos: en 1996 apareció su Poesía completa–, Pisando la dudosa luz del día ha sido su poemario más celebrado y reeditado. La última reedición, a cargo de Adolfo Sotelo Vázquez y Marta Cristina Carbonell, es crítica, e incluye una extensa introducción –que da cuenta, sobre todo, de la génesis e influencias del poemario–, las variantes textuales, diversos anexos –uno de los cuales contiene las críticas más enjundiosas que se le hicieron al libro– y hasta un apartado gráfico, con imágenes de los manuscritos originales.
Al parecer, el «venenoso trance» de la muerte de Toisha Vargas, la entonces novia de Cela, víctima de los bombardeos franquistas sobre Madrid, fue el germen de la redacción del libro. Su muerte se sumó a la destrucción y el horror causados por la guerra, que habían exacerbado la sensibilidad adolescente del poeta. El resultado fue un conjunto de poemas «anacrónicos, crueles, estremecidos y sombríos», como señala Leopoldo Panero, prologuista de la primera edición, y cuyos temas son «la sangre, el miedo, la enfermedad, la sexualidad, la soledad, la guerra, la amargura, el insomnio, el amor, la Muerte», en palabras de Adolfo Sotelo. Los principales padres poéticos de Pisando la dudosa luz del día –cuyo título es un endecasílabo del Polifemo de Góngora– son Pablo Neruda y el Alberti de Sobre los ángeles. Siguiendo los cauces canónicamente surrealistas de ambos autores, Cela urde un poemario hímnico, interjectivo, signado por la violencia y el deseo, en el que se arraciman las imágenes visionarias y las enumeraciones caóticas. Con nítidas conexiones con la poesía existencial brotada en aquella década –en 1944, annus mirabilis de la poesía española del siglo XX, se habían publicado Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre–, Pisando la dudosa luz del día, a veces oracular, siempre anómalo, indaga en el miedo, el sueño y la sangre, y entrega en «Himno a la muerte» un memorable poema funeral, arrebatado de dolor y erotismo. Acaso se perciban todavía demasiado sus influencias y sus defectos juveniles, pero constituye, en conjunto, una de las más hermosas entregas líricas de la sórdida España de los años cuarenta.

01/02/2010

 
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