ARTÍCULO

Cuerpos nobles

 

Aquellos que hayan seguido la producción historiográfica reciente, sabrán que Fernando Bouza es uno de los líderes en la renovación que la historia de España y del mundo hispano han sufrido en los últimos años. Desde comienzos de la década de 1980, y especialmente en los últimos años, Fernando Bouza ha publicado numerosos artículos y libros en los que ha discutido multitud de temas desde una impresionante variedad de perspectivas historiográficas: las relaciones entre el reino de Portugal y la Monarquía Hispana; la corte de Felipe II; la carrera e ideas del conde de Portoalegre, gran cortesano y diplomático en los reinados de Felipe II y Felipe III; las imágenes e ideas utilizadas por el poder real como fuentes ideológicas de legitimización; la historia de la escritura y la lectura. Entre los profesionales de la historia, Fernando Bouza es conocido como el historiador que mejor y más detalladamente ha diseccionado el mundo simbólico, cultural y político del reinado de Felipe II, uno de los períodos más complejos de la historia de España. Quizá más sobresaliente es que en los últimos años, al menos desde la publicación en 1992 de un pequeño pero excelente trabajo, Del escribano a la biblioteca. La civilización escrita europea en la alta edad moderna (siglos XVXVII), Bouza se ha convertido en uno de los más influyentes historiadores de la cultura en la España moderna. En colaboración con, entre otros, Pedro Cátedra y María Luisa López Vidriero, Fernando Bouza ha ayudado al incremento exponencial en el interés público hacia la historia del libro, la lectura, la imprenta, y la escritura, temas en que también ha colaborado con el prominente historiador francés Roger Chartier. Pocos trabajos han analizado mejor las complejidades de la historia cultural de la España moderna que los publicados por Fernando Bouza, todos ellos eruditos, inteligentes y muy originales. Palabra e imagen en la corte supone para su autor una suerte de cristalización de las ideas y conocimientos que ha ido acumulando sobre varios de los temas que ha tratado en otras publicaciones anteriores: el mundo de la corte, los discursos y prácticas culturales en el período moderno. Su objeto específico es el estudio de la nobleza cortesana, sus relaciones con otros nobles, la corona y otros grupos sociales. Otros autores han estudiado la nobleza cortesana con anterioridad, pero en general estos trabajos se limitan a los llamados tratados sobre la nobleza. Bouza, por el contrario, añade nuevas fuentes (cartas, memoriales, crónicas, relaciones de festividades, retratos y otras imágenes), lo que le permite analizar no sólo las teorías sobre el comportamiento ideal del noble, sino también sus prácticas culturales y sociales. El cuadro que obtenemos es de una riqueza sin par, original, y con una mezcla de profundidad y detalle que hacen de este libro lectura obligatoria para todos aquellos que se interesan por el mundo social de la España moderna. La teoría dominante en la España moderna consideraba que, para asegurar la estabilidad, la sociedad debía estar estructurada en grupos perfectamente jerarquizados, con distintos privilegios y obligaciones para cada uno de ellos. Esta estructura social requería además la creación de imágenes, discursos y prácticas culturales que dejasen perfectamente cimentadas en la vida pública las diferencias sociales. Las palabras de Fernando Bouza resumen muy bien esta situación: «Característica esencial de la sociedad estamental fue la de reconocerse a sí misma, en sus jerarquías y en sus grados, viéndose en una casi infinita serie de fiestas y ceremonias que periódicamente y a lo largo del año representaban la liturgia del orden natural que daba cuerpo a una comunidad. Puesto que, como se sabe, era un orden de partes que, aun siendo todas necesarias, no eran todas iguales ni en sus privilegios ni en sus hipotéticas funciones, la visión de esa clásica sociedad de estados debería ser también desigual, garantizando, al menos en teoría, una imagen diferenciada para todas y cada una de ellas» (pág. 71). La totalidad de los autores que discutían estos temas afirmaban que este era orden natural, creado por Dios a imitación de un cielo también jerarquizado. El mantenimiento de la sociedad en general sólo podía asegurarse si se respetaba esta estructura. Si fuera necesario, se decía, se podían hacer ciertos ajustes, pero nadie debía cuestionar los elementos generales de esta estructura. Lo importante, y este es precisamente el hilo central de este libro, es que a pesar de ser el producto de un «orden natural» la nobleza se veía constantemente obligada no sólo a recordar que debía interiorizar su preeminencia, sino que también debía crear las condiciones para hacerla presente, no sólo en los espacios reservados a la nobleza, sino también en la sociedad en que vivían. La nobleza debía ser consciente de su «distinción», para utilizar un concepto hecho famoso por el fallecido sociólogo francés Pierre Bourdieu, y tenía la obligación de hacer consciente de esta distinción a sus contemporáneos. La «distinción» nobiliaria, sin embargo, sólo era posible si se producía la codificación de aquellos conocimientos y prácticas que sólo debían y podían poseer quienes reivindicaban haber sido elegidos por Dios para gobernar sobre los demás órdenes. Es importante recordar que esta codificación era especialmente necesaria si tenemos en cuenta que desde el siglo XVI se estaban desarrollando dos procesos paralelos. Uno centrado en el cuestionamiento de los llamados derechos naturales de la «nobleza de sangre», y que se concretó en un intenso debate sobre el origen de la nobleza: ¿qué es lo que hacía noble a un individuo, la sangre o la virtud? El otro proceso era distinto, menos teórico pero quizás más peligroso para la nobleza: la imitación –o quizá mejor la apropiación– del comportamiento noble por parte de miembros de otros órdenes. Aunque todavía no tenemos toda la información necesaria para hacer tal afirmación, por las reacciones de la nobleza en el período moderno parece factible decir que lo que realmente les preocupaba no era tanto el debate sobre la «razón noble» (sangre versus virtud), cuanto la «plebeyización» de sus señas de identidad. Si se hacía imposible distinguir al verdadero noble del falso, la jerarquización social se difuminaba, y con ello la distinción y quizás el fundamento del privilegio. La diferencia, o mejor la desigualdad en todos los campos, era lo que debía sostener la sociedad. De lo contrario, se decía, el resultado sería el caos y la confusión, lo que acarrearía la destrucción de la sociedad. Estos son los temas que precisamente interesan a Fernando Bouza. Poco, muy poco, hay en Palabra e imagen sobre eso que hemos llamado «razón de nobleza», y mucho sobre el establecimiento de códigos y comportamientos que, en palabras del autor, hagan posible «diferenciar el estado nobiliario mediante unos signos y unos comportamientos externos que permitan identificar y autorreconocerse a los caballeros y damas de buena crianza» (pág. 37). Los cuatro capítulos dibujan precisamente las prácticas que de acuerdo con los contemporáneos hacían de un noble algo distinto a los demás miembros de la sociedad. El primero, quizás el más interesante por la originalidad del tema y la riqueza de la información, se refiere a la «oralidad». Los estudiosos de la literatura ya han llamado la atención sobre la importancia que se daba a la forma de hablar de los individuos de distintos órdenes, pero también de individuos de distinto origen étnico, pero nadie ha realizado un estudio tan serio del «acento» noble y de los contextos orales en general. A través de cartas, manuales, obras de teatro y muchas otras fuentes, Fernando Bouza nos muestra que la forma de hablar se veía en cierto modo como la última barrera en contra de los asaltos a la diferencia noble. Se podía, se venía a decir, imitar el vestido de la nobleza, incluso «robarles» su imagen, pero el «acento» y la mayor o menor perfección de la expresión traicionaban a los advenedizos, porque, así se aseguraba, las formas orales traducían al exterior una naturaleza interior que nunca podía ser imitada. En «Lo caballeresco visual» el autor describe y analiza las particularidades del vestido y el orden jerárquico («entre estado y vestido»), y la necesidad de poner juntos en público el «parecer» y el «ser». Pero también analiza el tema del «cuerpo perfecto» de la nobleza y cómo conseguirlo, y las citas que incluye el autor en esta sección son brillantes y muy entretenidas, al describir dietas alimentarias, ejercicios, la aplicación de corsés de hierro para que los hombres lograsen lo que se consideraba la línea corporal ideal de la nobleza. Una de estas citas, procedentes del diario de Luis de Zapata a finales del siglo XVI, es gloriosa: «No cené en más de diez años, sino comía sola una vez; nunca bebí antes ni después vino, con lo que se engorda mucho; no comí en grandísimo tiempo cocido; anduve algún tiempo vendado el cuerpo» (pág. 82). El cuerpo de la nobleza era complementado por su representación pictórica, incluida en este caso la colección de retratos, al parecer una de las actividades más queridas por los miembros de la nobleza (capítulo 3). Hay en esta sección una puesta al día de lo que sabemos sobre la retratística en el período moderno que merece conocerse por parte de quienes se hallen interesados en las teorías de la representación pictórica en el pasado. Por último, en «El juego de la representación» y en «De Fe», Fernando Bouza analiza las fiestas públicas, las justas, los torneos, los bailes y máscaras en los que, para decirlo de un modo sencillo, todos los comportamientos, géneros, prácticas, vestidos, galas y códigos de la nobleza cristalizan en su representación pública. El tema es, de nuevo, conocido; muchos historiadores y estudiosos de la cultura han llamado la atención sobre la práctica de la representación, su riqueza expresiva, su simbolismo y su impacto en la sociedad. Pero Bouza va más allá de los detalles, de las descripciones, para mostrarnos los fundamentos ideológicos que estaban detrás de estas actuaciones públicas. Ya se ha dicho que otros han analizado con anterioridad la mentalidad noble, pero pocos antes que Fernando Bouza han captado la práctica generalizada de esa mentalidad, pocos la insistencia, la persistencia, la continuidad de esta mentalidad en todos los terrenos de la vida. Y esto es precisamente lo que hace que este libro sea tan importante. La mayoría de los historiadores están de acuerdo en que la persistencia de las relaciones de poder en la España moderna se debió no tanto al uso de la violencia por parte de los privilegiados, cuanto a la capacidad de éstos para transformar sus valores e ideología en hegemónicas. Las descripciones y análisis que aquí se encuentran explican este proceso, hacen en definitiva inteligibles los porqués de este triunfo ideológico. Se puede explicar ahora por qué estas teorías y sus prácticas fueron tan efectivas antes y ahora, como resulta evidente por el hecho de que permanecieran vigentes durante siglos, y que el principal fundamento de este edificio social –la creencia de que unos «nacen» para mandar y otros para obedecer, de que unos tienen «privilegios» mientras que los demás tienen «obligaciones»– siga siendo parte de la mentalidad de una no desdeñable minoría en la Europa del siglo XXI .

01/10/2004

 
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