ARTÍCULO

Las cuevas del «yo»

Espasa Calpe, Madrid, 200 págs.
 

Hace apenas un año, Claudio Magris –novelista e intelectual italiano– publicaba Microcosmos, una curiosa e inteligente propuesta a medio camino entre la autobiografía y la novela. Si bien la obra se nutría, fundamentalmente, de experiencias vitales del propio pensador, ni tan siquiera una vez encontrábamos entre sus páginas el pronombre personal yo. Sabe Magris que la vivencia íntima deja de serlo en el momento en que se hace palabra, para convertirse en parte integrante del legado vital del lector; y sabe, por consiguiente, que no ha lugar para los excesos egocéntricos ilustrados a través de pasajes intrascendentes a mayor gloria del autor. Pues bien, la quinta novela de José Ángel Mañas peca exactamente de lo contrario. Si la mayor virtud del ejemplo apuntado radicaba, ante todo, en la humildad de un narrador que elige con esmero aquellas experiencias suyas que considera un poco de todos, el segundo caso representa el triunfo rotundo de lo insustancial y, lo que es peor, de un yo que se asume como único referente para entender la realidad.

Mundo burbuja se inicia con una desconcertante exhortación al lector de un Mañas que se reviste para la ocasión de un ingenuo halo decadente y maldito: «Y me pienso tomar mi tiempo, os guste o no. Y a quien le moleste que hable así, que cierre el libro ya mismo. «¿Pero qué coño nosestás contando? ¡Arranca de unavez, mamón!». Toda la gracia del tema está en eso, en no precipitarse, chavalote. O sea, que el exaltado de turno cierre también el libro» (págs. 1112). La boutade, improcedente en toda regla, no pasaría de ser una anécdota si no fuera porque marca el desarrollo global de la novela. Pues, en efecto, a cada página el paciente lector se pregunta, con reincidencia, qué pretende contarnos aquel presunto escritor en ciernes que nos arengaba desde su más que asumida posición de privilegio y, aún más, si no debiéramos seguir el consejo que, con clara conciencia de sus escasas dotes como novelista, nos ofrecía con empaque barriobajero.

A partir de aquí, un poco más de lo de siempre. Por un lado, la desconcertante certidumbre de tener entre las manos un producto –si se me permite la denominación– pervertido desde su génesis y que, por tanto, no habríamos de considerar stricto sensu como literario.

Por otro lado, Mundo burbuja pasa por ser una nutrida nómina de personajes, todos ellos desdibujados e intercambiables entre sí, revestidos con la única función de girar en torno a su creador. Fantoches, en fin de cuentas, que no sirven sino para ilustrar un más que limitado horizonte de miras. Da igual que el marco de la acción sea un bar del barrio de Malasaña ––aquel supravalorado y ya mítico Kronen al que se rinde explícito homenaje al final de la novela– o el ambiente universitario europeo, entre Inglaterra y Francia, elegido para la presente ocasión, pues, en definitiva, el sempiterno reguero de drogas, sexo y rock androll en una sucesión estéril y carente de progresión significativa, vuelve a dejar el mismo hueco vacío. Y es que la presunta autodestrucción del autorpersonaje esbozada en Mundo burbuja no ha de partir, en ningún caso, del escenario que la soporta, de lo accesorio en suma, sino, por el contrario, de la propia necesidad y/o voluntad del ser que la anhela. Quizás una evolución positiva en la trayectoria literaria de José Ángel Mañas pasara por la aniquilación completa de esa postiza burbuja de nihilismo en la que reside, alimentando hasta el exceso un «yo» que atenta contra el deseo de universalidad inherente a la creación literaria. Tal vez, para acabar, debiéramos plantearnos a qué conduce la elevación a los altares de un tipo de pseudoliteratura que se enorgullece en ser presentada con una cubierta de diseño en la que aparece la propia figura de su valedor, por mucho que en otros medios se elogie su renuncia a promocionarla.

01/10/2001

 
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