ARTÍCULO

Mucha orquesta y poca melodía

Anagrama, Barcelona, 1997
225 págs.
 

Cuando en 1990 publicó Francisco Casavella su primera novela, El triunfo, no fueron pocos quienes vieron en ella una nueva voz de nuestra narrativa con un gran futuro prometedor. Otros, sin embargo, la consideramos como una obra que en ningún momento superaba el costumbrismo más añejo y caduco. La publicación de Un enano español se suicida enLas Vegas sigue sin despejar la incógnita de este escritor, ya que por un lado presenta una escritura más arriesgada y renovadora, pero por otro muestra demasiadas zonas confusas en su desarrollo estructural, sobre todo en la falta de cohesión narrativa a causa de una excesiva y gratuita complejidad técnica. Y si parece claro que un texto bien escrito no se convierte, por ese único valor, en una buena novela, tampoco ha de considerarse como buena novela un conjunto desordenado de técnicas variadas, aunque en un principio deslumbren al lector. Casavella, en efecto, ha hecho un montaje textual atractivo para quienes gustan aún de artificios formales cuyo fin literario último se encuentra en su pura formulación retórica y no en su utilidad para la creación de un mundo novelesco coherente y autónomo. El autor juega con los recursos de un modo innecesario y le da a la novela el aspecto de una amalgama estilística, vistosa y vacía. La alternancia de las personas narrativas, el contrapunto de varias líneas argumentales, el desorden temporal, la pretendida estructura circular basada en una sola frase o el repentino cambio del punto de vista no son suficientes por sí solos para dar cuerpo y forma a una peripecia que no parece llegar a ninguna parte. Sería muy difícil de justificar este derroche técnico cuando detrás de él hay tan poca cosa.

Demasiada orquesta para tan poca melodía. Por encima de la legitimidad que concede a cada escritor la elección del concepto de novela que prefiera, están los elementos que la constituyen como tal, es decir, la trama, el argumento, los personajes y la visión de la realidad, que encuentran en las técnicas y la escritura adecuadas su razón formal. Aquí es donde el novelista debe arriesgar para no convertir su obra en simples burbujas. Y Casavella, por desgracia, responde al riesgo con burbujas de colores al pretender una trama inexistente en el compromiso fraternal de Ignacio Losada que, a riesgo de su vida, sigue a su hermano Carlos en su desventura de jugador de cartas endeudado y perseguido hasta que le da esquinazo; un argumento igualmente inexistente que mezcla diversas anécdotas del presente con otras de la infancia en familia sin que se vislumbren razones causales entre ellas; unos personajes carentes de individualidad y de un lugar en la vida; una visión de la realidad, en fin, sólo contemplada como escenario barriobajero y pintoresco.

No es necesario fijarse en los personajes secundarios que desfilan como fantoches por la novela, ya sean las mujeres o los matones del hampa, ya sean los amigos y los familiares, para echar de menos la creación de personajes convincentes. Los mismos protagonistas son tan confusos como la estructura narrativa. Ignacio está tratado en manos del narrador como una marioneta de quien apenas se sabe nada, ni quién es ni qué piensa, o en último término, como un espectador de la realidad que en todo momento evita inmiscuirse en ella, ya que nada le afecta, salvo el deber con su hermano. Carlos, por su parte, es un ser desnortado (cualidad suficiente en otros casos para construir un personaje de carácter), pero sus rasgos tan esquemáticos y fijos de buscavidas hamposo y de medio pelo acaban dibujándole como un arquetipo, sacado del cine o de las novelas de quiosco, que forma parte ya del folclore costumbrista de nuestro tiempo.

Con estos ingredientes, por muy bien acompañados que estén de un lenguaje correcto y un abrumador despliegue técnico, es poco probable que el lector llegue a alguna conclusión sobre el mundo que todo escritor intenta explicarse o explicar a los demás. A lo sumo, llegará a descubrir ciertos ecos de la novela americana heredera de Faulkner o Pynchon, y a recordar secuencias cinematográficas o televisivas que nada aportan a la calidad o renovación de nuestra novela.

01/05/1997

 
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