ARTÍCULO

Naufragios varios

 

Las antologías de poesía son objetos peculiares. Están hechas para atraer a lectores, para convencer de una apuesta crítica o para afirmar una nueva realidad, no solo del pasado reciente, sino también de épocas anteriores y geografías diversas. Salvo aquellas que buscan la circulación de los mismos poemas de todos conocidos, la pretensión de cualquier antología es poner una pica en el movedizo mar del Flandes creativo, a sabiendas de lo difícil que es estabilizar las corrientes y delinear un mapa incluso meramente exploratorio. No por nada la mayoría de ellas se convierten en pesados galeones destinados inevitablemente al naufragio. Y, sin embargo, algunas se vuelven canónicas y se recurre a ellas una y otra vez. El fino tomo preparado por José Olivio Jiménez de la Poesía hispanoaméricana contemporánea para Alianza Editorial en 1972 (con una nueva edición que llega hasta 1987) sigue siendo indispensable para quienes de verdad quieran saber qué pasó en la poesía en español durante el siglo xx. Es tal la vigencia de Poesía en movimiento, una antología de poesía hecha por Octavio Paz –con ayuda, entre otros, de José Emilio Pacheco–, que quien no esté al tanto de que fue publicada en 1966 puede suponer que es lo último que ha sucedido en México. Y los Nueve novísimos de José María Castellet, publicado en 1970, sigue siendo hoy en día eje sobre el cual giran casi todas las apuestas antologadoras de la poesía española, ya sea por imitación del título, por voluntad simplificadora o refleja rigidez. En los tres casos, como en otros, lo que mantiene su vigencia es que los temas que tratan estaban vagamente delineados antes de ser publicadas, y gracias a ellas adquirieron precisión. No deja de ser significativo que estos tres libros aparecieran más o menos por la misma época, en la marea, digamos, de 1968. Algo que quizás estaba sucediendo en ese momento permitió que las respectivas gelatinas condensaran y pudieran hacerse tres cortes de tanta autoridad e influencia, y que en cada uno de sus respectivos campos de zafiro podamos pacer estrellas. Desde entonces, no han parado los intentos de volver a trazar mapas cercanos, adyacentes o posteriores a los que en esas tres aventuras teóricas se apuntaron y apuntalaron. Habrá que suponer que hay un punto en las aguas del tiempo en que estas se abran como el mar Rojo de Moisés, y efectivamente, sea de nuevo posible vislumbrar el Aleph.
Mil años de poesía europea recorre un poco aprisa y en reversa dispersas y desconectadas cimas poéticas europeas para recalar en la inobjetabilidad de sus orígenes. En sus más de seiscientas páginas en español, el lector encontrará una gran cantidad de buenos poemas, fruto de la erudición de Francisco Rico y de la curiosidad de Rosa Lentini, sus recopilado-res. Rico da cuenta en el prólogo de un cambio en la percepción de la traducción de poesía, al señalar que los poemas empiezan a leerse sin referencia al original, como las novelas: «Vuelta cada vez más un espacio y una función propicios a la traducción, la poesía de Europa y de todas las lenguas vive hoy un espléndido pentecostés». Sin embargo, a las pocas líneas se retracta y corrige. La poesía, dice, es «presentada a menudo como intraducible, y probablemente lo sea». Si es intraducible, entonces no es posible ningún pentecostés. A pesar de la floresta que contiene, en esta antología no hay ningún argumento que defienda inclusiones y explique exclusiones. De Polonia podemos leer a Szymborska, pero no hay nada que la anteceda en los mil años anteriores de poesía polaca, y no sabemos tampoco por qué no aparecen sus contemporáneos Herbert y Miłosz. O por qué razón, aparte del gusto de sus autores, de Grecia se incluye a Kavafis y no a Ritsos o a Seferis. Como con estos dos ejemplos, hay regiones, lenguas y países que aparecen y desaparecen sin huella ni continuidad. Los autores dicen que su antología está hecha para libar y picotear a capricho, pero lo que no señalan es que esa fue la técnica usada para la recopilación. El prólogo es un apretado recorrido por unos cuantos vericuetos de la historia de la poesía en Occidente durante la Edad Media, los tres siglos que van del Renacimiento al siglo xviii, el Romanticismo y la Modernidad, que Rico decide llamar post-romanticismo. Algo sacará el lector de ese ajetreo, aunque decir que «esta antología va dirigida a quienes no son lectores de poesía» y soltar citas en alemán, francés, inglés, italiano, provenzal, latín y griego es un poco contradictorio. Hay muchas cosas que se quedan sin una explicación suficiente. Los dos apéndices del libro, por ejemplo, añaden un poema de Josep Carner traducido por él mismo y un soneto de Baudelaire en diez traducciones distintas. Detrás de ambos excursos intuyo una propuesta que valida la condición de original en un poema traducido, para el caso de Carner, y la diversidad de opciones de traducción para el de Baudelaire. Pero, al no mediar ningún comentario, su inclusión parece mero capricho.
En Nuestra poesía en el tiempo, Antonio Colinas, sí que tiene una idea clara de lo que quiere mostrar, y enfatiza al inicio de su prólogo que la poesía es música y la música, ritmo. Aunque esto puede discutirse, el eje de su selección es la constitución sonora de los poemas, que coincide con la poesía de Colinas, pues una de sus virtudes es la fina articulación. La línea que va del «¡eya velar, hoy es día de padecer, ¡eya velar!» de Gonzalo de Berceo a principios del siglo xiii al «yo seré un pájaro del verde olivar» de José Moreno Villa casi ocho siglos después, muestra la maravilla, el peso continuo de la sonoridad de nuestra lengua y el alto vuelo de su encanto. Es de agradecer que haya incluido una muestra importante de Gil Vicente, un poeta de una actualidad pasmosa. Son irrefutables también las selecciones que se han hecho de Bécquer y de Juan Ramón. Cada poema escogido tiene el peso exacto para que el lector se dé cuenta de dónde está un poema y por qué hay un poeta. También son aciertos la inclusión de poetas poco seguidos, como Tirso de Molina (-siglo xvii), como María do Ceo (-siglo xviii), como Carolina Coronado (siglo xix), o como Hérib Campos Cervera (siglo xx). La curiosidad de Colinas casi siempre acierta. Por ejemplo, puede que la pujanza poética de Efraín Huerta vaya en general por otro lado, pero la sonoridad del poema que Colinas ha escogido es preciosa, y hace de su inclusión un hallazgo. Lo mismo sucede con «A la sombra tendido», de Francisco Pino, y con muchas otras de sus elecciones.
Hay otras ideas en el prólogo que, sin embargo, no se ven sustentadas por la selección. Colinas señala que los poemas no solo hablan de los sentimientos con que nos exaltamos, y defiende la diversidad en la poesía, pero su selección solo de manera excepcional sigue esa línea, precisa mente porque su principal guía es la modulación del sonido en un poema. Con eso bastaba. Si se hubiera ceñido a esta idea principal habría hecho un libro breve pero elegante. El -lector seguiría su argumento con claridad y no se perdería en poemas que pertenecen a otra selección. La presencia de poemas en los que sobresale el argumento frente a lo sentimental, como «Hombres necios», de sor Juana, o «Arte poética», de Huidobro, justificados en otro tipo de antología, causan aquí desconcierto y distracción. Por otro lado, es tal el didactismo del prólogo que parece dirigido a niños de mentes intonsas o a adultos aminorados.
Nuevos textos sagrados es, más que una antología, una celebración, que conmemora con una muestra estable los veinte años de poesía de la editorial Tusquets y es también un reconocimiento a su editor, Antoni Marí. Andrés Soria Olmedo, el recopilador, recorre la colección con sobriedad, al incorporar un promedio de dos poemas por libro, lo que hace que aquellos autores con más libros publicados en Tusquets tengan, en consecuencia, un material más abultado. Los parámetros bajo los cuales se estableció esta recopilación fueron de entrada muy sencillos. Vamos leyéndolos no por orden de aparición, sino por edad, desde Juan Ramón hasta Luis Muñoz. Pueden reconocerse allí los grandes aciertos que ha tenido Tusquets, como la publicación de la poesía completa de Alfonso Costafreda, un poeta antes excluido del panorama de la poesía española, o la incorporación de voces soberbias y laterales como la del cubano Virgilio Piñeira, o la apuesta por poetas umbríos y desconcertantes como Francisco Ferrer Lerín. Otro triunfo editorial, aunque no se mencione en la antología, son los Premios Nacionales de Poesía otorgados a Olvido García Valdés y Chantal Maillard publicados por Tusquets. Puede percibirse el colmillo crítico de Soria Olmedo al poner el reiterativo panorama de temas y de ritmos de algunos de los poetas de Tusquets, al lado de algún poema de ellos mismos que sobresale dramáticamente. «Culatra» de Luis Muñoz, «Buscando la verdad» de Jorge Riechmann, «Cabe el vivir estoy» de Carlos Marzal, o «Canción presentimiento» de Luis García Montero, están muy por encima de la altura media de su producción. Lo menciono porque ninguno de estos cuatro poemas está incluido en otras antologías de estos mismos poetas, como veremos más adelante. Dentro de lo que llamaré corriente tradicional, destacan los poemas de Martínez Carrión y Eloy Sánchez Rosillo y los del propio Colinas. Es virtud el empeño de Tusquets, poco frecuente en las editoriales en español y que este libro acredita, de constituir un establo, es decir, que poetas y lectores sepan que van a aparecer recurrentemente en una editorial, hasta alcanzar a veces unas posibles «obras reunidas».
La consolidación del proyecto editorial de Tusquets muestra también en esta antología sus debilidades. En la suma final se percibe una especial inclinación por una manera de escritura, ya que, con todas sus diferencias, hay un claro énfasis de sensibilidad y políticas afines en poetas tales como Benítez Reyes, García Montero, Carlos Marzal y Vicente Gallego, por ejemplo, identificados en un mismo grupo, con varios libros en la colección y al final todos ellos con «obras reunidas». No deja de ser sintomático, en sentido opuesto, que Antonio Gamoneda, quien publicó en Tusquets Arden las pérdidas, decidiera editar su poesía completa en Galaxia Gutenberg, y que algo similar sucediera con Olvido García Valdés. Y, aunque el comentario venga veinte años tarde, una colección que escoge llamarse «Nuevos textos sagrados» reivindica una visión de la poesía en la que el lector es secundario y lo que prima es un supuesto resplandor órfico. Pero la poesía no es sagrada, es decir, no está allá, sino aquí. Por otro lado, el prólogo de Andrés Soria Olmedo es innecesariamente académico y disperso en su primera parte, y farragoso en la segunda. Las fichas sobre los poetas, que deberían estar antes de los poemas y no en el cuerpo del ensayo, están hechas de collages de citas que, dado el papel acrítico que tiene aquí el editor, no está mal, pero al ser tan eclécticas resultan pesadas. Se echa de menos también en este muestrario de Tusquets, para darle un mayor perfil histórico y bibliográfico, un índice de libros publicados y la noticia de premios obtenidos, no tanto por reconocer a sus autores, sino para dar claridad a estos veinte años de proyecto editorial.
Ninguna de las limitaciones vistas en las antologías hasta ahora referidas se compara con el abuso perpetrado en El otro medio siglo. Antología Incompleta de Poesía Iberoamericana (así, con mayúsculas, todo el subtítulo). Aunque firmada colectivamente, cuenta con una introducción de Antonio Domínguez Rey, quien funge como editor y también prologa su armada española. Si las anteriores no soportaban demasiados cabotajes, esta simplemente se descuaderna apenas abandona los astilleros de la academia donde se la vio nacer (es el producto, que dirían los ginecólogos, de un seminario de dos días), a pesar de que deja a la deriva pequeños bloques, en sí mismos interesantes, de poesía gallega, española, catalana, vasca, portuguesa, brasileña e hispanoamericana, sin correspondencia, ritmo ni equilibrio, mal acomodados, peor mezclados y, sobre todo, impunemente arbitrarios. Si en lugar de presentarse como una «incompleta» antología, lo hubiera hecho como reunión silvestre de trabajos particulares de varios investigadores, tendría alguna credibilidad.
El subtítulo aclaratorio de una antología es siempre una dificultad, pues debería servir para asentar la tesis teórica de su organización, o describir su tema concreto. Sin embargo, muchas veces solo ahonda en la vaguedad enunciativa, como pasa con dos recientes antologías de poesía española, Las moradas del verbo, de Ángel Prieto de Paula, y Avanti, de Pablo Luque Pinilla. La primera reúne o nombra a los «poetas españoles de la democracia», con el argumento de que los primeros que incluye comienzan a escribir a finales de los años setenta, y la segunda a «poetas españoles de entresiglos», porque reúne a poetas que comenzaron antes de 2000 y siguen escribiendo. En realidad, cubren un panorama parecido, lo que hace que en algunos casos se solapen. Las moradas del verbo es un trabajo serio y disciplinado que desarrolla un recorrido informativo. La selección de cada poeta, amplia y regular, permite al lector entrar con suficiencia y conocimiento de causa a sus poemas. En «Poesía en la era de la perplejidad», como se titula su estudio introductorio, hay vislumbres críticos interesantes, como, por ejemplo, el que sean los menores quienes a veces influyen en los mayores. Esto pasaba, dicho sea de paso, ya en tiempos de Góngora y Quevedo, que se llevaban veinte años de diferencia, pero tal apunte termina aplastado por la insistencia inexplicable en seguir utilizando como base teórica ese dechado de biologismo mal entendido que es la idea de las generaciones de Ortega. Decía Tomás Segovia que «la vida hace grumos», y en poesía es uno de los sitios donde más se notan. Propongo que empecemos a utilizar este término, que da mejor cuenta de las aglomeraciones poéticas y de su significado que los de «generación» o «promoción».
El aparato académico, si bien ordenado y bienintencionado, hace de Las moradas del verbo un libro predecible y, en fin de cuentas, monótono. Resulta más un registro diligente de lo que los estudiosos de la poesía española han dicho que ha sucedido durante esos veinte años, que un recorrido atento de los saltos significativos, saltos de liebre, por supuesto, que es lo que los poemas verdaderos dejan en nosotros. No es una lectura de poemas, sino una ordenación histórica, válida pero plana en lo general, más ejemplar que indagatoria. Es sintomático que, a pesar de que –con excepción de Chantal Maillard– incluye a todos los poetas que aparecen en la segunda parte de Avanti (antología de la que hablaré enseguida), de los cincuenta y cinco escogidos solo coincida con esa otra antología en seis poemas, y ninguno en los casos de Ángel Campos Pámpano y de Álvaro Valverde, dos poetas de muy interesante registro. Otra peculiaridad es que, a pesar de que incorpora a todos los poetas del grupo de la experiencia publicados por Tusquets (ninguno de ellos aparece en Avanti), los poemas que selecciona Prieto de Paula no presentan ninguna sorpresa: no aparece, por ejemplo, ninguno de los que he destacado en la conmemoración de Tusquets. Por estas razones, en la selección percibo más la voluntad de ser correcto que la búsqueda de una afirmación crítica.
Es importante, sin embargo, señalar aquellas cosas que sí ha sacado a flote un buscador de plomos. Si comparamos los poemas escritos por mujeres con los de los hombres, veremos que ellas, en general, presentan mayor diversidad rítmica y una búsqueda de temas más amplia y sorpresiva, mientras que los hombres tienden a ser más apegados tanto a una métrica como a lo que la historia de la poesía en español ha dicho que deben ser los tópicos poéticos. Sin duda, el antólogo se sintió más a sus anchas escogiendo entre las mujeres que escriben poesía en España, mientras que en el caso de los hombres se dejó impresionar y supeditó su criterio a una mayor visibilidad: los hombres han sido más estudiados y, en consecuencia, sus carriles de valoración están más acotados y trillados. Una virtud de Las moradas del verbo es que ha reunido a treinta y dos poetas de muy diverso origen y destino. En ese sentido, Prieto de Paula ha presentado un libro sólido y variado, amplio en su selección. Se echa de menos que los poemas no incluyan, en la página en que aparecen, su procedencia, pues arrinconados al final, los índices son farragosos y difíciles de seguir.
Avanti, de Pablo Luque Pinilla, recorre un panorama más extenso de la poesía española, pero, por el contrario, el número de poetas es mucho menor. Y aunque en realidad reúne dos diferentes trabajos, «Poetas de los setenta» y «Poetas de los ochenta», publicados primero en italiano, es sorprendente la manera en que el antólogo encaja sus dos apartados. La selección, que incluye catorce poetas, no concuerda con casi ninguno de los estudios y antologías previos sobre poesía española contemporánea. Hay ausencias escandalosas, diría cualquiera, y la sensación de extrañeza aumenta al ver en la contraportada una lista que comienza con Pere Gimferrer, termina con José Mateos y no incluye a muchos de los nombres más rematados de los últimos treinta años. A pesar de su eclecticismo, la lectura de los poemas incluidos produce una tersura en la que los cambios se aceptan con naturalidad y los poemas se desprenden unos de los otros, dialogando en sus oposiciones y diferencias. En realidad, no es un estudio de la poesía española, sino una apuesta crítica derivada de una indagación que, a partir de la producción poética de los últimos años, logra producir un jardín elocuente y medido, de firme recorrido y pertinente ejemplaridad. Los poemas escogidos son tan justos que no se sienten los huecos que se abren de un poeta a otro, los saltos históricos en el mismo poeta o las separaciones debidas no a la fecha de nacimiento, sino a la fecha de aparición (por mencionar algo, los otros ocho novísimos que no se incluyen, el amplio arco de silencio que en español tuvo Gimferrer durante más de treinta años o la inclusión de Abelardo Linares en el primer grupo y de Chantal Maillard en el segundo, siendo que esta es mayor). Solo le ha faltado incorporar a Masoliver Ródenas, nacido antes incluso, pero activo como poeta a partir de los años ochenta, para hacer de esta antología un dispositivo perfecto: tan rocambolesco y aparentemente gratuito como justo en su delineado.
Es interesante que, a pesar de que, como ya se ha dicho, son menos los poetas incluidos, o quizá precisamente por eso, comparada con la de Prieto de Paula, se percibe una mayor diversidad en sus búsquedas. Pasar del rigor seco de Iglesias al enrarecido mundo de Martínez Mesanza y de ahí regresar al humedecido de Luque, o saltar de los relámpagos de D’Ors a la moratoria de Ángel Guinda, corrobora una diversidad en la poesía española que desde otras perspectivas nunca llegaría a notarse. Los comentarios sobre los poetas son amenos e informados, si bien repetitivos a veces, como en las pobres descripciones sobre versificación. En ellos, como en el prólogo, que por lo general es medido, hay momentos en los que los argumentos se vuelven confusos, como, por ejemplo, en el uso de los términos «clásico» y «clasicismo», utilizados de tan indiscriminada manera que al final no significan nada, aunque ahora que lo pienso posiblemente así sea, es decir, que no signifiquen nada.
Si hay que lamentar que algunas de estas antologías no lleguen a constituirse en un valor crítico firme, y en este sentido sean meros ramilletes florales, las más de tres mil páginas de poemas recogidos en ellas no deja de ser un festejo. Quien lleve alguna a su casa poseerá un tesoro. Y quien compre las seis tendrá entrada a una gama de escrituras poéticas variadísima, que se extiende caprichosamente por el mapa europeo a lo largo de diez siglos, se concentra en la sonoridad de mil años de lengua española y se guarece en el puerto de unas muestras contemporáneas a la vez diversas y exclusivas. Y aunque acabe en algún caso por hundirse en las más fallidas, incluso estas acaban dejando a la deriva cartabones y folios que resurgen en posteriores lecturas y medidas. Tal profusión de muestras hace patente que hay poemas y que hay donde leerlos. Es cosa de tenerlos a mano.

01/07/2011

 
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