ARTÍCULO

Miguel Torga: La creación del mundo y Diario (1932-1987)

 

Desde la soledad y el aislamiento, «Miguel Torga», nombre literario de Adolfo Correia da Rocha (São Martinho de Anta, 1907-Coimbra, 1995), escribió muchos poemarios, excelentes cuentos literarios de diferente tipología, ensayos, obras de teatro y alguna novela tan peculiar como El señor Ventura. Se reeditan ahora dos libros suyos cargados de sentido autobiográfico, y su lectura paralela, además de permitir un curioso juego de interconexiones y referencias, nos ofrece la singular personalidad de un escritor que, de vida muy reciente en el tiempo, de ideas sólidas y en su mayoría vigentes y asumibles desde una perspectiva simplemente humanista, puede parecernos, sin embargo, tan lejano ya como cualquier clásico de siglos anteriores al XX, por la rareza misma y las peculiares mudanzas de la época que nos está tocando vivir.
La creación del mundo es un ciclo narrativo que reúne seis libros, publicados entre 1937 y 1981, aunque uno de ellos, por razones de censura política, debió esperar varios años a conocer la circulación regular entre los lectores. El ciclo fue calificado por su autor como «crónica, novela, memorial y testamento», lo que señala su difícil reducción a una perspectiva simple. El título de cada uno de los libros se corresponde con los días de la creación según el Génesis, y seguramente tiene su origen en las Confesiones de san Agustín, que sin duda fueron bien conocidas de Miguel Torga, pues en su diario alude a ellas varias veces («Las Confesiones de san Agustín. ¡Cuánta herejía lleva dentro ese doctor existencialista! Es que los cimientos de su obra no están hechos de santidad, sino de experiencia»). El caso es que, en sus Retractaciones, el famoso obispo de Hipona alude a sus Confesiones diciendo: «En los diez primeros libros, hablo de mí; en los tres restantes, hablo de la Sagrada Escritura, desde el principio en que hizo Dios el cielo y la tierra hasta su descanso en el séptimo día». Pero sea o no este el antecedente formal del libro de Miguel Torga, su esquema presenta las jornadas sucesivas del primer libro de la Biblia. Sería más difícil encontrar el correlato entre el contenido de la actividad divina a lo largo de los diferentes días bíblicos y el de la actividad del escritor en cada uno de los «días» de su narración, pero el resultado viene a ser similar: la creación del hombre y, en el caso de Torga, la de su propia persona y personaje, consecuencia de una experiencia dramática a través de las reflexiones, acciones y sentimientos, y en su relación con los escenarios y demás elementos de su aventura humana, lo que él llama «la génesis progresiva en una conciencia de la realidad circunstancial».
El primer libro, publicado en 1937 (El primerdía), presenta la infancia del narrador, desde los iniciales años escolares en la aldea, los maestros, los compañeros de fatigas, la familia, los trabajos, las fiestas, hasta el traslado a la ciudad, los primeros empleos serviles, el ingreso en el seminario y la fascinación por los libros, el abandono del seminario y la partida hacia el Brasil, para instalarse con unos parientes. Esta primera parte es un buen ejemplo de la maestría narrativa y poética del autor: el relato no es lineal, sino acumulativo, hecho de ráfagas de recuerdo, desde miradas intensas de personajes y espacios, que reconstruyen un mundo rico y vigoroso, el mismo que dará origen a sus Cuentos de la montaña, publicados por él unos años más tarde. El segundo día, que también apareció editado por primera vez en 1937, tiene como argumento los primeros contactos con la familia brasileña y la gente que la rodea en una hacienda del tío del narrador, que lo emplea como encargado de ciertas granjas. Los trabajos y adversidades de la nueva vida, ciertos rechazos familiares, un mundo hostil en la naturaleza y en los comportamientos humanos o los primeros reclamos carnales van cubriendo el espacio de cuatro años; por fin, el tío resuelve facilitar al narrador los estudios en un instituto, lo que lo lleva a un nuevo espacio de lecturas y experiencias, hasta que la familia brasileña decide regresar a Portugal, el país originario.Toda esta parte se ha compuesto como una verdadera «novela de iniciación», con certeros retratos de los personajes, sobre todo el de la tía intrigante, que tanto aborrece al joven narrador.
En El tercer día, cuya primera edición se publicó en 1938, relata el viaje de regreso, la vuelta a casa, el ingreso en un colegio y los esfuerzos del protagonista por hacer todos los cursos del bachillerato en el menor tiempo posible. Empieza a ser tentado por la escritura, lo que se convertirá en la pasión central de su vida, publica su primer libro de versos, cursa en Coimbra la carrera de medicina, es reclutado para el servicio militar y se enrola también en ciertas publicaciones vanguardistas y en algunas relaciones sentimentales. Las primeras consultas profesionales del médico coinciden con los primeros fracasos críticos del poeta, lo que no le impide embarcarse en nuevas publicaciones, ni afrontar la aventura de nuevas revistas. Mientras tanto, va consolidándose en él una actitud frente al mundo, en la que se intenta conciliar compromiso social y distancia individualista. Una enfermedad, con su convalecencia, son el prólogo de un viaje fuera de Portugal, tema de El cuarto día. La primera edición de esta parte apareció en 1939, pero fue retirada de las librerías por la censura salazarista. En el libro se relata un recorrido a través de la España franquista, en plena Guerra Civil, con los juicios del autor y sus disensiones con los compañeros de viaje, que continúa a través de Francia para alcanzar Italia, Suiza y recalar en París, antes del regreso a Portugal.A pesar de todo, no es la parte más interesante del ciclo, pues acaso las emociones dan por sobreentendido lo que hubiera exigido mayor desarrollo narrativo, pero se mantiene la concisión y la estructura sincopada que da tanto vigor al resto de la obra.
En El quinto día –editado por primera vez en 1974, tras la «revolución de los claveles»–, Miguel Torga narra sus comienzos como modesto médico otorrinolaringólogo en Leiría y la conquista de la clientela, una dedicación a la medicina que comparte con su pasión por la literatura. Por entonces aparece publicado El cuarto día, y Torga narra cómo el libro le cuesta la detención por la policía política, la cárcel y la incomunicación durante una larga temporada, la enfermedad, y cómo la experiencia le concede descubrir, con la fidelidad de unos pocos amigos, el abandono de otros muchos, en la mezcla de miedo y complicidad silenciosa que suscitaba la dictadura. En El sexto día, publicado en 1981,Torga sigue dando testimonio de su vida personal, profesional y literaria, y completando el retrato del hombre que ha llegado a ser. Se casa, se traslada a Coimbra, se convierte en un continuo sospechoso para el régimen y sus compatriotas, aunque sea un poeta reconocido fuera de Portugal.
La creación del mundo, a través de esos seis días, traza la figura de un personaje peculiar. Ligado apasionadamente a la cultura y, al mismo tiempo, con una gran conciencia de adscripción a la naturaleza,Torga se muestra laico, agnóstico, crítico con la religión como institución, pero sin perder una fuerte intuición de lo sagrado, de lo mítico, acaso porque sobre toda su biografía gravita la conciencia de su origen campesino y una fuerte atracción, que no sé si denominar telúrica, por los espacios físicos montañeses en que transcurrió su infancia.Todo él es un tejido de lo que, unido por una sólida coherencia de reflexión, pudiera aparecer como contradictorio: sin perder su fuerte individualismo, practica las convicciones de un humanista radical; sin renunciar a la independencia de su criterio, se identifica con las ideas de solidaridad, comunidad y simpatía hacia los humildes; consigue armonizar su profesión de médico y su entrega a los pacientes, por lo general modestos, a los que sirve y ayuda, con una entrega ferviente, casi desesperada, a la poesía, costeándose sin cesar las ediciones de sus obras; intenta equilibrar el sentido profundo de la literatura como expresión artística con su papel de instrumento social; su militancia en ciertas vanguardias literarias no le hace nunca perder el sentido de la literatura como tradición.Y, sin embargo, hay en todo su testimonio la convicción indudable de ser un Robinson, un náufrago que debe sobrevivir en la isla desierta dedicándose a buscar una subsistencia diferente de la que debería procurarle la literatura como única dedicación. Este aspecto de artista exiliado en su patria, silenciado, desconocido, menospreciado, que asume con serenidad su destino, es uno de los más conmovedores de todo el relato.
Por otra parte, llama la atención, dentro de su sentido universalista de la cultura, su visión de lo ibérico o, mejor, de lo hispánico. En el prólogo a la primera edición española de La creación del mundo dice lo siguiente: «Soy un portugués hispánico. Nací en una aldea trasmontana, pero respiro todo el aire peninsular. Celoso de mi patria cívica, de su independencia, de su Historia, de su singularidad cultural, me gusta, sin embargo, sentirme gallego, castellano, andaluz, catalán, vasco... en esos momentos complementarios de mi instinto y de mi mente.Y como a la dura condición de existir uno la de escribir, mucho papel llevo labrado ya con el relato de las emociones de esta relación física y espiritual sin fronteras».
Esta visión, que en los tiempos que corren puede parecer, cuando menos, insólita, se reiterará a menudo en Diario (1932-1987), selección de textos de los diarios originales y obra también extraordinaria en sus contenidos. Íntimamente enlazado al ciclo La creación del mundo, este Diario –cuya primera parte estuvo, al parecer, a punto de desaparecer en los registros policíacos que sufrió la casa de Torga con motivo de su detención– tiene, no obstante, la gracia de su falta de estructura, el encanto de su carencia de rigidez. En un momento de la obra, cuando Torga comenta la lectura del segundo volumen de la correspondencia de Gustave Flaubert, al manifestar su deslumbramiento –que ya no mantendrá ante el cuarto volumen– llega a decir del gran escritor francés: «He comprobado, no sin cierta tristeza, que ha sido en la obra voluntaria y técnicamente trabajada en lo que ha fallado, y que lo más vivo y lo más cálido que ha salido de sus manos es precisamente el fruto de los ocios de su esfuerzo...Y, con este criterio, al lado de las cartas, que son un perfumado ramo de rosas auténticas, Madame Bovary me recuerda una corona solemne de rosas artificiales». Este juicio, nacido del entusiasmo y de la espontaneidad de una pura anotación de lector, puede resultar exagerado, pero me sirve para comparar también, en cierta medida, este Diario con el ciclo de La creación del mundo, no por ello menos interesante.
El libro se presenta dividido en tramos de años. El primero abarca de 1932 a 1939, y los siguientes van desarrollándose, sucesivamente, desde la década de los cuarenta hasta la de los ochenta. La continuación del Diario (Últimas páginas, 1987-1993) fue editada por primera vez en España en 1996, y es de esperar que vuelva a reeditarse pronto.
El Diario de Torga se compone, como casi todos los ejemplos del género, de puras reflexiones personales al hilo de los días, pero en las que cada comentario constituye en sí mismo un texto autónomo, un aforismo, un relato, incluso lo que ahora se llama minificción o microrrelato. El talento poético y narrativo, y la declarada obsesión de Torga por practicar la escritura –una obsesión de la que en El sexto día queda el testimonio de lo que le dijo a su mujer, antes de casarse con ella: «Quiero que sepas, ahora que todavía estás a tiempo, que en cualquier circunstancia te cambio por un verso»–, se acomodan muy bien.
Pese a vivir siempre en pueblos pequeños o ciudades alejadas de las capitales importantes,Torga hizo numerosos viajes a los espacios históricos o a los lugares naturales de Portugal. Su salud le aconsejaba, por lo visto, visitar balnearios, y se sentía también muy a gusto regresando a menudo a su pueblo natal.Tampoco dejó de hacer viajes al extranjero: Europa,América, África. Ese cambio frecuente de escenarios le da al Diario una rica variedad de perspectivas.A lo largo de los días aparece el Torga cazador, el apasionado de la poesía, el artista –«suplir la temporalidad de la vida con la intemporalidad de la belleza»–, el insomne, pero también el hombre subyugado por la hermosura impasible de la naturaleza. La reflexión sobre el sentido de la tierra y sus trabajos, el gusto de los oficios artesanos, no olvida la consideración de la ciencia, el tema de la guerra, la lucidez ante la pobreza y la desigualdad del mundo, las sucesivas lecturas que abarcan autores muy diversos, clásicos y contemporáneos. Los textos, a menudo, recogen un verso escrito a vuela pluma, una escena dialogada, una imagen llena de expresividad, una justificación en la relación del poeta con el mundo que lo encierra: su conciencia de artista y de ser humano que quiere que los demás «sean libres y conscientes», y también de «revolucionario [...] sin estratos y sin dogmas». Su sensibilidad ante las conductas, las estaciones, los parajes, los sucesos nimios y los grandes hechos y cataclismos, van urdiendo un notable tejido de pensamiento y narración. La edición, de la que es responsable Eloísa Álvarez –autora también de la traducción de La creación del mundo–, incluye un afortunado índice temático, compuesto por más de setenta y cinco entradas, desde «Aldea/Ciudad» hasta «Vida», pasando por muchísimos temas y subtemas tratados con pasión, lucidez y belleza literaria:Amor, Escribir, España, Guerra/Paz, Literatura, Medicina, Progreso material/Progreso moral, Soledad, Terrorismo,Vacío existencial,Vejez...
Tal vez lo más interesante de Torga sea esa independencia, que da originalidad a su voz incluso cuando trata de asuntos, autores o tópicos comúnmente aceptados en el momento en que escribía sus textos. Y tal vez esa independencia tenga mucho que ver con su condición, una condición que pudiéramos llamar ajena, de procedencia campesina, la de ese niño de aldea que nunca dejó de ver las cosas con distancia y extrañeza, producto de cierta pureza originaria. Cuando se habla de literatura «urbana», este hombre de origen rural que tanto practicó la medicina y la poesía lejos de las metrópolis, puede ser una buena muestra de que la buena literatura –otra cosa son las modas– no procede de un único ecosistema. En cuanto al tema del sentimiento ibérico, hispánico, tan claramente apuntado en el prólogo de La creación del mundo, en este Diario aparece en muchas ocasiones.Valgan algunas muestras: «Soy un hijo occidental de Iberia, y España siempre ha sido para mí un motivo de orgullo». «¡Ah! ¡Unamuno! ¿Por qué has muerto? ¿Por qué no puedo hablar contigo en este momento dramático del mundo, aquí, en esta Iberia nuestra cargada de sol y de tristeza?». «¡No hay duda de que me siento bien cuando piso tierra española! [...] Parece completarse en mí un cierto crecimiento celular interrumpido, un vuelo espiritual frenado, una comprensión sólo esbozada [...] Mi ser tiene ahora las dimensiones de la Península, con todas esas contradicciones que la desgarran armonizadas. Paso del realismo del Miño al misticismo castellano, del desbordamiento andaluz a la contención asturiana, de la resignación gallega a la insumisión catalana, sin tropezar. Soy otro hombre. O el mismo. Sólo que sin ningún recuerdo de Aljubarrota o del Tratado de Tordesillas».

La creación del mundo y Diario (1932-1987) han sido publicadas por Alfaguara.

 

01/06/2006

 
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