ARTÍCULO

La poesía, otro país

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
438 pp. 25 €
 

La experiencia de lo extranjero reúne en su título, trabados por la aliteración, dos términos esenciales para comprender la concepción de la literatura y la crítica de Miguel Casado (Valladolid, 1954): la experiencia, entendida como conocimiento haciéndose, como sentir que se despliega, a lo largo del camino vital, sin consolidarse en certidumbre, firme sólo en su propio fluir, en su irreductible transitoriedad; y lo extranjero, inspirado en la afirmación de Gilles Deleuze según la cual el poeta es un extranjero en su propia lengua, para significar la extrañeza de la creación y la enajenación permanente del creador. Como el propio Casado señala al final de su ensayo sobre Vicente Núñez, los poetas son «los que están fuera de sitio en todas partes», esto es, los que no se adaptan a las estructuras convencionales del pensamiento ni, por lo tanto, del lenguaje, los que no se someten sin lucha a los mandatos de la realidad, los que desordenan. Que el título incluya un término como «experiencia», tan definitorio del funesto figurativismo español de fin de siglo, constituye una ironía: la experiencia no ha de identificarse con lo defendido por los realistas –la sumisión a las tradiciones, la transmisión embozada de los valores y la representación inane del mundo–, sino con lo que supone la extranjería: mudanza, incerteza e interrogación. En estos veintiún ensayos sobre poesía y poetas, todos ellos publicados en libros, antologías o revistas entre 1992 y 2008, excepto «Notas sobre azar y tiempo en poesía», inédito, Miguel Casado ejerce una crítica ambulatoria, ramificante, que no persigue el juicio, sino la reproducción del oleaje estético –y, por consiguiente, espiritual– que ha despertado el texto. Casado se mueve entre los versos –porque eso es su crítica: movimiento–, dejándose llevar por su borbotear o su bullicio, adentrándose en los senderos rítmicos que sugieren, atendiendo a sus preguntas y sus silencios, sin saber muy bien adónde lo conducen. Su errancia, opuesta a la cristalización del dictamen, obedece a la convicción de que el discurso de la posmodernidad, y su actitud moral, no pueden ser lineales, sino zigzagueantes y arbóreos, como ilustra una cita de Henri Michaux: «Soy de los que aman el movimiento, el movimiento que rompe la inercia, que emborrona las líneas, que deshace las alineaciones, me libera de las construcciones. Movimiento, como desobediencia, como remodelación». Los trabajos de Casado constituyen, pues, un diálogo con la obra analizada, un ir y venir por las frondas de su expresión, una escucha activa, sensible como una membrana, que genera una nueva escritura: una nueva realidad. La experiencia de lo extranjero contiene reveladores análisis formales, veteados de lirismo, aunque la radiografía de los mecanismos retóricos no sea su propósito esencial: la pura anatomofilología no le tienta; lo importante para Casado es el desvelamiento de las corrientes estéticas y los impulsos emocionales que, como movimientos tectónicos, han llevado la obra a su ser actual. Abona este interés una concepción singular de la crítica, y de la traducción, que se cifra en la modestia. En la poesía de Casado –una vertiente muy importante y dilatada de su producción, desde Invernales (1985) hasta Tienda de fieltro (2004)– se advierte ese mismo aliento contrario al énfasis, esa querencia por el susurro, que despoja a la voz de la impostura de lo sólido, de lo culminado, y le otorga, en cambio, la verdad de lo desnudamente ceñido a su ser, de lo que renuncia a fastos y certidumbres, para transmitir el temblor, la vivísima levedad de su existencia. También como traductor –y suyas son algunas de las mejores versiones de los poetas franceses modernos, como Verlaine, Rimbaud o Ponge– Casado practica esta contención elocutiva: su preferencia por la literalidad y su desdén por la preservación de metros, rimas y estrofas, en favor de una transposición rigurosa del sentido, acreditan una forma de entender la poesía, y la literatura en general, que no sólo implica una opción estética, sino también ética: «Demanda –escribe Casado– una actitud en el desarrollo concreto de la vida, apareciendo como opción existencial; exige, existencial y moralmente, un despojamiento antirretórico, una discontinuidad con las tradiciones, y es así también una toma de partido estético». Se trata, en efecto, de renunciar al boato del yo, al exoesqueleto de lo absoluto, a la narcótica seguridad de las ideas establecidas, para reivindicar el calor de lo naciente, la sacudida vivificadora del ser, aunque suponga oscuridad o ignorancia, aunque nos perturbe, porque sólo esa perturbación nos aleja fugazmente de la muerte. Y la crítica de Casado practica esta modestia, porque no pretende imponerse al texto, ni utilizarlo como excusa para elaborar discursos que lo empequeñezcan. Sin embargo, y paradójicamente, esa misma modestia hace que se eleve con una fuerza y una capacidad de sugerencia inusuales entre los funcionariales reseñistas españoles de hoy.
La experiencia de lo extranjero se divide en cuatro partes: las dos primeras tratan de cuestiones teóricas, relativas a la literatura, el pensamiento y la traducción, y las dos últimas se dedican al examen de algunos autores fundamentales para Casado: Antonio Machado, Cirlot, Vicente Núñez, Gamoneda, Gerardo Deniz, Ullán, Aníbal Núñez, Eduardo Milán, Ildefonso Rodríguez, Rimbaud, Ponge, Eugénio de Andrade y Ashbery. Un simple vistazo a esta lista revela que Casado ha optado siempre, en su labor crítica, por los autores antifigurativos, de estirpe vanguardista, partidarios de la ruptura y la experimentación, con la notable excepción de Machado, que es, no obstante, un clásico y que se sitúa más allá de las beligerancias estéticas. Hasta Andrade es objeto de una interpretación que subraya sus aspectos discrepantes de la elemental «accesibilidad» en la que, como recuerda el ensayista, han querido encerrarlo algunos críticos: la incandescencia de su poesía «se genera en lo negro»; su luz es una luz polémica, que nace de un conflicto íntimo con la realidad. En su análisis del pensamiento poético de Machado, Casado remarca la reivindicación, por parte del autor de Juan de Mairena, de lo otro: de la heterogeneidad como «idea dinámica, heraclítea, [...] que determina el conocimiento como inestable y dependiente del curso temporal», lo que se aviene perfectamente con su propia visión de la realidad como un flujo siempre en construcción, en el que no hay permanencia posible. Tras un análisis de la energía negra que subyace en la música de Juan-Eduardo Cirlot –y la correspondiente defensa de una lectura que no atienda tanto al significado de los versos como a su persuasión sonora– y del combate con la propia tradición –o su deconstrucción– que animaba a la literatura de Vicente Núñez, con el fin de quebrar «la uniformidad de las soluciones ya codificadas, el hábito disfrazado en la retórica», Casado incorpora «El curso de la edad», el largo y luminoso ensayo que sirvió de epílogo a la Poesía reunida de Antonio Gamoneda, publicada en 2004, y que se suma a su extenso corpus de análisis de la obra gamonediana, dos de cuyos hitos –esenciales para la recuperación, o para el descubrimiento, del autor de Descripción de la mentira– son el estudio incluido en Esto era y no era, una recopilación de lecturas de poetas castellanoleoneses, aparecida en 1985, y su prólogo a Edad, el primer gran compendio de la obra de Gamoneda, fechado en 1989. Otro autor por el que Casado siente devoción, y a cuya poesía completa ha dedicado asimismo un penetrante estudio, reproducido en La experiencia de lo extranjero, es José-Miguel Ullán, del que subraya la omnipresencia, la totalidad lingüística, empapada de ironía y escepticismo. Junto a él comparecen otros autores de menor difusión, pero igualmente relevantes en su concepción estética, como el hispanomexicano Gerardo Deniz y los españoles Aníbal Núñez e Ildefonso Rodríguez: de los dos primeros destaca la voluntad de mezclar y contradecir, y del tercero, el onirismo y la corporalidad con que se presenta el conflicto de la identidad. Eduardo Milán, por su parte, se revela como alguien que «quiere nombrar las cosas sin pretender sentido en ellas, como si el propósito de la poesía fuera sencillamente poner una cosa ahí en el medio, extraña y distinta». Todos ellos aspiran a suscitar una lectura fracturada e incómoda, que renueve la percepción del mundo. Finalmente, la última parte del libro está dedicada a escritores que practican lo que Casado llama «poesía objetiva», una poesía que se esfuerza por convocar a la realidad en la página disminuyendo la abstracción lingüística y exaltando, mediante la reiteración o la síntesis, las cosas que la pueblan. Y todo ello lo hace Miguel Casado –y este es, entre muchos, su mayor mérito– cumpliendo el requisito esencial de la buena crítica literaria: erigirse ella misma en literatura; ser no un lenguaje ancilar, sino un lenguaje primario, que proporcione un placer equiparable al de la obra escrutada.

01/04/2011

 
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