ARTÍCULO

La vida por delante: las memorias de Manuel Godoy

 

Uno de los acontecimientos editoriales del año 1836 en Europa fue el comienzo de la publicación en francés de las memorias del Príncipe de la Paz. Aparecían en el centro mismo de la cultura europea, en París, en un momento en que se vivía una moda de memorias y recuerdos de los grandes personajes de la Revolución y el Imperio. El libro se recibió con expectación y de inmediato se tradujo a varios idiomas, mientras que en España se desataba una enconadísima lucha comercial por capitalizar el beneficio de su traducción al castellano. Entre otros testimonios de este éxito continental, puede destacarse que Larra escribiese una admirable reseña en El Español y que José María Blanco White, desde su refugio final de Liverpool, publicase otra en The London and Westminster Review y acabase polemizando cortésmente sobre su contenido con su viejo protector, lord Holland, a la sazón ministro de la Corona y patriarca del hispanismo inglés. Ancianos testigos de la historia y jóvenes escritores de una Europa transformada se interesaban por igual en lo que Manuel Godoy tenía que contar tras décadas de silencio e infamia.
No obstante esta calurosa recepción inicial, las memorias quedaron olvidadas, sin volverse a reeditar hasta una nueva versión española en 1908-1909 al socaire del primer centenario de la Guerra de la Independencia, y otra más en 1965 en la Biblioteca de Autores Españoles, con un largo estudio de Carlos Seco Serrano que constituye un hito en el moderno tratamiento historiográfico de Godoy. En 2008, coincidiendo con el siguiente centenario de los hechos que pusieron fin a su poder –y a la vez como fruto tardío de la vasta cosecha bibliográfica recolectada gracias al pie forzado del 150 aniversario de la muerte del político extremeño en 2001–, estas memorias vuelven a las librerías con la salida simultánea de dos ediciones. Los autores de ambas lo son también de las dos principales biografías que se han publicado últimamente: Emilio La Parra, responsable de encuentros y exposiciones sobre Godoy, así como de la espléndida Manuel Godoy, la aventura del poder (Barcelona, Tusquets, 2002, con reediciones), en este caso en colaboración con la hispanista francesa Elisabel Larriba; y Enrique Rúspoli, autor de Godoy. La lealtad de un gobernante ilustrado (Madrid, Temas de Hoy, 2004).
Desde el punto de vista filológico, la edición de La Parra-Larriba es muy superior, y no sólo porque ofrece el texto íntegro, sino porque este texto se toma directamente de la versión española de Madrid (1836-1842), que responde a la última voluntad de Godoy. La edición de Rúspoli, en cambio, no señala nada sobre su procedencia y además ha abreviado el texto según un criterio temático para centrarse en el relato de las relaciones hispanofrancesas en tiempos de Napoleón y, por lo tanto, en los antecedentes inmediatos de la guerra. Para ello reduce a diez los cincuenta y un capítulos de la «Primera parte», un drástico recorte que elimina casi todo el primer ministerio de Godoy. Puestos a ofrecer a un público amplio un texto más accesible, quizás hubiera sido mejor eliminar las muchas repeticiones de que adolece el libro, pero desde luego el editor tiene derecho a seguir sus criterios si, como es el caso, se los advierte al lector desde la primera página. Ahora bien, puesto que, por las razones que luego expondré, estas Memorias apenas pueden deparar interés a un lector que no sea el estrictamente orientado hacia su valor histórico, ese valor siempre lucirá más completo en una edición que sea igualmente completa. Como lectura amena para el público general, esta obra es insalvable.
Tanto Rúspoli como La Parra dedican sus largas introducciones a resumir nuevamente la interpretación sobre el papel histórico de Godoy que han desarrollado en sus obras mayores y que no procede repetir aquí. Ambas visiones son básicamente impugnaciones del mito negativo que ha envuelto al ministro desde antiguo, tratándolo como lo que fue: un político, con sus aciertos y errores, pero cuya trayectoria ha de analizarse según los patrones de la coyuntura que le tocó vivir y no encerrarla en un marco de excepcionalidad novelesca, como si fuera una anomalía inexplicable por otros motivos que por azares, por bajas pasiones o por la descomposición total del sistema de gobierno. Pero la edición alicantina ofrece, además, un valor añadido: una valiosísima y novedosa historia del texto, desde las primeras intenciones de escribirlo hasta las últimas ramificaciones de la apasionante batalla literaria a que dio lugar su traducción española, incluyendo igualmente una documentada reconstrucción del proceso editorial de la primera edición francesa y de la intervención en ella del traductor Esmenard. Los editores también defienden con sólidos argumentos la autoría real de Godoy y establecen un papel más secundario para Mariano José de Sicilia, contratado como ayudante en la redacción final y a cuya codicia de trabajador a comisión puede deberse en parte la excesiva largura del libro. Esos capítulos prologales están llenos de investigación nueva y de primera mano, que mejora sustancialmente nuestro conocimiento de la gestación de las memorias y arroja luz diferente sobre ellas.
En cambio, ninguna de las dos ediciones trata de indagar en la construcción literaria del texto y en las razones de su rapidísimo olvido, que a mi juicio tienen que ver con un profundo fracaso a la hora de que el autor se defina a sí mismo como personaje ante el público y ante el tiempo transcurrido. Es curioso que estas Memorias, por el momento en que se publican, parecen representar en cierto modo –quizá sobre todo para Josefa Tudó, que actuó como animosa agente literaria– un modo de romper con el pasado, de recomenzar una vida interrumpida, pero son a la vez –quizá sobre todo para Godoy– la muestra de una incesante dependencia hacia ese pasado, de una incapacidad de seguir viviendo sin arrastrar el peso del desastre de 1808. La expectación inicial del público –expectación es igual a éxito en la moderna cultura mercantilizada– se justifica por el gran tiempo transcurrido, por la sorpresa de saber que Godoy sigue vivo y que por fin va a hablar, pero el desengaño del lector reside en la nula percepción que el relato autobiográfico muestra de dicha distancia y de dichas expectativas. En otras palabras, era un libro escrito por una conciencia parada en 1808, pero destinada a lectores que sólo estaban dispuestos a interesarse por él con una conciencia histórica de 1836. Para toda Europa el tiempo había transcurrido, mientras que para Godoy el paso de los años sólo parece una excusa para poder quitarse una mordaza puesta hacía tres décadas, pero para decir ahora lo mismo que habría dicho entonces.
Los lectores percibían esas Memorias como el testimonio de alguien que treinta años antes era uno de los hombres más poderosos del mundo, la mano que timoneaba un vasto imperio intercontinental, muy decaído sin duda, pero aún temible. La opinión general y una bien concertada campaña de desprestigio habían establecido como un hecho que ese hombre era uno de los culpables del derrumbamiento final de tal imperio y de su conversión en lo que era en 1836: una pequeña nación europea de tercera, anárquica, disgregada por discordias civiles, satelizada por las grandes potencias, atrasada en ciencias y artes, un lugar sólo admirable por el exotismo que le prestaban su atraso y su barbarie. Esa decadencia era demasiado grande para atribuirla a un solo hombre, pero en el reparto de culpas venía muy bien, como resumen y como símbolo, adjudicar un papel determinante de ese relato nacional a la escandalosa trayectoria de un joven ambicioso y arribista que, en medio de una corte corrompida por vicios y flaquezas, se suponía encumbrado vertiginosamente a la cúspide del poder por medio de las más innobles argucias: su apostura, la seducción amorosa, unas presuntas habilidades musicales, las intrigas más viles... La Parra enfatiza precisamente que las Memorias nacen para combatir esa leyenda negra, construyendo un persistente diálogo defensivo con cada uno de los hechos que jalonan esa narración infamante aceptada como hecho incontestable por la generalidad de los españoles. De ahí que La Parra tienda a ver de modo favorable el testimonio de Godoy: «Hay que admitir, a fuer de rigurosos, que en la mayoría de las ocasiones sus datos y argumentos responden a la realidad histórica» (p. 27). Rúspoli viene a sostener una posición análoga en su propio análisis.
No obstante, el hecho de que el Príncipe de la Paz quisiera ganar en 1836 una batalla perdida tanto tiempo antes ilustra su fracaso literario, más allá del indudable valor histórico y documental de las memorias. Y es justo referirse al memorialista por ese título caduco y desterrado, porque el libro se escribe por y para el personaje histórico que terminó su sorprendente periplo político un día de 1808. Lo demás, lo que ocurrió entre ese amargo final y 1836 corresponde a la vida privada de un tal Manuel Godoy, a quien la extrema juventud de su ascensión al poder le deparó la rara circunstancia de tener una larga vida por delante sin saber llenarla de nuevo contenido. La grandeza del caso la percibió de inmediato el talento de Mariano José de Larra, con su finísimo olfato para rastrear lo trágico del destino humano: «El antiguo príncipe de la Paz, árbitro de España, y don Manuel Godoy, extranjero y particular en París, es la personificación del alma destinada a ver el cuerpo crecer, robustecerse, llegar a su apogeo, y sucumbir a la ley común de la decrepitud y la decadencia; don Manuel Godoy, condenado a ser espectador del Príncipe de la Paz caído, es el hombre a quien se le concediera el funesto privilegio de contemplarse a sí mismo después de muerto»Mariano José de Larra, «Memorias originales del Príncipe de la Paz», en Artículos de crítica literaria y artística, Madrid, Espasa-Calpe, 1975, p. 251. Son dos artículos publicados en El Español los días 22 y 24 de septiembre de 1836..
Pero eso que tan claramente vio Larra no está en las Memorias, sino en la conciencia de su joven y crítico lector. Godoy no percibe ese contraste: si lo hubiera hecho, sus memorias podrían haber sido realmente interesantes y haber dado lugar a una reflexión moral sobre sí mismo y sobre su mundo, un mundo entonces ya del todo barrido por el implacable viento de la historia. No le falta en eso razón a Pío Baroja, quien define con su característica –y a menudo injusta– sequedad lo que denomina «la mediocridad espiritual de Godoy», que consiste, en resumidas cuentas, en que el autor nunca acaba de percibir su propio personaje: «Fuera de los datos políticos, no hay nada. Todo es anodino y protocolar. El Choricero no quiere ser escandaloso ni picante. Odia el pimentón de su tierra. Le falta la gracia, la ironía. Un viejo que ha sido un monstruo de la fortuna, que ha alcanzado en un momento lo que ha querido y que después cae en la miseria, parece lógico que sienta la tragicomedia de la vida, la broma de ser ayer mucho y hoy nada. Él no la siente. De viejo, Godoy es un hombre de cartón; pide, se humilla, se rebaja. No es un espectáculo interesante. Es un pobre diablo que escribe memoriales, acostumbrado al balduque»Pío Baroja, «El carácter de Godoy», en Obras completas V, Madrid, Biblioteca Nueva, 1948, p. 1227..
Blanco White, que, al contrario que Larra, sí pertenecía a la generación de Godoy, lo había conocido y vivió bajo su poder –pagando también el tributo de adulación palaciega para obtener sus favores–, aunque se deja seducir igualmente por el vértigo moral que produce el trágico cambio de fortuna del personaje, hace una lectura del texto mucho más inserta en la propia lógica argumentativa del Príncipe, es decir, en la reevaluación de su papel histórico y la rectificación de una injusticia colectiva hacia él. Pero a finales de la década de los treinta ya eran pocos los que podrían –o querrían– hacer tal lectura, desbrozando esos centenares de páginas de escritura pesada, llenas de fárrago y de repeticiones, para no encontrar sino argumentos de 1808. El interés de los historiadores, sin embargo, permanece intacto y ahora encontrará un buen instrumento de trabajo en estas nuevas ediciones. En realidad, el mensaje reivindicativo de Godoy en estas Memorias críticas y apologéticas no fructificó hasta mediados del siglo XX, hasta que Carlos Seco Serrano lo recogió y hasta los nuevos estudios que se han sucedido estos últimos años. En ese sentido, estos dos pesados volúmenes –pesados en sentido literal y también en sentido figurado, y no por nada atribuible al riguroso y elegante trabajo de sus editores– cierran el círculo de las pretensiones de Godoy, aunque demasiado tarde para haberle liberado del peso de haber muerto moralmente en 1808, con toda la vida por delante.

01/05/2009

 
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