ARTÍCULO

Mascaradas juveniles

 

Cuando los medios de masas no disponen de otra cosa recurren a la violencia juvenil para captar la atención de su audiencia. Por supuesto, esa violencia no tiene que ser necesariamente real (a base de peleas o agresiones con sangre, sudor y lágrimas), pues surte parecidos efectos la violencia escénica: figurada o simbólica, es decir, ficticia pero espectacular. En ello hay mucho de sensacionalismo comercial, quién lo duda, pero eso indica varias cosas: que la demanda está bien dispuesta a comprar noticias sobre presuntas violencias juveniles (lo que pudiera revelar alguna obsesión morbosa por parte de nuestra opinión pública) y que los jóvenes están a su vez bien dispuestos a generar una creciente oferta de representaciones violentas. Y lo cierto es que ambas disposiciones, la oferta y la demanda de noticias juveniles violentas, se realimentan mutuamente al estar enlazadas por una espiral de causalidad circular crecientemente amplificada. Dentro de un círculo vicioso semejante ocupa un papel crucial la que pudiéramos llamar prensa académica: los impresos producidos por personal universitario autorizado que, a título de especialistas o expertos calificados, contribuyen a realimentar la magnitud del problema construido, confirmando las tipificaciones negativas que socialmente lo definen como tal. Por supuesto, no siempre es ésa la intención de los autores académicos, cuya voluntad suele vacilar entre la exégesis crítica y la denuncia profética. Pero no importa cuáles fueran sus propósitos (generalmente tan bienintencionados como el empedrado del infierno), pues lo único que cuenta son los resultados prácticos, que sólo en muy pequeña medida dependen de ellos, escapando casi siempre fuera de su control. En efecto, como sólo se les contrata y se les lee para que confirmen los prejuicios abrigados, resultan casi inútiles los esfuerzos que hagan para intentar refutarlos.

Viene todo esto a cuento del libro cuya referencia encabeza este comentario. Auspiciado por el Ministerio de Interior bajo la égida de Belloch, y apadrinado por Ferrán Cardenal cuando era gobernador civil de Barcelona, sus autores (profesores universitarios de periodismo) intentan explicar el conjunto de fenómenos juveniles bautizado bajo la etiqueta peyorativa de tribus urbanas, maremágnum donde cabe de todo, desde el gamberrismo fanático del fútbol hasta el culto por los disfraces de las sectas musicales, todo ello amalgamado con el irritante recurso a voces y modismos exclusivamente angloamericanos que hacen las veces de divinas palabras o jerga mistificadora.

Sin embargo, el resultado dista mucho de las expectativas anunciadas. Es cierto que hay detalladas descripciones de las presuntas tribus juveniles, pero están redactadas con una retórica exclusivamente periodística. Tanto es así que, a pesar de anunciar con ciertas pretensiones su voluntad de utilizar métodos etnográficos, los autores se conforman con reproducir casi intacto el material autojustificatorio proporcionado por los propios investigados, tomando al pie de la letra sus peregrinas bravatas sin osar apenas leerlas entre líneas. Por lo tanto, el producto final es un mero relato anecdótico, a veces simpático, otras chocante o truculento, pero casi siempre reiterativo en exceso.

Pero más allá del inconexo mosaico narrativo, no hay análisis causal alguno, ni tan siquiera intentos de clasificación tipológica, interpretación explicativa o estimación cuantificadora. En su lugar se hace un listado cronológico del repertorio de disfraces pseudo tribales, acompañado de un somero repaso bibliográfico, lleno de vacíos y lagunas. Y en el resto sólo se utiliza, a modo de muleta con cuyo pico aliñar una faena más o menos aparente, una serie de tópicos al uso, entre los que destaca el de «neotribalismo», descabellado invento atribuido al diletante Maffesoli. También se usa el concepto de «subcultura», pero se desconoce la obra seminal de James Coleman sobre la sociedad adolescente, así como los trabajos de Suttles sobre etnicidad y territorio. Igualmente se abusa del término «ritual», pero se desconoce la obra de Marsh, Rosser y Harré sobre The Rules of Disorder, y se ignoran los rites de passage y su interpretación por Victor Turner como experiencias liminares de carismática fusión antisistema, efímeramente destructoras del orden social. En fin, otro comodín de profuso empleo es el de «identidad», pero se elude definirla en función del sexo, la edad, la actividad, la familia de origen o la clase social. Y unas carencias como estas descalifican al libro entero. La juventud es un proceso de transición donde se pierden las identidades adscritas por su origen familiar y se adquieren nuevas identidades cambiantes, en un comienzo puramente experimentales y ficticias, al final cada vez más comprometidas y comprometedoras. Y las variables cruciales son el género, la actividad y la estructura social, que brillan en este libro por su completa ausencia. Nada sabemos sobre el origen de clase y la carrera escolar o laboral de los jóvenes tribales. Y lo que es peor: nada se nos dice sobre la variable sexo, pese a que las presuntas tribus son violentamente misóginas y exclusivamente machistas. Pero este escamoteo del género femenino resulta explicable. En efecto, el capítulo más aceptable del libro, que por cierto se despega de los otros cuatro, está escrito por una mujer, Charo Lacalle Zalduendo, que sin embargo no figura como coautora del libro. ¿Cabría esperar otro indicio más revelador que éste?

01/02/1997

 
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