ARTÍCULO

¿Fin o fines de la historia?

Anagrama, Barcelona, 1996
Trad. de Erna von der Walde
174 págs.
 

En 1989 un oscuro funcionario del Departamento de Estado Norteamericano, Francis Fukuyama, publicó en The National Interest un artículo que hizo época, «¿El fin de la historia?». Tres años después, sus argumentos eran ampliados y sistematizados en un libro, El fin de la historia y el último hombre, que consiguió una audiencia mundial y fue muy debatido. Un eco de esos debates nos llega ahora con la publicación de Los fines de la historia de Perry Anderson, libro escrito en 1992 al calor de la polémica, pero que por la hondura y seriedad de su revisión crítica de las tesis de Fukuyama y el interés de sus propuestas de fondo no ha perdido actualidad.

Para entender el debate que se hace a la luz es preciso contextualizarlo. Hace ahora más de dos siglos, filósofos e historiadores llegaron a una crispada división del trabajo. Los historiadores reconstruirían la historia por menudo y los filósofos en grueso; los primeros nos harían saber el acontecer concreto y los filósofos el fundamento, sentido y justificación de la trayectoria histórica de la humanidad. Tal división del trabajo resultó problemática y, al cabo, en el presente siglo, tanto la historia de acontecimientos político-militares de los Estados nacionales como las ensoñaciones filosóficas sobre la deriva y destino de la humanidad acabaron en un callejón sin salida. La alternativa fue el surgimiento de una nueva historia y la postergación de la filosofía de la historia como género literario obsoleto. Así estaban las cosas hasta la irrupción del caso Fukuyama. Lo que había quedado claro y asentado dejó de estarlo. Por un lado, volvía, llena de seguridad en sí misma, la filosofía de la historia, negando todas las jeremiadas sobre la crisis del progreso, el sinsentido de la historia y restaurando al olvidado Hegel. Por otro, esa vuelta no la protagonizaba un filósofo trasnochado y deseoso de culminar su sistema de interpretación de lo humano o un historiador con ensoñaciones universales, sino un funcionario político que utilizaba con inteligencia y libertad el legado de la filosofía y se declaraba animado por objetivos claramente políticos. Además, lejos de provocar indiferencia, tan extemporánea intervención consiguió la gloria de una audiencia universal y un rechazo no menos glorioso, pues fue participado por la intelectualidad mundial en bloque: su izquierda, su centro y su derecha. ¡El fin de la historia parecía anunciar el fin de demasiadas cosas dadas por descontadas!

En este contexto se sitúa el libro de Perry Anderson. Su autor es un conocido marxista británico y prestigioso historiador. Cabría esperar, dada esta trayectoria, una rápida y sarcástica labor de aliño crítico sobre las tesis de Fukuyama: el marxista desvelaría triunfalmente la servidumbre conservadora de las extravagancias del probo funcionario del Departamento de Estado y el historiador execraría al ingenuo amateur que se había dejado atrapar en el pantano de la historia universal y sus pretendidos fines y acabamientos. Nada de esto encontrará el lector. Anderson aprecia la obra de Fukuyama, la toma en serio, presentándola como un manifiesto de época y animando a evaluarla con justicia. De nada vale, a su entender, rechazarla en detalle, ironizar sobre sus fundamentos filosóficos –su lectura de Platón o Hegel– o mostrar sus específicas insuficiencias historiográficas. Todo esto es secundario y quien se afana en ello no hace, en realidad, sino eludir el reto intelectual y político que representa. Es más, Anderson subraya enfáticamente que, en el debate que siguió a la publicación de su primer trabajo, Fukuyama salió invicto, pues los argumentos que se contrapusieron a sus propuestas eran o secundarios o erróneos.

Anderson se afana, pues, en retratar con fidelidad la tesis central de Fukuyama. Destaca que éste no propone que la historia menuda esté acabada y que nos hayamos precipitado en un mundo congelado, sin convulsiones ni cambios. Por el contrario, su propuesta es que tras la caída del muro de Berlín no cabe esperar una alternativa creíble y operativa al capitalismo y la democracia liberales, convertidos así en verdaderos amos del universo. Todo lo que haya de ocurrir en el futuro acontecerá dentro de sus límites infranqueables. En esto consiste el fin, término o acabamiento de la historia: seguiremos asistiendo a acontecimientos capaces de estremecernos, pero sabremos siempre el resultado final del drama multisecular. La historia pasada resulta así direccional, acumulativa, llena de sentido; el futuro, una incógnita menor y de detalle. El mérito de Fukuyama ha consistido en dar palabra y presentar de forma coherente lo que estaba rondando en el espíritu de los tiempos poscomunistas. Anderson reconoce su hondura y muestra sus avales filosóficos. En pos de ellos, se adentra en la senda de la filosofía de la historia y, al hilo de una interesante lectura de Hegel, Cournot y Kojève, reconstruye la génesis de la idea de la finalización de la historia. Hasta aquí el libro tiene ese tono de gélida erudición académica que permite vivir de espaldas a las pasiones públicas y prácticas. Pero éstas hacen su aparición en su última parte, cuando ya se procede a una evaluación del diagnóstico de Fukuyama sobre el mundo contemporáneo. Como era de esperar, la evaluación no se deja arrastrar por la atención al detalle, sino que se centra en lo sustantivo: ¿no hay realmente alternativa al capitalismo liberal crecientemente mundializado?, y más específicamente, ¿qué ha sido de la vieja alternativa que representó el socialismo?, ¿ha quedado sepultada bajo los muros de Berlín? Los interrogantes están indefectiblemente unidos: el fin de la historia lo es también del socialismo. Es más, si algo ha proporcionado plausibilidad a las tesis de Fukuyama es que estaban inmediatamente avaladas por el derrumbe del comunismo de Estado y la crisis de la socialdemocracia.

Pudieran parecer inseguras las respuestas de Anderson. Algunos lectores llegarán incluso a la conclusión de que no existen. No comparto ninguna de estas opiniones. Las respuestas existen y son atendibles. Ciertamente no se presentan con la rotunda fe del carbonero, pero no son estos tiempos para la fe, sino para la reflexión. Y la reflexión nos aboca a la paradoja que Anderson pretende argumentar en las páginas finales del libro. A su entender, el error de Fukuyama consiste en un exceso de optimismo sobre la capacidad del capitalismo para resolver con sus propios medios los problemas que engendra y enfrenta. Son éstos básicamente dos, pero cruciales: es incapaz de resolver la creciente crisis ecológica, que pone en peligro de desaparición la civilización humana, y no puede sino agudizar la polarización social intra- e inter-societal. Todo esto clama a favor de una alternativa consecuente con la tradición política socialista: una alternativa basada en la planificación de aspectos cruciales de las decisiones económicas, la democratización de las decisiones estratégicas y una política mundial informada por la igualdad. La paradoja surge justamente en este punto, pues, según subraya Anderson, la alternativa socialista es tan urgente como problemática. Sus problemas son evidentes. Carece de seguridad sobre su capacidad técnica para, más allá de la lógica anónima e individualista del mercado, coordinar de forma eficiente una economía crecientemente compleja que, en sus aspectos fundamentales, se ha mundializado. Por otro lado, no encuentra disponibles estructuras políticas que aseguren la democratización más allá de las fronteras de algunos Estados nacionales. Además, los posibles apoyos sociales a una alternativa socialista son ineliminablemente heterogéneos y resulta más bien problemático que superen sus diferencias y construyan un movimiento social eficaz.

¿Cómo evaluar el diagnóstico de Anderson? En una ocasión, Agnes Heller propuso que toda filosofía de la historia «implica una advertencia y una promesa». La advertencia de Anderson es clara y atendible: la historia no ha alcanzado su final, ya sea feliz o infeliz, ni el capitalismo liberal mundializado constituye su término, a no ser como catástrofe. ¿Y la promesa? ¿Administrar una paradoja práctica que, en definitiva, asegura que lo que es necesario resulta imposible? ¿Confiar en un socialismo renovado que dejaría de ser pesadilla para convertirse en sueño infantil? Tal parece la promesa de futuro que surge de las reflexiones de Anderson. Podría ironizarse sobre ella, mostrarla como la prueba final del colapso del pensamiento socialista y del marxismo ilustrado: tarea fácil, de éxito seguro, pero ni honesta ni oportuna. Más bien habría que replantear el problema de fondo en el que Anderson se ha visto entrampado y reinterpretar a su luz su propuesta final.

Anderson se ha dejado entrampar en el problema que plantea la filosofía de la historia: si ésta, en sí y por sí misma, tiene un sentido, un cometido, un final. Y se ha quedado entrampado en él porque no ha sabido replantearlo en sus justos términos. Si lo hubiera hecho se habría interrogado, no sobre el sentido de la historia en sí, sino sobre el sentido que podemos o debemos proporcionar a nuestra acción histórica. Planteado así, como el irrenunciable problema práctico del sentido, se hace abordable y cobra una nueva significación la alternativa socialista. Deja de ser una promesa sobre el desarrollo autónomo de la historia y se limita a situarnos ante nuestra responsabilidad histórica, reconociendo que la tarea a realizar depende de nuestra capacidad para administrar con realismo y reflexión lo que en términos prácticos tiene una improbable solución: una alternativa socialista que resulta, a la vez, urgente y altamente improbable. La historia deja de tener un fin inscrito para contemplar una multiplicidad de fines en cuyo juego nos va el destino. Poco hemos de esperar de ella; mucho, de nuestra acción responsable.

01/04/1997

 
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