ARTÍCULO

Impostura y realidad

Anagrama, Barcelona, 1998
622 págs.
 

«Belano y Lima no eran revolucionarios. No eran escritores. A veces escribían poesía, pero tampoco creo que fueran poetas. Eran vendedores de droga.» Éstas son las lúcidas palabras de Alfonso Pérez Camargo (pág. 328), personaje insignificante de los muchos que desfilan por las páginas de Los detectives salvajes, la novela ganadora del último Premio Herralde. Con ellas se confirma una de las pistas –intuida desde el mismo principio de la obra– más sólidas que puede llegar a poseer el atribulado lector a la hora de asentar y asumir esta historia, tan densa como múltiple: la fuerza de la apariencia y la importancia del punto de vista, entre otros elementos claves. Historia narrativa, no se olvide, trenzada a su vez con otras muchas historias, traídas todas a colación por Roberto Bolaño escritor. Desde el pasado al futuro, desde la vida real hasta la vida imaginada y literatura, todo tiene cabida en Los detectives salvajes. Nada parece ser ajeno a la novela.

Por ello, la lucha entre la objetividad y la apariencia, la confirmación o no de la evidente relatividad de la memoria, la necesidad de un perspectivismo extremo cuando se persigue la máxima comprensión de la existencia o, entre otros aspectos, la fuerza resultante de la fragmentación de la realidad que sustenta a esa existencia antes mencionada constituyen el entramado final de la novela. Pero al mismo tiempo que armazón son también habitáculo preciso para temas, siempre universales, como el amor, la muerte o el sexo, que discurren entre laberintos y viajes permanentes, no exentos, por supuesto, de sus pertinentes dosis de intriga. En suma, todo un mundo difuminado que, viniendo a lomos de la memoria desde el pasado hasta un presente de vértigo, camina hacia la oscuridad e incertidumbres del futuro. Y en medio, la literatura. O lo que rodea a la literatura. Como es habitual en el chileno. Es decir, tanto la esencia literaria como su fingimiento. Sin olvidar –lo apunta otro de los personajes, Fabio Ernesto Logiacomo, pág. 151– que «la literatura no es inocente».

El esquema básico que sostiene el rico mundo de Los detectives salvajes es simple. E, incluso, fácil: quitar el velo de un misterio. No así su asunción. La pasión por el detalle, la fuerza de la fragmentación, las matizaciones y la digresión que constantemente se despliegan a lo largo de la investigación llevada a cabo, amén de contener reiteraciones lógicas, exigen un enorme esfuerzo. Y éste, aunque se agradece –y mucho– en los tiempos narrativos que corren, tan proclives a la pasividad y a la rapidez, tal vez no sea del todo recompensado en el conjunto final de la novela. Y por ello quede esa sensación última de que la artillería de Bolaño, lúcido y de buen narrar, no se corresponde con el alcance de la empresa acometida. Una empresa que buscar aunar en su seno conceptos varios, muy distintos, y con evidentes muestras de ser alegoría en la existencia y devenir humanos y de su existencia y su devenir.

Como ya viene siendo habitual en Roberto Bolaño, Los detectives salvajes se llenan de literatura y echan mano de la literatura. O ésta acaba dándole su forma a la realidad o a todo cuanto toca. No en vano, Simone Darrieux, otro de los múltiples personajes de la novela, apunta que quienes pululan por esta novela parecen «pensar en términos de literatura todo el tiempo» (pág. 255). Los protagonistas son escritores, se mueven en ambientes y atmósferas literarias o prontas a ser materia literaria –si es que existe algo que no lo sea-hasta viven, malviven e, incluso, mueren de literatura y con la literatura. Los detectives salvajes continúa mostrando al lector el variopinto zoo de las especies artísticas y literarias que ya comenzara a desarrollar el chileno desde sus inicios y, especialmente, desde La literatura nazi en América, aparecida en 1996, continuado en Estrella distante, también de 1996.

Con una increíble minuciosidad no exenta, en muchos casos, de rigor histórico, Belano, Lima y García Madero –los protagonistas– nos llevan de exploración hacia el tumultuoso y tormentoso interior de diferentes trayectorias humanas, reales o imaginadas. Tristes, la mayoría. Pero siempre retratadas con puntillismo y ambientadas en episodios si no reales, sí verosímiles. Nos llevan hacia el interior de vidas oscuras o sin medida que, en su dignidad o en su fatua impostura, reflejan la realidad interna y, por supuesto, también la externa. O lo que creemos que son tales realidades. Desde amistades que se cimentan en la enfermedad y el rencor, pasando por ilusiones que nacen o mueren entre sonrisas o espasmos de dolor, hasta el mero intercambio carnal o económico. Individualidades y entorno en medio de un viaje y una búsqueda alocada, fragmentaria, multiforme, plural y densa que tan pronto da cabida a la imaginación como reproduce la palpable realidad. Junto a los frisos de un México que se descuelga de la historia con sus avatares históricos o el sueño de una guerrilla que nunca consiguió cuajar o la quimera igualitaria cercenada –Unidad Popular en Chile–, travesías por Israel, Austria, España, Francia... llenas del sabor agrio de la verdad. O del escepticismo junto a fingidos inventarios de la fauna de la pluma crítica o creativa, personas de carne y hueso como Octavio Paz, León Felipe, Pedro Garfias, Juan Rejano, Juan Marsé..., visibles en sus nombres u ocultos bajo guiños fácilmente reconocibles. Y todo con humor, sonrisa o parodia para limar la acritud de un mundo extraño, cruel, canalla, etc. Se sirve del mundo literario. Pero, al fondo, están la sociedad y la vida. Sí. Y también en la superficie.

Dibujos, panorámicas, reflejos, perspectivas... servidas en la artificialidad de un juego casi cortazariano. Dos novelas en una –o viceversa– o muchas pequeñas novelas dispersas que, sumadas, dan cuerpo a una pequeña intriga, expuesta y pormenorizada por extenso y que contiene historia, realidad, sucesos, hechos, viajes, búsquedas, pasiones, relaciones interpersonales, etc. Como la vida misma. Un retrato de la bohemia y vanguardia artísticas –especialmente mexicana–, de sus pormenores, que sirven de cañamazo y de punto de partida a otros varios y a los más ambiciosos presupuestos que recorren subterráneamente el libro. La actividad, el juego de recomposición, el juego de identificación, el posible rastreo de sabueso por los inventarios de escritores, el uso de la parodia... ayudan a superar la tristeza o el escepticismo que atraviesa la novela. Y, sobre todo, a combatir el cansancio de tanto morderse la cola a pesar de la «expresión golosa y suficiente». Novela, en suma, inteligente, estructurada, ambiciosa, atractiva y rica. Pero también excesiva. El lector no puede quedar al margen, no puede quedar indiferente.

01/04/1999

 
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