ARTÍCULO

Una fábula ética y necesaria

Anagrama, Barcelona, 392 págs.
 

Las novelas publicadas hasta el momento por Belén Gopegui se sitúan en dos tendencias muy diferentes. Las dos primeras, La escala de los mapas (1992) y Tocarnos la cara (1995), apoyadas en un discurso abstracto, especulativo e intelectual, trataban de encontrar una razón coherente a la existencia desde la perspectiva interior del personaje. Las otras dos, La conquista del aire (1998) y ésta que comentamos, pueden calificarse de realistas y sociales, lo cual significa un cambio radical en el modo de concebir la novela, en el punto de vista narrativo y, sobre todo, en los principios que definen la función de la literatura.

Dicho de otra forma, ha cambiado el enfoque originario de la dialéctica. Ya no se trata, en efecto, de expresar un conflicto subjetivo en el que el individuo se pregunta por su lugar en el mundo enfrentándose a la realidad incómoda de los demás, sino de analizar el sentido y la estructura de ese mundo y esa realidad colectiva o de explicar la textura de las fuerzas que se contraponen en el macrocosmo social. Bajo esta óptica, la literatura tiende, sin duda, a solapar su autonomía estética y se pone al servicio de un fin ético que persigue, como ocurrió en otras épocas de actitudes comprometidas, transformar la realidad.

Es de agradecer una obra como Lo real en el contexto narrativo actual, tan escaso de actitudes y presupuestos ideológicos explícitos. Como en su novela anterior, Gopegui actúa sobre la realidad social de nuestro tiempo a cara descubierta, sin simulaciones ni eufemismos, para presentar una radiografía de la desideologización, los valores vacíos de contenido, las lacras morales y las nuevas servidumbres que enhebran los hilos del poder para tejer a su alrededor un entramado en el que el individuo se convierta en siervo.

Con estas intenciones y estas coordenadas ideológicas, la voz narradora de un personaje secundario que interviene en la trama, Irene Arce, cuenta la histoira y la ascensión social de Edmundo Gómez Risco, cuya única meta en la vida es la culminación de una venganza fraguada durante largo tiempo de espera y aprendizaje. El modelo de la historia, que Belén Gopegui no oculta y logra recrear con fortuna, es la conocida novela de Dumas. Como su homónimo Montecristo, Edmundo es un desposeído por causa de intrigas políticas contra su padre y un recluido en una existencia irrelevante. Para el desquite y la rehabilitación, sin embargo, extremará los métodos, ya que, acorde con los tiempos y la moral que corren, agotará sus energías en medrar, pero también en suplantar, engañar, sobornar, chantajear y extorsionar.

Expuesta así la trama, podría pensarse que estamos ante una novela de personaje. Sin embargo, no es así. La posible peripecia individual adquiere desde el principio una dimensión genérica y prototípica al constituirse en un fresco y un retrato social en el que la autora organiza sus materiales narrativos de tal manera que puedan ser reconocidos como representativos de la realidad que se está viviendo o testimoniando. Así pues, aplicando el realismo social más genuino, Gopegui escribe una novela «necesaria» que, ceñida a sucesos recientes del último cuarto de siglo –indudablemente hay que saber de dónde se viene para saber dónde se está–, explica el presente histórico.

De esta base real bien novelada y orquestada –Matesa, la transición, la UCD, el PSOE, la televisión privada, etc.– se vale la ficción para alcanzar una verosimilitud coherente y llegar al objetivo de la denuncia y la crítica. Lo esencial en la obra parece ser el testimonio de las contradicciones más comunes y generales del individuo cuando se integra y se difumina en el grupo y la colectividad, o cuando, consecuencia de lo anterior, actúa en nombre de consignas y símbolos gregarios que suplantan, sin pudor, a los principios sobre los que se forjaron dichas consignas y dichos símbolos. Todo es legítimo y válido si está en juego el beneficio propio, si la visión del mundo recoge el clásico homo homini lupus y la imagen de la vida es la cacería en que los hombres se devoran unos a otros sólo porque está en su naturaleza el hacerlo.

Hasta aquí nada que reprochar a Lo real. Ahora bien, el hecho de que la novelista otorgue casi exclusividad al sentido social y anteponga lo representativo y arquetípico de la historia y del personaje a todo lo demás tiene, como es lógico, sus contrapartidas y débitos. En primer lugar, y como rémora inmediata, la falta de caracterización de los personajes, incluido el protagonista. Es tan sólida su función emblemática que todos resultan demasiado planos, esquemáticos y previsibles, o lo que es igual, carecen de señas novelescas de identidad. La acción y el movimiento de la historia anulan en todo momento su modo de ser, su mundo interior, e impiden los posibles cambios en la evolución de su personalidad.

En segundo lugar, el desajuste de la voz narradora. Conocida es la dificultad que encierra el punto de vista de un personaje secundario que cuenta la historia del protagonista, pues su relato debe limitarse a la información que está a su alcance, es decir, restringida a lo que ve y a lo que le cuentan. Este es, o debería ser, el caso de Irene Arce. Sin embargo, no son fáciles de justificar muchas de las cosas que cuenta del protagonista. Más bien parece que la narradora actuara a menudo sin restricciones, como si fuera omnisciente, o contara su propia historia, aunque utilice la tercera persona, y no la de Edmundo.

En tercer y último lugar, la oportunidad de los coros. En la novela se intercalan, al modo de las tragedias griegas, unos coros de asalariados y asalariadas que, como la voz del pueblo, interpelan al personaje y comentan su peripecia. No pueden negarse su intención social y su propósito funcional. El coro en la tragedia griega no sólo se dirigía a los personajes y comentaba las acciones, sino que, además de cargar sobre sus hombros un gran peso de la tragedia, era un personaje más de la obra, que intervenía en la acción, a favor o en contra de los personajes, y contribuía a la forja de su destino marcado de antemano. Nada que ver con los coros de esta novela que, en este sentido, pueden ser originales, pero también prescindibles.

01/08/2001

 
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