ARTÍCULO

Lo que queda

Epílogo de Miguel Casado Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona
684 pp. 21,90
 

En su nota final a esta compilación de la poesía de Antonio Gamoneda, Miguel Casado se sorprende –se escandaliza casi– porque éste fuera casi un perfecto desconocido hasta que la recopilación precedente de sus versos, Edad (Poesía 1947-1986) (1987), le valió el Premio Nacional de Poesía.Tal parece el sino hoy y aquí del poeta, que practica un género que no tiene sino por excepción alcance y difusión digna de ese nombre. La historia reciente de nuestra poesía abunda en descubrimientos tardíos de obras sólidas, cuando no de calidad sobresaliente. Si en este panorama Gamoneda destaca es, precisamente, por la cualidad neta, como pulimentada hasta el cristal, de su escritura, y por el hecho de que su apartamiento fue también personal y tuvo no poco que ver con sus orígenes familiares y su posición en la sociedad española de la dictadura.
Una poesía que, después de medio siglo de escritura, cabe en medio millar de páginas es cualquier cosa menos abundante. El lector puede sacar sus cuentas. Aun descontando en la operación algún largo período de silencio, eso reduce la creación de Gamoneda a unas pocas páginas por año. Pero este volumen reducido se acompaña además de una expresión concisa hasta el laconismo, medida y contenida como pocas.
Esta edición de la poesía reunida de Gamoneda presenta, por añadidura, algunos textos que, sobre el fondo de dicha retención extrema, parecen contradictorios, pues incluye, en la sección así bautizada, lo que él llama «mudanzas», versiones de poetas o de textos sueltos (de Nazim Hikmet, de Plinio, Dioscórides o Mallarmé, de Trakl o negros espirituales), que Gamoneda ha realizado aun confesando que no conoce los idiomas originales y que son versiones de versiones.También recoge en apéndice las «versiones antiguas» de poemas ya publicados en Edad y reescritos para Esta luz. Reescritos quiere decir mayormente podados, de frases o versos reordenados, a veces escindidos en más de un poema.
La suma de estas sucesivas versiones de los textos propios y de aquellas «mudanzas» de los ajenos parece más propia de una recopilación académica póstuma, de esas enfermizamente exhaustivas a las que afecta el prurito habitual del estudioso por rebañar las sobras y recuperar los descartes. Pero, en conjunción con la trayectoria editorial de Gamoneda, que ha incurrido una y otra vez en recopilaciones, reordenaciones, reescrituras (la bibliografía concisamente anotada y explicada en la página 663 lo deja claro), dibuja más bien la preocupación sostenida del poeta por los mecanismos de la escritura poética. Gamoneda parece siempre en procura de la luz, de esta luz que ahora reúne, por tanteo, por aproximación, por relecturas que comportan, una vez y de nuevo, otra visión, otra versión, otra escritura.Acompaña a cada libro, por ello, una doble fecha entre paréntesis, la de la escritura anterior y la de 2003 o 2004, que es la de esta revisión.
Diríase que esta seña de procedimiento, que las sucesivas compilaciones de sus versos han venido desvelando, deriva del modo que tiene Gamoneda de vivir y trabajar la materia poética. La modula habitualmente la repetición obsesiva, la tenacidad con que retorna a algunos núcleos significativos que, a fuerza de insistir, van adquiriendo consistencia de motivos, espesor de realidades ciertas. Son «lo que queda», según reiteran sus versos. Gamoneda los construye a veces como evocaciones, como recuerdos, pero no parecen remitir a un hecho cierto, sino a los sentimientos que lo invisten. En uno de los textos de Lápidas se lee: «Signos exactos e incomprensibles. Están en mí con el valor de una llaga; algunas cifras arden en mis ojos» (p. 253). El poeta confirma en este y en otros pasajes que no hay entendimiento posible de su poesía sino a través de la llaga que le otorga su valor, a través de las heridas que aún arden y de las lágrimas que aún brotan.
La poesía de Gamoneda frecuenta la desolación. El frío, la muerte, la pérdida retornan a sus títulos como un aviso para lectores desprevenidos: esto no es un juego verbal, aquí hay un ser que se enfrenta a sus dolores fundamentales y los labra para conseguir alguna belleza.Y ni siquiera ésta otorga la certidumbre de que algo valió la pena. «Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida», escribe, por ejemplo, en Libro del frío.Y añade para concluir la breve pieza: «Ah la pureza de los cuchillos abandonados» (p. 346), como si añorara las certidumbres, la nitidez, aunque sea brutal, aniquiladora.
Incluso en la larga tirada de Descripción de la mentira, la poesía de Gamoneda parece constreñirse a una expresión radicalmente concisa, reducida a taciturnidad, que contribuye no poco a la contundencia con que impone al lector, si no la impresión de que comporta un sentido, que se le evade o que cuestiona una y otra vez, sí la de que implica un esfuerzo creador –de reflexión, de cincelado de la palabra– de índole particularmente intensa. La concisión de Gamoneda no suena sentenciosa, sino incierta. Logra modelar por ello composiciones cuya belleza, precisamente por contraste con la modestia de la materia verbal que la despliega, tiene el efecto demoledor de una revelación en la catástrofe. Pocos poetas consiguen resonancias de tal intensidad.
El último libro escrito por Gamoneda, Cecilia, propone visiones más serenas, que parecen apaciguar anteriores negruras. El poeta se atiene a la misma economía verbal, pero ésta le rinde ahora algunas ternuras, las que descubre en el trato con la nieta de ese nombre: «Con tus manos conducidas por una música que vagamente recuerdas, / dices adiós en el umbral.Ah insensata dulzura, / dices adiós en el umbral y de tus manos se desprende / un instante sin límites» (p. 490). En el paisaje verbal tan inhóspito por lo general de la poesía de Gamoneda, figura pues, a la postre, alguna dulzura, aunque sea insensata. Lo que queda es, en definitiva, una palabra que a tientas descubre, de cuando en cuando, una luz incierta pero acaso duradera.

01/08/2005

 
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