ARTÍCULO

La herencia espiritual de Francia

 

Sorprende y representa un motivo de satisfacción al mismo tiempo la excelente edición llevada a cabo por Edhasa de esta obra monumental de Winock. Sorpresa porque, tal vez, habría que haber comenzado por otro título de su nutrida bibliografía, apenas menos voluminoso: Le siècle des intellectuels, está dedicado al análisis de los grandes nombres de la cultura política francesa del siglo XX, cuando las voces dominantes no fueron las de la libertad sino las de la justificación y racionalización de la tiranía. Estas Voces decimonónicas, tanto por su concepción y realización como por sus conclusiones, son consecuencia directa de la obra anterior. Sería deseable, por tanto, que la editorial se decidiera a verterla también al español, desplegando el mismo cuidado y buena traducción. Pero, en todo caso, satisfacción,porque Michel Winock es uno de los historiadores más destacados del grupo de la Nueva Historia Política francesa, un grupo formado hace ya más de dos décadas en torno a René Rémond y esa respetada institución docente e investigadora conocida familiarmente como «Sciences Po». Esta ya veterana Nueva Historia Política, tan adecuadamente representada por Winock Al de Winock pueden añadirse, entre otros, los nombres de Pierre Milza, Serge Bernstein, Jean-Pierre Azéma, Jean-Jacques Becker y, más recientemente, Nicolas Roussellier, a los que se suman, en el campo de la historia intelectual, los de Pierre Rosanvallon y Lucien Jaume. Destaca también la contribución a la Nueva Historia Política del núcleo italiano encabezado por Paolo Pombeni, de la Universidad de Bolonia, entre cuyos integrantes destaca Gaetano Quagliariello, especialista en la Francia contemporánea., ha desintegrado completamente, por cierto, la losa de descrédito intelectual y académico bajo la cual intentó sepultar la escuela de los Annales, la historia política y la historia de las ideas. Una explicación evidente para este resultado es que los annalistas nunca practicaron la historia contemporánea, cuya comprensión es imposible sin apelar a la política y a las ideologías. La historia de las ideas políticas, por su parte, ampliada y refinada en lo que es hoy la historia intelectual, poco podía esperar de la aproximación silenciosa al materialismo marxista que los Annales representaban con toda una serie de matices, a veces importantes. Sin embargo, ambos tipos de historia distaban mucho de estar agotados.Y ahí está la historiografía de las grandes transformaciones políticas de la edad contemporánea, desde la Revolución Francesa a los regímenes totalitarios, la de los partidos políticos, de las elecciones, de las instituciones representativas, de las ideologías, y el casi siempre boyante género biográfico, para demostrar que la historia política y la historia intelectual gozan, a lo largo de una actualidad que dura ya veinte años, de un extraordinario vigor e interés. Los diferentes trabajos de Winock constituyen una buena muestra de esa plenitud, pues abarcan ambas especialidades. Entre los correspondientes a la historia política, figura entre los mejores: Lafièvre hexagonale. Les grandes crises politiques (Calmann-Lévy, 1986). De los dedicados a la historia intelectual, junto con estas Voces, destacan el citado Le siècle des intellectuels, precedidos ambos por su tesis doctoral, que versó sobre la revista católica Esprit «Esprit». Des intellectuels dans la cité 1930-1950, París, Seuil, 1975.. A estos títulos habría que añadir Nationalisme, antisémitisme et fascisme en France (París, Seuil, 1982), un libro a caballo de la historia política, intelectual y el debate historiográfico, suscitado por los planteamientos que en este asunto venía desarrollando el historiador israelí Zeev Sternhell La versión más elaborada de los planteamientos de este autor sobre la derecha antiliberal y antisemita francesa se encuentra en El nacimiento de la ideología fascista, Madrid, Siglo XXI, 1994.. La obra de Winock es fruto de largos años de docencia, dedicada a proporcionar las claves de la historia política e intelectual de la Francia y la Europa contemporáneas a futuros integrantes de la élite administrativa del país. Por tanto, se caracteriza principalmente por el método, el orden expositivo y la claridad, en la línea de la buena tradición francesa.Winock prefiere la amenidad, y muestra asimismo una clara tendencia a eliminar razonada y discretamente aquellos tópicos conducentes a interpretar la historia de la Francia contemporánea como una batalla épica entre la reacción y el progreso. Prefiere, mejor, centrar su atención en las reiteradas debilidades constitucionales detectables en la construcción del Estado francés, así como en los errores de planteamiento de la cultura y de la vida política para el desarrollo de la libertad y la democracia en Francia. Las voces de la libertad (como Le siècledes intellectuels) representan en la trayectoria de Winock un claro esfuerzo por aproximarse al gran público, sin perder por ello solvencia académica ni vocación pedagógica. Lo que el autor nos ofrece es una gran miscelánea, un vasto puzzle, compuesto por aquellos escritores y pensadores que, en algún momento de su vida, «se metieron en política» para defender la libertad, bien contra los rencores del Antiguo Régimen, bien para enfrentarse a lo que el autor denomina la «autoridad utopista» del socialismo, cuya génesis describe en el caso de los utópicos (Fourier, Saint-Simon), sus discípulos y los comunards de 1871. El esfuerzo de Winock por aunar en Las voces el interés de un público amplio con el rigor académico no es fácil de llevar a buen puerto. El autor se lanza a construir un gran fresco intelectual que incluye no menos de treinta y seis grandes autores. Sus nombres van de Chateaubriand a Zola, pasando por Constant, Guizot,Tocqueville, Stendhal, Comte, Balzac, Lamartine, Michelet, Quinet, Proudhon y Flaubert, entre otros. La información sobre ellos y sus circunstancias políticas se despliega a lo largo de seiscientas ochenta páginas en la edición francesa, que la mayor generosidad de la versión española convierte en más de novecientas. El riesgo de que el lector deserte al llegar, pongamos por caso, a las doscientas o se limite a ojear aquel autor o autores de su interés resulta, por tanto, muy grande.Y, sin embargo, la lectura engancha y un capítulo lleva al siguiente, en lo que constituye un ejercicio de sagacidad narrativa, por medio de tres ingredientes bien dosificados en el tratamiento de cada autor abordado: sus ideas políticas, presentadas en relación con su trayectoria vital, sin ánimo de exhaustividad, pero dentro de un «ambiente» o «clima» de conjunto, que viene dado por la evolución política de la Francia del siglo XIX. El lector se sorprende así, gratamente, al hallar junto a la «ley de los tres estadios» de Comte (que tendría notoria influencia política), datos sobre su vida amorosa, que en su caso, como en el de Renan, por ejemplo, nunca se hubiera supuesto tan apasionada. De este modo,Winock pone de manifiesto la importancia que factores de la vida personal del autor en cuestión tuvieron sobre sus ideas, especialmente en la forma de dedicarse a ellas y de plasmarlas en una obra relevante. Muestra igualmente situaciones o reacciones personales que dicen mucho sobre el carácter de un personaje político relevante; es el caso de la nota necrológica que sobre Benjamin Constant escribió Guizot en su diario, o las patéticas e ilusas andanzas de aquél, uno de los grandes autores liberales, durante los cien días en que Napoleón volvió a Francia desde la isla de Elba, o cómo la lucidez sobre los graves errores de la política exterior de su país llevó al suicidio al periodista y académico Prévost-Paradol tras intuir certeramente las consecuencias que tendría para Francia la guerra con Prusia de 1870. El modo, en fin, en que describe Victor Hugo el fiasco de Proudhon, cuando éste expuso ante la Asamblea constituyente de 1848 su proyecto de «Banco del pueblo», es otro de esos muchos momentos curiosos e iluminadores que hacen atractivo el libro. Pero este magno recorrido narrativo por una galería desbordante de grandes figuras tiene, lógicamente, un precio, y éste consiste en que el posible criterio interpretativo, con ayuda del cual extraer del libro una serie de conclusiones, tiene que reducirse a un tenue hilván. De hecho, es el propio título el que contiene la interpretación del panorama intelectual francés del siglo XIX, la afirmación del autor de que Las voces de la gran mayoría de sus escritores y pensadores fueron voces de libertad. ¿Por qué? Pues por contraste con el balance que arroja la mayoría de las voces de sus sucesores en el siglo XX. Por eso señalo que estasVoces son resultado de la frustración acumulada en Le siècle des intellectuels por Winock, ante la actitud de muchos de los intelectuales franceses del siglo pasado. Éstos sacrificaron, en toda una serie de casos, su independencia intelectual y su integridad moral a un credo dogmático, políticamente organizado. La mayoría de los grandes nombres del XIX preservaron, por el contrario, su independencia intelectual y moral, porque no se sometieron a una militancia política incondicional (la organización de los partidos no era comparable), sino que se limitaron a defender causas concretas con la autoridad que les daba su propia valía intelectual y literaria. El referente político para los escritores y pensadores del XIX fue, así, el de una libertad genérica, consecuencia necesaria, no obstante, de su reivindicación y defensa de la libertad de creación, de expresión y, en concreto, de prensa e imprenta, cuyas limitaciones por el régimen político de turno les empujó a menudo a «meterse en política». Junto con este hilo conductor –muy genérico, insisto– pueden detectarse otros tres criterios interpretativos y de selección de los autores que resultan más concretos: uno es el de la relación intelectual y política entre el catolicismo y el liberalismo. Pero aquí las novedades que ofrece Winock son pocas. Nos encontramos con el inamovible y bien conocido rechazo de la Santa Sede a toda propuesta de conciliación entre libertad y fe y sus consecuencias políticas. Más radical todavía fue ese rechazo del papado a la posibilidad de una república democrática y social inspirada en la libertad religiosa y la vocación de defensor de los débiles propia del catolicismo, según la ingenua propuesta del sacerdote, originalmente integrista, Lamennais, que terminó colgando los hábitos tras descubrir en un viaje a Roma, poco antes de la revolución de 1848, que el único que creía en un ultramontanismo de izquierdas era él. Del lado ultramontano reaccionario, el periodista Louis Veuillot presenta el filón especialmente desagradable del antisemitismo católico en las décadas centrales del siglo, y sólo resulta novedoso el caso del escritor Jules Barbey d'Aurevilly, quien en los años sesenta y ochenta aplicó las pautas del catolicismo intransigente al campo de la literatura. La acción y significado del anticlericalismo de izquierdas, por otra parte, se limita a alguna pincelada a la altura de su ferocidad. Un segundo criterio interpretativo de mayor relevancia viene dado por el puntual seguimiento que lleva a cabo Winock de la evolución en el tratamiento historiográfico de la Revolución de 1789. El momento fundacional de la Francia moderna se convirtió, por su total fracaso, en una fuente de crisis de régimen recurrentes, que convirtieron la organización política de la libertad en una reiterada incógnita. Las obras historiográficas de envergadura sobre el significado de la revolución del 89 se sucedieron a partir del cambio de los Borbones por los Orleans en 1830. Destacaron entre ellas las historias de Michelet (1845) y Los Girondinos, de Lamartine (1847), que fue un gran éxito de público. Lamartine, poeta y escritor, se vio convertido poco después en presidente del gobierno provisional de la Segunda República. La importancia de su obra,antes literaria que histórica,vino dada por su papel relevante a la hora de disociar la idea republicana de la dictadura terrorista, y vincularla con los principios más gratificantes de la democracia para todos,el pacifismo, la justicia social y el internacionalismo. La crítica del terror jacobino por parte de estos autores, y especialmente la realizada por Edgar Quinet con La Revolución, en 1865, su negativa a aceptar que fuera un bloque indisociable e irrenunciable, guillotina incluida, se convirtió en un factor determinante para el debate intelectual y político del republicanismo francés. Esta actitud crítica (junto con la filosofía evolucionista de Comte) facilitó la asimilación en las filas republicanas, ya bajo el régimen de Napoleón III, de las causas del fracaso de la Segunda República, y convirtió la conciliación entre liberalismo y democracia en el fundamento del lento y complejo proceso constituyente que tras el derrumbamiento del Segundo Imperio en Sedán y el posterior aplastamiento de la Comuna de París por la Asamblea Nacional terminó haciendo de laTercera República el primero de los regímenes políticos habidos en Francia desde 1814 capaz de cerrar el ciclo revolucionario abierto con el asalto a la Bastilla y consolidar las libertades políticas y las instituciones representativas. Sin embargo, ninguno de estos dos criterios interpretativos y de selección de autores vertebra de un modo determinante la obra de Winock.Tampoco lo hace un tercer criterio selectivo e interpretativo: el recordatorio del autor, al principio de la obra, de aquella observación de Burke en el siglo XVIII, retomada en los dos siglos siguientes por Tocqueville y por Raymond Aron, respectivamente. Una observación referida a la clara diferencia observable entre el mundo intelectual francés y anglosajón: en el primero, la separación entre pensadores y políticos suele ser total, con la consecuencia de que los intelectuales tienden a perseguir «castillos en el aire» y a ser ignorados por los políticos. En el caso anglosajón, se da una mayor familiaridad de los intelectuales con las tareas prácticas de gobierno y eso proporciona a la teoría una mayor relevancia práctica. La excepción en el caso francés la representan aquellos pensadores que trataron de abrirse paso en el mundo de la política durante la Restauración, entre 1814 y 1830, de Chateaubriand a Guizot pasando por Constant. Ellos reflexionaron y actuaron con el fin de amoldar la herencia revolucionaria a los principios del liberalismo bajo la monarquía de los Borbones. Más tarde se sucedieron, desde la monarquía de Luis Felipe, a la Segunda República y el Imperio de Napoleón III, de Tocqueville a Jules Ferry, pasando por Michelet y Quinet, quienes vieron en la república conservadora, desde diferentes ángulos, la posibilidad de construir un sistema político estable, que reconciliara libertad y democracia, pensadas fuera de la tradición revolucionaria. Winock realiza aquí, sin embargo, un giro y prefiere dejar también en un segundo plano esta línea interpretativa de estrecha relación entre pensamiento y acción El desarrollo de los fundamentos políticos e intelectuales de la posterior democracia republicana bajo el Segundo Imperio ha sido objeto de muchos y brillantes estudios en los últimos años. Un buen resumen de las investigaciones más recientes en Sudhir Hazareesingh, Intellectual Founders of the Republic, Oxford University Press, 2001.. Opta por coronar el avance hacia el triunfo político de la libertad democrática con la Tercera República, evocando el entierro apoteósico de Victor Hugo en el Panteón de Hombres Ilustres de París. Hugo fue un Lamartine de éxito. Si a este último lo devoró la insurrección obrera de junio de 1848, que no pudo impedir ni derrotar, el padre del romanticismo francés se transformó entonces de joven poeta monárquico y católico que había sido, protegido y premiado reiteradamente por Carlos X, en lo que Paul Bénichou llama el poètepenseur Paul Bénichou, Le sacre de l'écrivain 17301830, París, Gallimard, 1996, p. 470.: el vate, la encarnación viviente de los valores del republicanismo romántico, sentimental y populista, erigido en frustrado canon republicano de la revolución de 1848. Hugo, especialista en una obra literaria cuajada de arquetipos, perfeccionó y mantuvo insobornablemente este canon el resto de su vida hasta convertirse en héroe nacional. Afortunadamente,Winock también nos permite conocer el juicio privado que Baudelaire y Flaubert, dos escépticos radicales sobre el valor de la política, emitieron sobre la obra literaria de este poète-penseur. Pero es evidente que, para Winock, resulta más determinante, en fin de cuentas, la labor de aquellos escritores que consiguen transformar la sensibilidad del público respecto a nuevos valores y actitudes, incluidos los políticos, y convertirlos en actitudes vitales, que la de aquellos historiadores y pensadores capaces de combinar su reflexión con la acción política y de gobierno. No estamos, en todo caso, ante un crescendo ininterrumpido que atraviesa todo el siglo XIX y acaba en el triunfo de la libertad.Winock señala siempre las tendencias contrarrestantes: el ultramontanismo católico, por supuesto, pero también las voces defensoras de los diferentes proyectos de socialismo que, «para cambiar la vida, dar esperanza a los débiles, emancipar a los oprimidos, quieren constreñir, organizar, reprimir» (p. 11). Por otra parte, apenas consolidada la república liberal y democrática, surgieron nuevas voces discrepantes frente a ella: las de quienes la inculparon de la decadencia irreversible de Francia Se trata de nuevos escritores, alguno como Bourget, discípulo de Zola, y Huysmans; periodistas defensores de la Comuna, como Rochefort, y Juliette Adam y su Nouvelle Revue, decepcionada con la evolución de su antes admirado Gambetta, uno de los principales arquitectos de la república desde la izquierda.. Confluyeron en esta diatriba argumentos de izquierda y de derecha: desde la denuncia de la explotación obrera al desprecio hacia la burguesía y los capitalistas, desde un nuevo culto a una aristocracia tópicamente decadente. El modo de vida norteamericano pasó a encarnar la zafiedad suprema.Así, el nacionalismo popular y republicano de Michelet cedió el paso al chovinismo antisemita que clamaba, además, por la recuperación de Alsacia y Lorena.Ya Renan y Taine, los dos pensadores estrella de la crisis de 1870-1871, habían propugnado la introducción de un régimen aristocrático y autoritario, que inculcara a los franceses los valores de la Alemania triunfante. Uno y otro también,Taine sobre todo, recurrieron al positivismo comtiano para descalificar la tradición católica y el clasicismo latino, para ellos los dos grandes males del espíritu francés, simbolizados para Taine en la estricta y refinada geometría de los jardines de Versalles. En definitiva, el lector disfrutará con el conocimiento de este gran fresco de la cultura y el pensamiento político franceses del siglo XIX. Descubrirá muchas cosas, comprobará otras y discrepará de algunas.Y es posible que, al final de la lectura, encuentre que, si bien las voces de la libertad francesa en el siglo XIX fueron muchas y alguna excepcional, resultaría ingenuo perder de vista la fuerza de pasiones rivales, según la conclusión de Chateaubriand (ratificada después por Tocqueville), cuando señaló que la pasión dominante de la mayoría de los franceses no ha sido el disfrute de la libertad bajo ley, sino la de la igualdad, si fuera necesario, ¡ay!, bajo la dictadura. Una conclusión todavía más válida para no pocos pueblos de la Europa continental.

01/10/2005

 
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