ARTÍCULO

Las ruinas de un sueño

Seix Barral, Barcelona
288 pp. 17,50 €
 

La Historia está repleta de sueños rotos. La planificación del territorio y las urbanizaciones civilizadoras cuentan con una lista interminable de proyectos nonatos o que quedaron varados en su expresión más timorata. Cartografías de ideales que hubieron de malvenderse. De lo que pudo haber sido y no fue, del aterrizaje forzoso de los sueños sobre los terrenos cenagosos de las ambiciones y rencores humanos trata La ciudad invisible, premio Sant Jordi de 2005. Editor y escritor, Emili Rosales se reveló en 1997 con Mentre Barcelona dorm (Mientras Barcelona duerme), novela barcelonesa postolímpica. Nacido en Sant Carles de la Ràpita, uno de sus méritos editoriales fue la recuperación de la obra de Sebastián Juan Arbó.
Como tantas otras historias, La ciudadinvisible arranca de un manuscrito que llega a manos del personaje protagonista, el galerista Emili Rosell, de parte de un remitente desconocido. Escrito en italiano y firmado por Andrea Roselli, un arquitecto del siglo XVIII , aquel documento de letra ondulada contiene el Memorial de la Ciudad Invisible, la urbe que el rey Carlos III quiso construir en el delta del Ebro.
En la mente del protagonista se desencadenan los recuerdos. No hace falta ser muy perspicaz para detectar la afinidad onomástica entre los tres actores de la trama: Emili Rosales, Emili Rosell –trasunto literario que corretea con sus amigos entre las rocas que jalonan el recuerdo de la Ciudad Invisible en Sant Carles de la Ràpita– y Andrea Roselli, el arquitecto que se traslada hasta San Petersburgo, la ciudad que Pedro el Grande quiso convertir en el emporio cultural y comercial de Europa y que había de ser el patrón para el proyecto civilizador de Carlos III. En las vidas de Rosell y de Roselli se entrecruzan varias mujeres que marcarán sus destinos y el desenlace de la obra. Rosales sobrevuela tres planos narrativos: el presente de desafueros urbanísticos, trasvases de demagogia política y narcotráfico que comparte con quienes fueron sus compañeros de juegos entre las ruinas de la Ciudad Invisible; las experiencias de Roselli en la cortes europeas del XVIII y sus amores con Cecilia, la hija del arquitecto e ingeniero Francesco Sabatini; entre ambas épocas, la búsqueda de un cuadro de Giambattista Tiepolo, el último gran maestro de la pintura italiana.
Un poco de geografía nos ilustrará sobre el fracaso de los proyectos ilustrados. Mediado el siglo XVIII , un Carlos III recién llegado de Nápoles planea con Floridablanca y Sabatini un ambicioso programa de obras públicas, entre las que destaca San Carlos, en la bahía de los Alfaques; en palabras del catalán Antoni de Capmany, «una bahía para Carlos, una ciudad para las artes, un puerto para el comercio, un canal marítimo para el Ebro navegable». El nuevo enclave formaría parte del municipio de Tortosa, la segunda población de Cataluña en aquella época. Dos siglos después, el galerista Rosell traduce el Memorial del arquitecto Roselli y retorna a los paisajes de la infancia. En los restos de la Ciudad Invisible traza la cartografía del urbanismo nonato: «El edificio de aduanas del canal y los silos medio asolados, la iglesia neoclásica inacabada y la plaza porticada que proclama aún la grandeza de la ciudad que no fue, la cantera saqueada y los inequívocos ejes urbanísticos». La descripción cobraría para un intérprete solemne aires de alegoría sobre la derrota del reformismo en España; la frustración ilustrada: memoria arrasada por décadas ominosas del absolutismo fernandino, el «ruedo ibérico» isabelino, el ruido de los espadones y el trabuco del carlista ultramontano.
Pero hay más en la novela de Rosales. Si la revelación del pasado de Sant Carles de la Ràpita constituía un activo para una buena novela histórica, la pesquisa marca el ritmo del relato. Desde las primeras líneas, el lector percibe el atractivo de la investigación en marcha: la pesquisa como origen y final.
La alternancia de planos suscita la promiscuidad entre los personajes: más allá de la similitud onomástica, una confluencia de destinos. A la excitación de Rosell leyendo el Memorial de Roselli se añade la complicada andadura del cuadro de Tiepolo. Fallecido repentinamente en 1770, el pintor italiano se irá de este mundo sin haber visto colgados los lienzos que pintó para las capillas del palacio de Aranjuez. Historias entrelazadas y que presentan la frustración como denominador común. La ciudad ilustrada que no fue, el arquitecto que no consiguió ver realizado su proyecto y el artista que se va de este mundo, mientras su obra se desperdiga, desplazada por la de Mengs, su principal rival, que por aquel entonces dominaba la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Entre el presente y el pasado, Rosales acumula, parafraseando a Eliot, un montón de cristales rotos y los pone al sol del delta del Ebro. Si la frustración ha marcado el crecimiento personal del protagonista y el de los amigos que le acompañaban en sus correrías de infancia por las ruinas de la ciudad que no fue, la arbitrariedad cuarteará el sueño de Carlos III.Andrea Roselli y Tiepolo serán las víctimas propiciatorias de Sabatini. Si Tiepolo pintó la ciudad ideal de su amigo Roselli en una de sus telas, Sabatini sustituirá aquel magno proyecto por «un mero poblado que acogiese los servicios portuarios indispensables». La Ciudad del Rey, la urbe del Ebro que pudo tener la misma luz vibrante que el golfo de Nápoles, condenada por los siglos de los siglos a ser la Ciudad Invisible de la que apenas queda memoria popular, como tampoco quedó de la Ilustración.
La Historia, escribe Rosales, «es el pestañeo de un faro, el instante en que pasado y futuro no valen nada, o lo valen todo». De Sant Carles de la Ràpita a la Perspectiva Nevsky de San Petersburgo; del Madrid que se amotina contra Esquilache a la refinada Venecia de Giambattista Tiepolo, el autor indaga en las ilusiones perdidas. Al final, las peripecias de los personajes se funden en una experiencia universalizable que, a la postre, es lo que justifica una novela. Aunque a veces peque de cierto esquematismo narrativo que puede enfriar la credibilidad de lo que cuenta, Emili Rosales consigue mantener al lector prendido de las indagaciones del protagonista. Identificado con los paisajes de su ciudad natal, su novela es una apuesta biográfica; esa identificación onomástica con los personajes justifica el aserto: en Literatura, el tiempo recobrado, aunque fugaz como el pestañeo de un faro, lo vale todo.

01/03/2006

 
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