ARTÍCULO

Diario de perdición

Trad. de Josep M. de Sagarra Destino, Barcelona
512 págs. 19,25
 

Gran esfuerzo debió de costarle al novelista, pintor y dramaturgo polaco Stanislaw Witkiewicz (Varsovia, 1885-1939) poner en pie nada menos que en 1911 esta especie de Dorian Gray futurista, en el que se combinan las morbideces decadentistas con el impulso veloz del culto a la máquina, en un cruce descabellado entre Oscar Wilde y Marinetti. Marcha fúnebre compuesta desde una esquina de Europa, con toda su guardarropía crepuscular de títulos nobiliarios, perversiones aristocráticas y fetichismo satánico, al tiempo que sincopado baile orquestal de música moderna, este conglomerado de influencias masticado por Witkiewicz responde a las pautas de las vanguardias históricas, cuando la palabra vanguardia parecía ser la varita mágica frente a la cual se abrirían todas las puertas, caerían derribados todos los muros, se rendirían todos los ejércitos, cederían el paso todas las antiguallas decimonónicas ante la avalancha de vitalidad de esta marcha triunfal para la cual sólo se precisaban estos dos requisitos: ser joven e insolente.

Artistas superdotados como Bruno Schulz, como Witold Gombrowicz, como Stanisl-aw Witkiewicz, vinieron al mundo para someter al mundo a un baño de modernidad y locura, de prestidigitación y caos, aportando a las artes lo irracional, el sentido del absurdo, el humor distorsionado, Freud y los sueños, lo monstruoso, en un ejercicio de amoralidad escandalosa que parecía no tener fin, puesto que, como dejó escrito Gombrowicz en su novela de 1937 Ferdydurke (felizmente rescatada por la editorial Seix Barral), «la normalidad es un equilibrista sobre el abismo de la anormalidad».

Pero no. Luego resultó que no; que había otros tipos, más jóvenes e insolentes aún, más escandalosos si cabe, que llegaban a lo lejos marcando el paso con una disciplina inhumana de culto al Führer, camisas pardas, saludos con el brazo en alto y estandartes en forma de cruz gamada. Una vez más, la historia se llenó de hogueras y esvásticas y el mundo tuvo ocasión de comprobar qué bien ardían los libros. El gran fuego de la historia que culminó con dos guerras mundiales se alimentó, en gran parte, con las obras de vanguardia, cuando ser vanguardista significaba, ante todo, el sentimiento de incomodidad ante lo establecido, las ganas de revolucionar las formas y el hambre de cambiar el mundo. En esos tiempos las palabras «artista maldito» aún significaban algo. Por suerte o por desgracia, hoy todo aquello pasó, es letra muerta en su mayoría, de aquello no queda nada o, como mucho, el asombro melancólico de constatar que hoy en día ningún artista joven quiere ni oír hablar de cambiar el mundo, todo lo más mendigar su pequeña cuota de inmortalidad y mercado en formato televisivo, entre dos cortes publicitarios.

Qué poco duró el viaje. La invasión de los nazis truncó la vida de todos ellos. A Schulz se lo tragó la Gestapo. A Witkiewicz se lo tragó la guerra y prefirió suicidarse. A Gombrowicz se lo tragó un banco argentino. El viaje duró poco, nada, aunque sí lo suficiente para dejar la huella de un puñado de testimonios artísticos admirables que, por encima de su impaciencia y sus imperfecciones técnicas, más allá de su ingenuidad enternecedora y su precariedad, encarnan tercamente, contra todos los obstáculos que una sociedad adocenada les imponía, la voluntad de decir. Esos escasos testimonios producidos por una minoría extravagante hoy nos hablan de un breve espejismo luminoso en que hubo tiempo, por poco, para dejar siquiera esbozados los primeros signos de un alfabeto rebelde y contestatario. El eco de aquella rebeldía y contestación aún es posible escucharlo, muy débil, en algunas de las páginas chamuscadas de la gran quema de Occidente. Debajo de los rescoldos, aún humean las cenizas. Todavía crujen las páginas.

Se puede, como lo estoy haciendo yo ahora, leer esta novela de Witkiewicz a contraluz de la historia, con el fin de extraer todas sus sangrientas consecuencias, o bien se puede disfrutar de ella sin más como un diario de la perdición de un joven pintor llamado Bungo en su descenso al abismo, un tobogán existencial con destino hacia la nada narrado en varias etapas saturadas de lujuria, perversión, cinismo y un ambiente refinado y decadente –podrido– en el que pululan aristócratas ociosos y pseudoartistas, prostitutas de lujo y hasta un mago misterioso. O se puede, incluso, por qué no, leerla como una novela de anticipación futurista, una ciencia-ficción de los sentidos. De ahí su falta de respeto a las formas de representación tradicionales, su mal gusto, su burla del clasicismo, con la irrupción permanente –y más bien intempestiva-de relatos que interrumpen la acción, así como de esos largos y enfebrecidos diálogos que mantienen los personajes, siempre al borde del colapso emocional, acerca de la naturaleza del arte. Todo vale, todo es lícito con tal de levantar acta de un proceso de neurosis, tanto individual como colectiva, que afecta a cuantos pasan por la novela. Impregnada de nerviosismo, ésta parece estar escrita bajo los efectos de una intoxicación de cafeína, si no de otras sustancias más fuertes. Imperfecta y paranoide, buena parte de su encanto radica en ese canto fúnebre del exceso, en la exacerbación folletinesca de unos materiales extraños, fruto de la neurastenia, en el exhibicionismo un tanto caprichoso y cruel con que el autor hace ostentación de sus propios medios expresivos.

A través de unos trazos gruesos, Witkiewicz cuenta la historia del creador que cae en las garras de una conspiración femenina y es destrozado sin piedad por las malas artes de una fémina fatal que responde al nombre de Akne Montecalfi. Ella aúna a todos los tópicos masculinos que rodean el arquetipo de vampiresa, tan explotada en el cine, con su carga de frivolidad erótica y su insensibilidad moral. Pero no hay víctimas ni verdugos, o los papeles se intercambian de uno a otro con facilidad extrema. En este carnaval de disfraces de amor y odio, sumisión y culpa, Bungo y Akne representan los papeles principales de un teatro de marionetas, arrastrados por los hilos del novelista en la sombra, que no vacila en empujar a sus criaturas desde el lecho hasta el borde del precipicio. Comparado con lo que se venía encima, esto era casi un juego de niños. Faltaba poco para que una generación completa de Bungos fuese sacrificada en las trincheras. Como tantas otras crónicas de la degradación, la novela al final opta por apuntar un sentido de moralidad –que no moralina– que la ennoblece. Novela curiosa en verdad, tan joven y tan vieja, documento fascinante y perecedero de un tiempo convulso de la historia europea en que las máscaras de enfant terrible fueron suplantadas por otras más terribles aún: las máscaras antigás.

01/10/2002

 
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