ARTÍCULO

La última década de la lectura infantil y juvenil a examen

Fundación Germán Sánchez Ruipérez, Madrid, 1997
Trad. de Mauro Armiño
240 págs.
 

La lectura ha sido una preocupación social constante en los dos últimos siglos. «Leer» ha configurado la representación del progreso y el saber con distintos énfasis según la época histórica. En el XIX la preocupación por la lectura se centró en la extensión de la alfabetización. La lucha por la escolarización obligatoria, la fundación de ateneos populares donde se enseñaba a leer o el esfuerzo bibliotecario por llevar los libros hasta los lugares más apartados respondía a la confianza en la relación entre acceso a la lectura y democratización social. Saber leer empezaba a resultar una necesidad del desarrollo industrial y marcaba ya la frontera de la marginación cultural. En las últimas décadas el debate sobre la lectura ha surgido del desencanto de las esperanzas depositadas en la escuela y de la redefinición de su función social a partir del desarrollo de los medios audiovisuales.

La formación de las nuevas generaciones de lectores supone el núcleo central de estas preocupaciones. Qué duda cabe que los libros infantiles han ido cambiando desde las primeras obras embebidas de didactismo hasta los incitadores escaparates actuales, pletóricos de colores y propuestas placenteras. Pero también ha cambiado el mensaje subyacente a la oferta de lectura. La reverencia hacia el libro como un objeto casi sagrado ha sido sustituida lentamente por la afirmación de su poder de atracción. La evolución de las formas de lectura infantil muestra que los niños y niñas de las clases populares empezaron a ser tratados realmente como tales a lo largo del siglo XIX y que conquistaron el derecho a usar la lectura reservado hasta entonces a la infancia burguesa que poseía libros infantiles en su hogar. Las bibliotecas públicas infantiles, aparecidas en el área anglosajona, iniciaron su expansión europea en las primeras décadas del siglo y supusieron un fenómeno de primera magnitud en la evolución de los libros y la lectura infantil.

De estos tres fenómenos entrelazados trata la obra Lecturas, libros y bibliotecas para niños dirigida por Claude-Anne Parmegiani con la aportación de reconocidos especialistas en estas áreas. La obra supone una completa revisión de la aparecida diez años antes en España con el título Libros y bibliotecas para niños. De los diecinueve ensayos breves que componen la obra, sólo tres aparecían ya en el panorama anterior. Se trata de aquellos que establecían la evolución histórica de la literatura infantil y de las bibliotecas para niños. El resto constituye una acertada selección de temas que caracterizan la situación en los últimos años. En la primera parte, Literatura juvenil: libros e impresos, se aborda la edición desde el punto de vista del mercado y se sintetizan sus características principales respecto a la imagen, los géneros literarios, los libros informativos o la prensa. En la segunda parte, Bibliotecas y lugares de lectura, se pasa revista a los cambios más recientes en las bibliotecas públicas infantiles y destaca el espacio concedido a la lectura en las escuelas.

La línea de fuerza que subyace al planteamiento común de los autores remite implícitamente a la dicotomía establecida por Chartier y Hebrard (1994)Chartier A. M. y Hebrard J. (1994): Discours sur la lecture (1880-1980), París: BPI-Centre Georges Pompidou (trad. cast: Discursos sobre la lectura (1880-1980), Barcelona, Gedisa). sobre el pulso sostenido a lo largo del siglo por dos concepciones de la lectura: Una lectura tradicional emanada del control de la iglesia o del Estado a través de la institución escolar, basada en el aprendizaje, guiada por el profesor y diferida en la obtención de sus objetivos, y una lectura moderna defendida por los sectores bibliotecarios, hecha a medida de la libertad de los ciudadanos, funcional, autónoma y de gratificación inmediata. El discurso moderno, cada vez más identificado con una sociedad de consumo y altamente alfabetizada, penetró finalmente en la escuela a finales de la década de los sesenta. La consigna educativa de «desescolarizar la lectura» o la reivindicación del «placer de leer» surgieron con fuerza en esa época y propiciaron la formación de bibliotecas escolares que intentaban reproducir el acceso social a las fuentes de consulta o la lectura de ficción como hábito personal.

Pero al mismo tiempo que se producían estos cambios, los medios de comunicación audiovisual iniciaban una dura competencia con los libros, los enseñantes se veían enfrentados a la escasa motivación lectora en los jóvenes y los bibliotecarios tenían que habérselas con un dominio precario de las técnicas de lectura por parte del público infantil. Cada sector se vio forzado, pues, a aprender formas de mediación propias del otro y a establecer un territorio común de colaboración que intentó compaginar ambos discursos. La década de los ochenta apostó por las actividades de «animación a la lectura». Las bibliotecas se volcaron hacia el exterior a la búsqueda de su público, a la vez que organizaban talleres y actividades similares a las escolares. La escuela intentó sumergir a sus alumnos en un baño de libros y documentos escritos que acentuara el sentido de la lectura. Desde entonces, las tensiones producidas por la articulación de las actividades de motivación y aprendizaje han sido ampliamente abordadas por la bibliografía sobre el tema.

Situada en este marco, la obra de Parmegiani hace balance del esfuerzo renovador realizado y describe las tendencias actuales en la edición de libros infantiles y en las formas de mediación social. La valiosa aportación de esta obra sintética, tan unitaria en su concepción, como poliédrica en las perspectivas adoptadas, enriquece los estudios sobre libros y lectura infantil y juvenil, desarrollados a partir de los años setenta. Puede decirse que fue en esa época cuando los libros infantiles y juveniles se colocaron en el mapa de los productos culturales. Lo hicieron al alcanzar un notable volumen editorial, situado alrededor del 15% del mercado en los países occidentales, y también por la calidad de unos textos alejados ya del dictado moral y de un uso decididamente vanguardista de la imagen y los recursos materiales del libro.

La línea de estudios franceses a la que pertenece la obra de Parmegiani se ha caracterizado siempre, a diferencia de los estudios anglosajones, por mantener una perspectiva sociológica sobre el tema de la lectura. En Francia se halla muy arraigada la conciencia de la creación de la escuela obligatoria por parte de la Tercera República como un motor laico de emancipación social. No resulta casual, pues, que haya sido también la sociología educativa francesa la que más ha desarrollado la atención por la lectura de los jóvenes y la que inició la constatación de que las nuevas generaciones de adolescentes surgidas de una escolaridad obligatoria prolongada ofrecían unos índices de analfabetismo funcional que revelaban con toda crudeza el fracaso en la escuela de masas del dispositivo escolar creado para sectores minoritarios de la población.

De esta manera, el estado de la cuestión descrito en esta obra parte de un consenso social explícito sobre la importancia decisiva de la lectura infantil que se produce en mucha menor medida en nuestro país. No en vano, España ha sido uno de los últimos países occidentales en implantar la escolaridad obligatoria o en ampliarla hasta los dieciséis años, y aunque las bibliotecas escolares fueron implantadas por la Ley de Educación de 1970, es decir, en la misma época en que se desarrollaban en los restantes países, se han mantenido hasta hoy en una invariable penuria de recursos. Necesariamente, pues, algunas de las descripciones y datos ofrecidos en los diversos ensayos aparecen como metas a alcanzar más que como realidades a compartir. Qué más quisiéramos en España que haber pasado en una década del 24,7% de niños y niñas inscritos en una biblioteca pública al 40,4%. Si la primera característica de predicción de la continuidad del hábito de lectura es frecuentar una biblioteca, ya nos gustaría poseer ese índice de un niño o niña usuario de cada tres. Y no se puede por menos que suspirar cuando se nos habla de un «paisaje con biblioteca pública» como de algo ya conseguido, cuando se apunta la tendencia a pasar de una evaluación de la biblioteca centrada en la valoración material y estadística social del entorno o cuando se cita el «plan de lectura de la Educación Nacional y de la Cultura» de 1992, cuyo objetivo es inducir a niños y adolescentes a «escribir y leer con mayor placer, interés y eficacia».

Sin embargo, aunque no se comparta la extensión del fenómeno, su descripción cualitativa se corresponde con las iniciativas innovadoras que se han ido produciendo en los sectores más avanzados en nuestro país y contribuye a señalar el horizonte sobre el que se proyectan los cambios.

Así, por ejemplo, Fraisse rechaza, por antigua y utópica, la idea fundacional de las bibliotecas escolares francesas como instancias abiertas al barrio para contribuir a la educación permanente de la población no escolar, mientras que defiende que una función esencial de este tipo de bibliotecas es la de asegurar el traslado del público escolar hacia las bibliotecas y librerías. Probablemente la primera idea ha tenido una escasísima extensión en nuestro país y la segunda no forma parte tampoco de los planteamientos más asumidos en la actualidad, pero las ideas planteadas por la obra de Parmegiani ayudan a esclarecer el panorama de dónde venimos y a dónde vamos.

Otros fenómenos señalados tienen, en cambio, su estricto paralelo. Es el caso de la fuerza imparable que lleva a convertir la biblioteca en mediateca, con la absorción de todo tipo de materiales informáticos o audiovisuales. O de la tendencia a buscar maneras de abrir esta institución a nuevos usuarios, tanto a los menores de cinco años, como a los adolescentes renuentes. Los cambios en los fondos y en su circulación o las necesidades de nuevos mobiliarios y formas de organización del espacio han creado así un auténtica revolución en las bibliotecas que no hace tanto tiempo se definían principalmente por la conservación casi museística del patrimonio.

Del mismo modo, la descripción de los libros infantiles actuales resulta plenamente ajustada a la edición en nuestro país. Aunque con el retraso provocado por la dictadura, también aquí se partía de una literatura caracterizada, entre los años treinta y sesenta, por una «producción mediocre para niños buenos», como señala Jan. Pero, a finales de los setenta, la modernización cultural y económica producida en España permitió enlazar con la espectacular renovación de la edición infantil y juvenil emprendida en todos los países occidentales. No hay duda de que en la actual edición española se utilizan las mismas estrategias que se señalan en el capítulo de Perrot para llegar a lectores cada vez más numerosos aunque «débiles» en sus hábitos de lectura. Una edición que borra fronteras entre el texto, la imagen, los soportes escritos y audiovisuales y el juguete, que explora todas las posibilidades de sorpresas, intriga, sensualidad y actividad, que tanto explota la incitación al consumo como traspasa recursos acuñados en la literatura adulta y en la ficción audiovisual. Una edición que ha desarrollado muy notablemente las posibilidades de saber a través de libros informativos «de nueva generación» con un gran uso de los elementos iconográficos y de los que la última aportación es la aparición de libros de arte para niños y adolescentes.

La dinámica evolución de la producción obedece también, naturalmente, a su conversión en un producto cultural rentable desde el punto de vista del mercado. En el I Congreso de la literatura infantil y juvenil catalana, celebrado el mes de octubre pasado, se señaló que cada año aparecen más libros infantiles catalanes en el mercado que niños y niñas existen en el área catalana. La presión por cabalgar al ritmo de la novedad ha condicionado un estancamiento de la calidad en los últimos años. Sin embargo, Perrot observa una tendencia a la disminución de las series mediocres en favor de un mayor cuidado en la selección y una política de producción que se apoya en la autonomía de pequeñas unidades de los grupos de comunicación. La elección de productos más específicos, la innovación constante en los soportes, la oferta integrada de libros, juguetes y audiovisuales, la existencia tanto de bellos libros de regalo como de la explotación de series televisivas, dibuja un panorama complejo de la edición. De esta manera se reproduce la diversidad de oferta existente en la edición adulta y se establece un sistema literario estratificado también para los lectores infantiles y adolescentes. Esta situación marca la mayoría de edad de la edición para niños, pero hace más necesaria la existencia de una crítica que oriente la compra de los atribulados padres y educadores ante una oferta tan abundante y compleja.

Los variados ensayos que componen la obra dirigida por Parmegiani no sólo parten de unos presupuestos comunes, sino que también coinciden en las líneas de fondo de sus análisis. En la primera parte emerge la caracterización de una edición a la medida de la infancia propia de las sociedades actuales. Un público infantil con hábitos consumistas y de recepción audiovisual, familiarizado con los códigos de la imagen y del texto escrito y que utiliza los libros para múltiples y variados propósitos. En la segunda, aflora repetidamente el abandono de la contraposición entre placer y aprendizaje que ha caracterizado los esfuerzos mediadores de la década de los setenta y ochenta. La «enloquecida animación a la lectura» se remansa ahora en la atención individualizada y las actividades se centran propiamente en el libro.

Desde la segunda guerra mundial se ha extendido la idea de que la escuela es insuficiente como institución educativa de la sociedad. Por ello, la mediación parte ahora de la premisa de que el analfabetismo es más un fenómeno de exclusión cultural que una consecuencia de los métodos de aprendizaje. Así, la obra que comentamos orquesta las voces de los autores para señalar la necesidad de un proyecto cultural que implique a las distintas instancias responsables de la formación lectora. La lectura infantil y juvenil como «reto social», viene a decirnos el acertado panorama realizado en esta obra, no es simplemente una frase. Lo que se dirime es el futuro de una sociedad alfabetizada.

01/08/1998

 
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