ARTÍCULO

Bathos

Alfaguara, Madrid, 330 págs.
Trad. de Jordi Fibla
Alfaguara, Madrid, 296 págs.
Trad. de Jodi Fibla
 

¿Es Philip Roth tan buen escritor como creen los críticos americanos? Roth, que cumplirá setenta años el año que viene, ha logrado la proeza de ganar los cuatro premios literarios más importantes de los Estados Unidos con cuatro novelas consecutivas: Patrimony ganó el National Critics Circle Award en 1991, Operación Shylock el PEN/Faulkner en 1993, El teatro de Sabbath el National Book Award en 1995 y Pastoral americana el Pulitzer de 1998. Roth ha publicado después Me casé con un comunista (1998) y La mancha humana (2001): siete novelas, pues, publicadas en un espacio de diez años, novelas largas, complejas, ambiciosas, llenas de personajes secundarios, vibrantes de discusión y ofensa, de digresión y comentario, el tirón final de una vasta producción que comenzó cuarenta años atrás con Goodbye Columbus. Roth es un ejemplo de energía y creatividad que no tiene paralelo ni siquiera en una literatura que cuenta con artesanos tan dedicados y laboriosos como John Updike o Joyce Carol Oates. Su caso nos habla, además, de un país feliz donde los escritores pueden dedicar todo su tiempo a investigar y a escribir, a pensar en su creación y a realizarla. Los críticos de la New York Review of Books entran regularmente en éxtasis con cada nueva entrega de Philip Roth. Pero, ¿es realmente tan buen escritor como aseguran?

Me casé con un comunista y La mancha humana son obras muy diferentes pero que resultan en muchos aspectos simétricas y complementarias entre sí. En ambas, Roth utiliza a su alter ego, Nathan Zuckerman, como testigo interpuesto que cuenta los hechos. En la primera, Zuckerman es un adolescente recién salido de la escuela y lleno de ideales; en la segunda, un escritor mayor y consagrado, recién operado de próstata, que vive recluido en una cabaña en mitad del bosque escribiendo sus libros. La primera cuenta la historia de Ira Ringold, famoso actor radiofónico y miembro del partido comunista, que es el hermano de uno de los profesores del instituto del joven Zuckerman. En la segunda, la de Coleman Silk, ex rector de una universidad de algún rincón de Nueva Inglaterra, que resulta ser vecino de Zuckerman en su refugio de los bosques. Los dos son casos de persecución política. A Ira Ringold-Iron Rinn le persiguen por ser comunista. A Coleman Silk, por ser (supuestamente) racista y machista. Podemos entender las dos novelas como un estudio de la persecución política y la hipocresía moral americana en la segunda mitad del siglo XX. Son, por tanto, novelas políticas y también, dentro del curioso sentido de la historia que tienen nuestros vecinos del otro lado del Atlántico, novelas históricas.

Philip Roth es un escritor realista, es decir, un escritor que no intenta ver la vida como es, sino que la ve a través del prisma estético e ideológico de una tendencia llamada «realismo». Desde el punto de vista técnico, es un maestro en el arte de organizar su narración, lo cual quiere decir, por supuesto, el arte de evitar contar cómo pasan las cosas: o bien van a pasar, o bien ya han pasado. Desde el punto del estilo, pertenece a la tendencia musculosa de la prosa americana, en la que también se incluyen, cada uno a su aire, Henry Miller, Thomas Wolfe, Tom Wolfe, Norman Mailer... El escritor musculoso es autor de frases masivas y cargadas de adjetivos y dispone de una elocuencia que tiene, en general, más que ver con la retórica que con la poesía. El escritor musculoso ignora los matices y traza frescos a grandes pinceladas apasionadas y cargadas de energía. El escritor musculoso es decididamente masculino, carnal y terrenal. Sus personajes favoritos son varones cultural y sexualmente activos que desdeñan los detalles sentimentales y pasan cargando por el sotobosque de la vida como grandes carneros jadeantes. Ambas novelas están cargadas de personajes que aspiran a la complejidad y a la suma de contradicciones que tienen las personas reales. Tomemos a Ira, o Iron Rinn, por ejemplo, protagonista de Me casé con un comunista. Es un actor radiofónico, está casado con una célebre actriz y vive la vida de una estrella, y al mismo tiempo es un comunista obsesionado con la lucha de clases y los problemas sociales del país. Es un idealista, pero tiene un feo historial de violencia; sus ideas progresistas a menudo suenan muy sensatas pero en otras ocasiones parecen la simple violencia verbal de un egocéntrico y un fanático. La novela resulta tan «realista» que a menudo uno tiene la sensación de que se nos está contando paso por paso una historia real, o que lo que leemos no es una obra de ficción sino uno de esos reportajes ligeramente novelados a que son tan afectas las letras americanas. Supongo que a un lector americano toda esa retórica de lucha sindical, problemática obrera y lucha por un mundo sin desigualdades le resultará más exótica que a un lector europeo. También la «difícil» postura de Ira Ringold, que es comunista y al mismo tiempo un ferviente admirador de la democracia.

La mancha humana es un libro mucho mejor escrito y mucho más interesante, lo cual resulta curioso si pensamos que es, de los dos, el más falso, el más tendencioso y el más exagerado. Coleman Silk, rector exigente e incómodo de una pequeña universidad de Nueva Inglaterra, es injustamente acusado de haber hecho una observación racista en su clase. Todos están deseosos de librarse de él, y ninguno de sus compañeros le presta el menor apoyo. La causa de los acusadores crece de forma desproporcionada y crea una situación de crisis en la familia que termina por cobrarse la vida de la mujer de Coleman y obliga al anciano rector a pedir una jubilación anticipada. Este es sólo el primero de los muchos issues de candente actualidad que Roth trata en La mancha humana, entre ellos el affaire Clinton Lewinsky, la mojigatería sexual, la retórica postestructuralista que llena el campus de la universidad americana y, por encima de todo, la suprema ironía del gran secreto de la vida de Coleman Silk, que constituye el centro del libro y de la pasión humana de su protagonista y que, por supuesto, no pensamos desvelar aquí.

El libro está escrito con sabiduría y con pasión, y se lee con interés. Y sin embargo... Sin embargo, ¿por qué a este lector le resulta todo tan artificial e increíble? ¿Por qué este lector que intenta ser imparcial no se puede creer la realidad de este libro realista? Lo cierto es que para ser un libro realista parece lleno a rebosar de arquetipos y mitos, pero mitos recibidos, esa clase de mitos que los que creen en el supremo mito del realismo toman por hechos: por ejemplo, el mito de la mujer ignorante pero en contacto con la vida y la tierra (Fawnia) opuesta a la mujer intelectual, fría e histérica (Delphine), es decir, el mito de la saludable y energética América opuesta a la perversa y enfermiza Europa (Delphine es francesa, por supuesto). Philip Roth parece creer que la nueva inquisición de la corrección política proviene no del puritanismo endémico de su propio país sino, más bien, de la perversa Europa, representada aquí por Delphine Roux, una especialista en Bataille, el deconstruccionismo y todas esas ideas enfermas que han invadido la prístina pureza thoreauniana del mundo intelectual americano. Como sucede en las malas películas de Hollywood, el malo tiene veleidades culturales y acento europeo.

Otro de los mitos que aparecen en el libro es el del héroe americano, en este caso un ex soldado de la guerra de Vietnam, un asesino enfermizo y violento al que, a pesar de todo, Roth se las arregla para dotar de una aureola romántica. Es todo una cuestión de perspectivas y proporciones, por supuesto, pero a este lector europeo le resulta difícil compartir el tremendo dolor de un «veterano» que no puede dormir por lo mal que lo pasó cortando cabezas en Vietnam. A este lector europeo le resulta risible, por ejemplo, la escena en la que un extraño terapeuta lleva a un grupo de «veteranos» a un restaurante chino para ayudarles así, estando cerca de unos cuantos orientales (los chinos no son vietnamitas, claro, pero esa sutileza es insignificante al lado del tremendo sufrimiento de los veteranos, que no pueden dormir) a superar su fobia a los amarillos. En su primera visita al restaurante, Les Farley, ex marido de Fawnia, logra tomarse su sopa de fideos y no golpear al camarero de ojos rasgados. Los otros veteranos, que saben lo que está pasando Farley, le felicitan. Más penoso resulta, todavía, el episodio del muro de Washington, el muro donde aparecen los nombres de todos los soldados muertos en Vietnam. Han hecho una reproducción en pequeño del muro, y la llevan por todo el país para que los veteranos de todas partes puedan visitarlo. Al llegar a la localidad donde se desarrolla la novela, lo colocan en una explanada que hay frente a un Holiday Inn. ¿Logrará Les Farley superar su terrible dolor y aproximarse a la copia reducida del muro de Washington situada en la explanada que hay frente al Holiday Inn? En inglés existe la palabra bathos para designar aquello que aspira al pathos, la pasión sublime, y se queda en simple simulacro ridículo.

Todos los escritores son, por fuerza, locales. Todos escriben sobre el pueblo, el barrio o el grupo de familias que mejor conocen o, en el mejor de los casos, sobre la clase social del país que mejor conocen o, en los casos óptimos, sobre el sistema de valores e imágenes de la época y el sistema cultural que les ha tocado vivir. Sin embargo, muchos de ellos alcanzan eso que se llama «universalidad». Por alguna extraña razón, Roth no logra esa universalidad, quizá porque no alcanza la necesaria distancia y el necesario extrañamiento de sí mismo y de su entorno que son las únicas armas de que dispone un artista para poder ver de verdad lo que le rodea.

Malas noticias para los escritores «realistas» que creen en la literatura como arma de agitación política, que consideran que su labor es poner un espejo ante sus contemporáneos, que creen en el compromiso «ético» del escritor con su tiempo, que creen en la novela como comentario social. La llamada «objetividad» de este tipo de literatura no es otra cosa que una suma de mitos, «grandes narraciones», iconos culturales y valores aprendidos, cuando no de prejuicios o manías personales. Lyotard, perverso autor francés, definía la literatura realista como aquella que jamás se plantea la realidad. He aquí un ejemplo.

01/06/2002

 
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