ARTÍCULO

Últimas novedades procedentes del pasado

Tusquets, Barcelona
219 pp. 15 €
 

No es obligatoria la coincidencia, pero se puede ser un filósofo profundo y un agudo expositor, y al mismo tiempo un inspirado autor de aforismos. En La tarea de pensar, de Manuel Cruz, puede leerse, por ejemplo, que «el filósofo no transforma nada, salvo sus propios pensamientos», que «los textos filosóficos no son otra cosa que prólogos, palabras anteriores a un discurso definitivo que está en otro lugar», que «las cosas dan que pensar, pero nunca sustituyen al pensamiento», o que «sólo cuando de un cuerpo queda únicamente el esqueleto, fotografía y radiografía coinciden». Pero quizá todo libro de filosofía es a la larga un puñado de aforismos comentados o expandidos. En éste, aparte de aforismos excelentes, se encuentran unos cuantos argumentos en los que merece la pena detenerse. Enumerados por orden inverso al de su aparición, los temas del libro son lo que podría llamarse el catálogo de asuntos, cuestiones y autores «canónicos» de la filosofía contemporánea (disciplina que Cruz explica desde hace muchos años en la Universidad de Barcelona y a la que ha dedicado un magnífico libro de texto)Filosofía contemporánea, Madrid,Taurus, 2002., el valor de la historia de la filosofía en sus relaciones con el valor del pasado y «el filosofar», y finalmente (o sea, en primer lugar) las relaciones que quepa establecer entre la filosofía y la novedad.

Por lo que respecta a lo primero, Cruz trata de averiguar cuáles son las grandes cuestiones de la filosofía contemporánea y desgrana una serie de temas o de familias de temas (de «problemáticas», dice, con palabra que no merecería estar tan desgastada como lo está). La naturaleza, el yo o la identidad, la historia, el conocimiento, la acción, los valores, el lenguaje y la sociedad son los ocho elementos que le salen. Lo peor que tienen estas cuentas es que siempre podrían ser un poco más breves y también mucho más largas. Además, dichos «núcleos temáticos» se dejarían apresar, según Cruz, por diversas «tradiciones», en esencia por tres: la filosofía analítica, el marxismo y la hermenéutica.Todo esto se encuentra escrupulosamente argumentado, pero ya se sabe: también valdría argumentar con el mismo escrúpulo y de maneras muy distintas. En realidad Cruz no debe de quedarse muy feliz con estas taxonomías, porque lo que acaba proponiendo con más empeño es la necesidad de hacer sitio a autores que no terminan de cuadrar en ese casillero ni en ninguno: los ejemplos (es decir, los contraejemplos) son Berlin, Canetti, Steiner, Benjamin, y también Arendt y Wittgenstein. Algún lector quitará algún nombre y muchos añadirán otros a esta especie de Historia de los Heterodoxos que alguien debería escribir (quizá el propio Cruz) y que, como la de Menéndez Pelayo, serviría para hacerse una idea aproximada de lo que merece la pena leer. De todo esto importa sobre todo la dificultad de determinar con claridad cuál es exactamente la tradición o la problemática de los autores de cuya lectura uno espera sorpresas. Ocurre como tantas veces: que los mapas de cuestiones y de corrientes se trazan para ordenar lo que no tiene demasiado interés, y lo que de verdad importa queda siempre fuera.

En lo tocante al segundo tema, la relación de la filosofía con su pasado, Cruz se pronuncia, como no podía ser menos, por una historiografía que rescate aquellos elementos de los textos filosóficos «que sobreviven a su tiempo, a su concreta circunstancia» (p. 109). Para él, la filosofía resulta ser esencialmente textual, es una forma de escritura, no es un conjunto de problemas, de discusiones, argumentos o tesis que se expresan por escrito, sino una serie de escritos en los que aparece todo lo anterior. Y «confinar un texto a su tiempo equivale», dice, «a desactivarlo. La gran ventaja que presenta el texto de filosofía por encima de la actividad viva del filosofar es que habla al futuro, y esto lo hace libre» (p. 101). Debe advertirse que la distinción entre filosofía y filosofar es la que separa los textos ya escritos y públicamente disponibles del proceso que llevó a escribirlos, proceso del que son elementos destacados la «atmósfera» y el contexto. Hay aquí algo que podría llamarse la trampa del contexto. De un modo que quizá haya que leer teniendo presente a Walter Benjamin, Cruz dice que la buena historiografía es la que «salva el momento del asombro» y la mala aquella que, reduciendo el pensamiento a su contexto, «anticipa la solución a través del diseño del problema» (p. 105). Sí: la historia de la filosofía pertenece a lo que podría haber sido de otra manera, y quizá esté en manos del historiador hacer que todo el pasado pase a ser de otro modo.Y lleva razón, porque los textos filosóficos no forman parte de su propio tiempo; son literalmente extemporáneos. Pero esto implica que pertenecer, lo que es pertenecer, tampoco pertenecen al nuestro. Que la filosofía sobreviva a su tiempo no significa que nos esté esperando a nosotros para que, de una buena vez, la sepamos interpretar. Cruz se queja con toda justicia de los historiadores de la filosofía que desactivan el pensamiento del pasado confinándolo en su tiempo (en el del pasado), pero igual queja o superior merece la costumbre, culpable de hemerolatría (por emplear una expresión de Javier Muguerza) de subordinarlo todo a las inquietudes del presente«Hemerolatría», vocablo acuñado por Javier Muguerza, designa la propensión a colocar el momento presente (heméra = día) en el centro del acontecer histórico. Es en último término una forma de narcisismo como otra cualquiera.Véase Javier Muguerza, «La indisciplina del espíritu crítico (Una perspectiva filosófica)», epílogo a Immanuel Kant, El conflicto de las facultades, Roberto R. Aramayo (ed.), Madrid,Alianza, 2003, p. 233.. El mejor servicio que presta el pasado es hacernos pensar que la actualidad no es lo que creíamos que era. Más que mirar el pasado con los ojos del presente, la labor de la historia de la filosofía es hacer justo lo contrario: pensar el presente con lo que queda del pasado.

En De consolatione philosophiae, el viejo cónsul Anicio Manlio Severino Boecio, a quien los bárbaros temían por ser el último romano digno de tal nombre (es decir, por ser un inquietante resto de otra época) y a quien de hecho temían tanto que no dudaron en matarlo, representó a la filosofía como una mujer vigorosa y enérgica, «aunque tan cargada de años que en modo alguno podría creerse que perteneciera a nuestro tiempo»Consolación de la filosofía, libro 1.º, I, 2, Leonor Pérez Gómez (ed.), Madrid,Akal, 1997, p. 94.. Boecio tenía sobradas razones para creer que la filosofía es un anacronismo, pero seguramente no sólo él, sino también cualquiera que piense un poco sobre la propia época, cualquiera que ésta sea. Porque la filosofía no es su tiempo comprendido en pensamientos, sino lo que se escapa de él y se resiste a ser entendido. El tercero de los campos de problemas de Manuel Cruz en este libro –y el primero en orden de aparición– es el de las relaciones entre filosofía y novedad. La filosofía «se dedica a interpretar los signos que el mundo le ofrece» e intenta leer en el mundo «los indicios de novedad que se le muestran» (p. 37). La tesis es enormemente ambiciosa, y lo más llamativo es algo que da por supuesto o por lo menos sugiere, a saber, que sin filosofía nuestro tiempo estaría ciego para la novedad. No deja de resultar sorprendente que ocurra una cosa así en una época como la nuestra, tan plena de innovación, y en la que todo queda obsoleto apenas llega a terminarse. Épocas como ésta producen un tedio de la novedad que convierte a cualquier innovación en algo déjà vu y atrofia la capacidad de percibir los cambios que verdaderamente importan. Lo más probable es que las verdaderas novedades ocurran delante de nuestras narices y no nos enteremos de ellas porque no hablan el lenguaje oficial de la innovación (esa especie de lengua orwelliana creada a medias por los gerentes de las multinacionales y los burócratas progres). Pero quizá lo que pasa es que no se percibe lo nuevo porque se ha abandonado toda percepción del trasfondo de continuidad en que irrumpen las novedades, y si lo nuevo no es nuevo respecto de nada, entonces la novedad ya no es posible. Mal asunto entonces para la filosofía, a la que habría que pedir a la vez que mostrase lo nuevo y que restaurase lo viejo o lo volviese a inventar.

Todo lo que expone Manuel Cruz en este libro, incluidas sus reflexiones sobre el presente y el futuro de la organización académica de la filosofía, merecerían una discusión cuidadosa.También valdría la pena discutir por qué esa discusión no se da de hecho en la cultura española de nuestros días, por qué la filosofía académica y el ensayo han pasado a ser regiones apenas comunicadas (y ninguna de ellas muy próspera) y hasta cuándo, Catilina, la palabra «filosofía» va a ser mera abreviatura de una serie de «áreas de conocimiento» encerradas cada una en sus propios atavismos, en sus propios delirios de autosuficiencia y en su propia y maleducada jerga. Este libro da en la diana de muchas cuestiones que hay que discutir y propone argumentos sólidos y poderosos. Falta que sus lectores nos tomemos la discusión en serio y, todavía más, que nos convenzamos de que merece la pena emprenderla.

01/05/2005

 
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