ARTÍCULO

Un mundo extraño

Seix Barral, Barcelona, 478 págs.
 

Andrés Ibáñez inició su difícil escalada narrativa con dos novelas enemigas de los modelos al uso: La música del mundo y El mundo en la Era de Varick. Su apuesta por la creación de orbes autónomos, que rige la metáfora de la ficción estimulada por la mirada psicológica, ha sido confirmada por La sombra del pájaro lira (Seix Barral, 2003): un libro donde la música interior del lenguaje, como despliegue de alas sutiles, urde alianza con el incansable colorido de lo imaginado.

No es difícil ver en esta novela las correspondencias, incluso los guiños explícitos, con la tradición literaria de la segunda mitad del siglo XX : la poesía de Antonio Machado –«se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa»–, cuyo correlato en la novela es «vive para construir un sueño. Nada importa lo demás. / Para ser quien tú querías hay que inventar la verdad» (págs. 336 y 413) de Darío Pomagranada o la cita de Neruda en el crepúsculo de la obra: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos» (pág. 438). Más aún: a través de la ficción, la propuesta de la novela alienta, como sustrato, una serie de reformulaciones, de ciertos postulados filosóficos fundamentales: el platónico «aprender es recordar», sugerido en el umbral del libro, en ese preámbulo donde el protagonista Adenar indaga acerca de su identidad con el imposible binomio de la memoria amnésica («el olvido es la fuerza más poderosa que existe», pág. 322), será motivo recurrente, lámpara que ilumina múltiples pasajes: «te voy a revelar lo que tú ya sabes» (pág. 383), dice el Sol, metáfora de la conciencia, a Adenar o, respecto del aprendizaje de un idioma, «tú crees que lo estás aprendiendo, pero en realidad lo estás recordando». Y la escasez de libros en Glabris (sólo existían unos veinte libros completos), «misteriosos juguetes de los hombres de la antigüedad» (pág. 26), como amenaza esperanzadora de que, al tramontar los años, los hombres se comunicarán con un lenguaje ayuno de palabras, constituye una propuesta filosófica más, subsumida también en esa mayor que vertebra toda la novela: la busca de identidad, ardid de filiación proustiana, desde varios ángulos: adentrándose en la memoria tal si fuese una isla, fiándose del rumor suasorio de los insectos que impiden a los personajes la resonancia de la propia voz interior, reconociéndose como usurpador de una vida –«mi vida no es más que un plagio» (pág. 276)–, como ignorante de sí mismo –«quiero ser yo, quiero saber quién soy, quiero ser real» (pág. 284)– o, en la otra orilla, como portador de la vana satisfacción de quien presume saber quién es, tal ocurre a Sasha Braunsfeld: «sentía que sabía quién era» (pág. 357).

Un ingrediente más, y no el menos valioso, que intensifica el placer de la lectura de La sombra del pájaro lira es la dosificada y creciente intriga, como secuencia de cabo a cabo: la busca del alma por Adenar, que es la busca de la identidad tras su partida de Glabris, y la busca de la solución al misterio que entraña el palacio Turpestis. O como secuencia de rodrigón: en el seno de los enigmas principales se generan otras incógnitas referentes a personajes secundarios: la función y el destino de los insectos, cuya presencia ha sido indicada desde el inicio (pág. 31) o la suerte del heredero triste Víctor Braunsfeld en su afán por apropiarse del palacio Turpestis, por citar sólo dos ejemplos.

¿Cuáles son los mecanismos literarios empleados por el novelista para erigir su insólito universo? A diferencia de Cien años de soledad, si atendemos sólo este aspecto, en la obra de Ibáñez no hay espacio para el desahogo del sexo: ni dentro ni fuera del marco convencional: se trata de una estratagema idealizante que consigue un poderoso efecto, como potenciadora de irrealidad, en la novela. No esgrime, como García Márquez, el ademán exagerado, el brazo de la hipérbole, sino que, no sin habilidad, desvía o deforma con sutileza rasgos y nombres para conferir a la narración un cariz convincente: Miguel de Cerventesio o Américo Colombo o Floria o el aparato comunicador llamado dorófono. Un recurso frecuente utilizado por el narrador es el de presentar algo como real, para que el lector lo acepte así, y después matizar su naturaleza con una frase que desvirtúa su familiar apariencia: «parecía un pájaro, pero no era un pájaro en absoluto» (pág. 37) o «le hablaba con palabras que no estaba seguro de que fueran palabras» (pág. 35). Ibáñez pone en marcha la personificación y el pensamiento analógico: el palacio de Turpestis es una máquina que es un trasto que es una nave que es una casa inteligente. Y en este mundo de extrañeza impar, donde lo conocido pacta con su revés, donde la fantasía se apoya en la cayada de la realidad, los personajes intentan, un poco al modo unamuniano, desasirse de su autor, salir del cuento de Warmunt F. Ozick (pág. 389) e, incluso, abandonar la novela de Ibáñez para adquirir razón suficiente en otra vida, con un ropaje que exceda al meramente fictivo.

No quisiera abandonar esta recensión sin señalar algún reparo: más que un mundo fantástico hemos de reconocer aquí un mundo singular, un mundo habitado por personajes mitad cercanos a nosotros y mitad ajenos a nuestra circunstancia: a caballo entre la ciencia ficción y el pensamiento mágico-poético, en este río verbal dialogan, como en las novelas de su admirado Thomas Pynchon, teorías científicas, mitos y reflexiones socioculturales. No hay vacilación del lector respecto de la verosimilitud de los sucesos porque han sido narrados desde una exterioridad impermeable a la duda y porque, salvo el pasaje de la «Muchacha pájaro», el uso de la primera persona –pivote de lo fantástico– como punto de vista del narrador respecto del relato es escaso, casi inexistente. Y algo más: el aviso del advenimiento de lo extraño o inesperado debilita el efecto que persigue: «sucedió algo muy extraño» (pág. 156) o «entonces sucedió algo inesperado» (pág. 181) o «en ese momento sucedió algo totalmente inesperado» (pág. 427). Esta preparación no contribuye a generar la sorpresa, sino a desmontarla, en el ánimo del lector.

Como su personaje Galadar, Andrés Ibáñez prosigue el empeño de buscar o intentar lo imposible: una novela como La sombra del pájarolira es un delicioso experimento literario, opuesto a las modas (hijas de la muerte) y dueño de excepcional riqueza imaginativa: rara avis, acaso nunca mejor dicho, en el cielo o en el infierno de la novela española actual.

01/08/2003

 
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