ARTÍCULO

La luz de la sombra

Pre-textos, Valencia, 1997
64 págs.
 

«Con el misterio de una luz / que persiste, apagada. / Así se afirma tercamente / el resto de la vida», dicen unos versos del libro A cuenta de la noche, de Ricardo Defargues, de reciente aparición. Pertenecen a un hermoso poema de la tercera parte, a través del cual, por un deslizamiento de planos, de nieve a silencio, de silencio a final, nos sitúa el poeta ante una fe inexpugnable a pesar de su aparente letargo o, tal vez, debido a él. La define como una luz «leve y silenciosa», pero que anida incesantemente en la conciencia, que alimenta el ser hasta «las horas / calladas y postreras». Se trata del máximo enigma, el enigma siempre presente y nunca desvelado de la vida, que con sus vaivenes lleva al sujeto de la perplejidad al acto, y al bardo del silencio al poema, a los poemas, por ejemplo, de este libro, desiertos y oasis vividos, que son sorpresa para el lector.

Ningún anuncio advirtió en su día de la aparición de este poeta nacido en Barcelona en 1933 y afincado en Madrid, que hasta hoy ha dado los libros Poesía (19561973) (Madrid, 1974), donde se recogen los Primeros poemas. El arbusto y La libertad, la plaquette «Del tiempo extremo» (Valencia, 1979), una Antología poética (Barcelona, 1985), Con la luz que declina (Valencia, 1991) y el ya mencionado que acaba de ver la luz.

Bebedor de las aguas espejeantes del simbolismo francés, Defargues concibe la poesía como una labor casi secreta. «La vida dentro de la asfixia a que las instituciones someten al individuo, se siente como marginación, y el propio acto de la creación poética, por ser igualmente rebelión contra una convención (la del lenguaje) se percibe asimismo como marginación (metapoesía)», afirma. Y remitiéndose a la frase «el hombre no tiene naturaleza, sino historia», dice: «de ahí la obligación de pudor que se impone al poeta», cuyo yo, definitivamente apartado de la egolatría romántica, es un «yo con el mundo».

Pero ese mundo en el que Defargues se halla no es sólo el mundo que la luz natural descubre palpable y visible, sino que incluye siempre el saber de aquel que alberga la sombra, donde anida algo que acaso la palabra puede rescatar y algo que resultará para siempre inalcanzable. ¿Es lo que se halla en esa zona de sombra idéntico para todos?, parece preguntarse Defargues. Como no hay respuesta a esta pregunta, se impone el intento de una continua objetivación. En esa labor, llevada a cabo en oleadas de sucesivos libros, la palabra se ha ido puliendo como un canto rodado. No sorprende que inmerso en dicho mar, el poeta sienta la necesidad de una pausa: «me detuve, quedé / atento al corazón, / por recordar el ritmo / que no debe olvidarse», se leía en El arbusto.

El ritmo, he aquí una de las constantes fundamentales en la poesía de quien acoge con naturalidad a la música en sus versos, como acoge también el cine, la obra de Bacon o la de Dostoievski. Y es que nos hallamos ante la característica objetivación a través de la vida y la obra ajena, tan bien estudiada por Bousoño al tratar de los novísimos. Como otros poetas de su generación, Defargues incorpora esta técnica sin dejar de ser rigurosamente él mismo, el cantor del haz y el envés. En Acuenta de la noche surgen estos binomios: tiempo y vida, olvido y tiempo, destino y revelación, amor y ausencia, realidad y fantasía, fugacidad y permanencia.

Todo lo que atañe al hombre aquí y ahora, sus tiempos y espacios, interiores y exteriores, pasado por un fino tamiz de espera prudente y melodía cauta, atañe al poeta, lo cual, al condensarse en poemas, da como resultado una indagación de ese trayecto que es la vida y de esa contradicción que es el hombre. Por ello Defargues concluye con una referencia al mito platónico de los dos caballos, pero dando por válidas dos posibilidades: la que nos impulsa al horizonte y la que nos lleva al interior de nosotros mismos: «Nos alejamos / y nos hundimos. / Es como si tuviéramos dos muertes».

01/04/1998

 
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