ARTÍCULO

Una poética de la finitud

Siruela, Madrid, 192 págs.
 

Hijo de un poeta menor, Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) ha sido vinculado a la generación del cincuenta, pero la originalidad de su obra apenas tolera su inclusión en un grupo poético que ni siquiera acepta la comunidad de supuestos estéticos. Al margen de la polémica sobre las generaciones literarias, no es difícil advertir que las referencias de Gamoneda no coinciden con las de la Escuela de Barcelona. La primera discrepancia es de carácter social. La prematura desaparición del padre y la Guerra Civil se encargarán de despojarlo de cualquier privilegio, incluida una biblioteca con primeras ediciones autografiadas de Darío y Valle-Inclán. Gamoneda crece en un hogar obrero y se incorpora tempranamente al mercado laboral, desempeñando un trabajo irrelevante en una entidad bancaria. A diferencia de Barral y Gil de Biedma, su poesía no tendrá que abominar de un linaje burgués. Sin embargo, la experiencia de la pobreza no desemboca en una militancia descarnada. Gamoneda aprenderá de Nazim Hikmet que «la poesía no es social ni poesía si no se hace en un lenguaje de la especie poética» (El cuerpo de lossímbolos, 1997, pág. 89). Esta enseñanza se reflejará en un lenguaje altamente condensado, donde la percepción de la injusticia no excluye un pesimismo existencial que se expresa mediante símbolos. Esto nos lleva a la segunda diferencia con los poetas catalanes del cincuenta. Gamoneda se aleja del registro coloquial que había introducido la influencia del último Cernuda. Frente a la evocación biográfica de Barral, Goytisolo o Gil de Biedma, Gamoneda utiliza el símbolo y la elipsis para aludir a su vida, que comparece en el poema mediante objetos en los que se ha borrado la referencia anecdótica. Al eliminar ese dato, aparece el hermetismo que se ha reprochado a Gamoneda. Esta oscuridad no se resuelve mediante un ejercicio hermenéutico, donde se establezcan las equivalencias correspondientes, pues Gamoneda considera que el símbolo es una realidad autónoma y no una imagen vicaria, subordinada a una exégesis que la despoje de su misterio.

La poesía de Gamoneda es una física donde la palabra se impone como materia. El símbolo es en sí mismo una realidad que no exige dilucidación. Gamoneda se considera un poeta realista, pues el símbolo no es un artificio de la inteligencia, sino algo que «está verdadera y físicamente en mi vida» (op. cit., pág. 27). Los cambios experimentados en la poesía de Gamoneda no afectan a la unidad de su obra. Ya desde los primeros libros (La tierra y los labios, 1952; Sublevación inmóvil, 1959), se advierte un núcleo que actuará como matriz común. En ese centro, se encuentra la perspectiva de la muerte. «Mi poesía no es otra cosa que el relato de cómo voy hacia la muerte» (op. cit., pág. 26). Este planteamiento no desaparece en Blues castellano (1966), el libro más próximo a la poesía social, ni en Pasión de la mirada (1970). Gamoneda rehúye el prosaísmo y no disimula su escepticismo sobre la posibilidad de la utopía. Aunque en algunos libros enfatiza que «hay una verdad», no tardará en identificar esa verdad con el olvido o la inexistencia. La madurez de su estilo llega con Descripción de la mentira (1976), donde utiliza por primera vez el versículo, evidenciando la influencia de la Biblia, Saint-John Perse o el Lorca de Poeta en Nueva York. La profundidad del libro, que oscila entre el misterio y la narración ininteligible, explica que la crítica lo vinculara con el surrealismo, una filiación que Gamoneda rechaza, alegando que en todo caso su poesía está más cerca de la estética expresionista. Lápidas (1986), «prosa en poema» más que poema en prosa, y la primera edición del Libro del frío (1992) cierran un cuerpo poético dominado por la anticipación de la muerte. Exceptuando la última obra, Gamoneda agrupó toda su producción lírica en un solo libro: Edad. El título refleja la conciencia dramática del tiempo, un discurrir imparable que oscila entre la memoria y el olvido.

Esta nueva edición del Libro del frío añade veinte poemas, que componen la sección titulada «Frío de límites». La adición no modifica la perspectiva general de la obra. Gamoneda percibe la proximidad del dolor y la belleza, una contigüidad que ya estaba presente en sus libros más tempranos. Ese dramatismo se manifiesta en una adjetivación donde prevalece el «negro», lo «cárdeno», lo «amarillo». La percepción del tiempo aparece acompañada del miedo. Ese temor explica la proliferación de «palomas negras», «ropa fúnebre», «pétalos negros», «púrpura desolada», «vasos llenos de sombra». La angustia provocada por el acercamiento progresivo a la muerte (Gamoneda alude continuamente a la vejez) no excluye la felicidad. El poema transmuta el dolor en placer estético, pero eso no elimina nuestra incertidumbre. Gamoneda, que no es ajeno al lenguaje religioso, considera que Dios sólo es una «máscara antigua» y el hombre no tiene otro interlocutor que la «desnudez de la existencia». La vida es «una pasión vacía» y el poeta sólo es «el cantor de las heridas». La ira que despierta nuestra finitud se convierte en dulzura ante la experiencia del amor: «mi sueño vive debajo de tus párpados». Sin embargo, el cuerpo del otro no remedia nuestra contingencia: «llora entre mis piernas, / come la miel sin esperanza».

Los poemas de «Frío de límites» redundan en la misma perspectiva. Ya al inicio, Gamoneda nos recuerda que «no hay esperanza». La «pasión es sorda» y está contaminada por la misma finitud que afecta al hombre. Sólo perdura la inexistencia, el vacío. Gamoneda se aproxima a los planteamientos del último Valente, donde se esboza una teología de la nada. Al final, la memoria será derrotada por el olvido. La trascendencia del noser explica la seducción que ejerce «la pureza de la copa vacía». Ni siquiera el amor puede contrarrestar la devastación: «Hay humedad en la ceniza que amas». Arden las pérdidas, recopilación de textos dispersos, responde al mismo impulso temático y estilístico, utilizando de nuevo el versículo para evocar el pasado y preludiar la desolación futura. Las pérdidas arden porque la memoria no cesa de invocar lo que el tiempo ha devorado: «Amas aún cuanto has perdido». No hay que buscar explicaciones. «Todo es incomprensible» porque «todo se explica en la imposibilidad». La poesía de Gamoneda no adopta la actitud de espera del último Valente, que aguarda un lenguaje que adviene. Su poética es una poética de la finitud, que sitúa a la muerte en el centro de su creación. Su oscuridad nos ilumina, evocando la matriz del lenguaje poético: el tiempo, la memoria, el olvido. Es difícil encontrar una exigencia más alta. Frente al prosaísmo biográfico que inunda la poesía española contemporánea, Gamoneda nos devuelve esa palabra esencial que, más allá de los géneros, entiende la literatura como conocimiento y misterio.

01/08/2003

 
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