ARTÍCULO

La única Rusia posible

Hiperión, Madrid, 1997
Ed. de Eduardo Alonso Luengo; Epílogo de Roman Jakobson
229 págs.
 

Pocas veces la lectura de un poeta tiene tanto de descubrimiento como en el caso de Alexandr Pushkin, sobre todo si se trata de la lengua española, en la que su nombre es, más que una laguna, un desolador océano. No sólo porque la lírica pushkiniana representa el cenit de la creación literaria en ruso sino porque su ausencia mutila de forma dramática el olimpo que nuestra cultura general reserva a los Homero, Dante o Shakespeare.

La figura de Pushkin (1799-1837) trasciende su dimensión artística para ocupar un lugar dominante en el imaginario sentimental de las sucesivas generaciones de rusos. Con sus versos, que según Vladímir Nabokov «evidenciaban una peligrosa libertad de pensamiento por la novedad de su versificación, por la audacia de su fantasía sensual y por su propensión a poner en solfa a tiranos grandes y pequeños», se inicia una tradición que vincula la memoria individual a la supervivencia de Rusia a despecho de su propia historia. Un fenómeno único que alcanzará sus momentos más estremecedores en el pasado inmediato con los poemarios de Anna Ajmátova o la obsesiva resistencia contra el olvido de Nadezhda Mandelstam ante la desaparición de los manuscritos de su marido, y cuyo relato –Contra toda esperanza– constituye una desgarradora e imprescindible «caja negra» de la memoria colectiva rusa de todos los tiempos.

La poderosa personalidad del poeta y su extraordinaria condición de escritor total dibujan los primeros contornos de lo que con el tiempo llegaría a ser la única Rusia posible para millones de hombres y mujeres condenados a confrontar su idea de nación con su realidad cotidiana. Aristócrata, mestizo, seductor, políglota, hombre de gran cultura y contagiosa imaginación, dandi singular y rebelde muerto en un duelo antes de cumplir los cuarenta años, Alexandr Pushkin recuperó para la gran literatura rusa los cuentos de la tradición popular, estudió latín, griego y hebreo, asumió el legado de la Ilustración, consolidó la cultura eslava, introdujo a los principales autores europeos, apadrinó a los que serían grandes novelistas del XIX y dominó como nadie todos los géneros literarios. La emergente realidad cultural comienza a definir una Rusia ideal pero ineludible que será transmitida de manera fundamentalmente oral, y que inicia un proceso que ahora explica y se explica en la larga y fértil secuencia que une el antiguo eslavo eclesiástico con el verso libre del Nobel Joseph Brodski pasando por el Siglo de Oro de los Tolstoi, Gógol, Turguéniev o Chéjov y la Edad de Plata de los Pasternak, Maiakovski, Tsvetáeva o Blok.

La edición de Eduardo Alonso Luengo ofrece una visión de conjunto de la poesía lírica pushkiniana que incluye más de medio centenar de poemas, ordenados cronológicamente, entre los que figuran algunos de los más conocidos –El profeta,Yo os amé..., Exegi monumentum– frente a su versión rusa. Junto a ellos aparecen no menos populares muestras de su heterodoxia temática –Lacanción de Mary, Los gitanos o ElCáucaso– y de su magisterio estilístico, lleno de exquisita provocación desde el soneto como vasto territorio expresivo (No desdeñó el soneto el Dante altivo...) hasta la filigrana onomatopéyica en Del céfironocturno..., pieza insustituible que recrea el romántico embrujo de España y su iconografía de mantillas y balcones sobre el Guadalquivir como referencia del más puro exotismo de la época.

«Bajo el cielo azul de su tierra nativa / languidecía ella, se agostaba...» comienza uno de los más bellos poemas dedicados a Amalia Riznich que transmite mucho de la intensa exactitud con que el autor de Eugenio Oneguin camina por la pasión: «Ni reproches me quedan ya nillanto / para rememorar su sombracrédula / ni la dulce memoria de losdías pasados». Si en el epigrama Larima el vínculo entre memoria y deseo alcanza una fuerza excepcional, la huella de la soledad y el dolor subrayan la sobriedad de Tarde de invierno o El monasterio en el Kazbek en esta traducción que respeta también la métrica original.

El volumen se completa con un luminoso texto, a modo de epílogo, de Roman Jakobson que aproxima a la poética de Pushkin, a su libérrima y perfecta pulsión creadora, y de paso recuerda la capital importancia que el movimiento formalista tiene para la moderna interpretación del hecho literario y de la cultura contemporánea.

Con la aparición de esta Antologíalírica se inicia un imprescindible rescate para el lector español de la figura y la obra de Pushkin, ese patriarca absoluto de la lengua rusa de quien un esperanzado Nikolai Gógol dijo: «Es un fenómeno extraordinario y seguramente único del alma rusa: es el hombre ruso en su proyección, tal como quizá sólo dentro de doscientos años llegue a ser». Cabe esperar que este acercamiento al desbordante talento del autor de Mozart y Salieri sirva además de antídoto contra los prejuicios que suelen planear sobre cualquier aproximación a la literatura, la cinematografía y hasta la historiografía rusas a costa de gastados tópicos como su misticismo, su tristeza o su crudo realismo y que desde luego no pueden aspirar a más rotundo y hermoso desmentido.

01/11/1997

 
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