ARTÍCULO

La paradoja del poder norteamericano

Taurus, Madrid, 304 págs.
Trad. de Gabriela Bustelo
 

Joseph Nye es un conocido y respetado profesor norteamericano de Relaciones Internacionales, a quien desde nuestra óptica europea podríamos considerar como un liberal. Ha pasado toda su vida enseñando en la Universidad de Harvard, donde ahora es decano de la prestigiosa John Kennedy School of Government, pero también ha conocido de cerca las complejidades del poder, ya que durante la administración Clinton desempeñó varios cargos de importancia en Washington, entre ellos el de secretario adjunto de Defensa.

Su libro, aparecido hace ahora casi un año en Estados Unidos (con un sabroso subtítulo que ha desaparecido en la versión española, Por qué la única superpotencia mundial no puede ir sola ), llega con demasiado retraso a las librerías de nuestro país. Las paradojas del poder norteamericano está escrito a la sombra del 11 de septiembre de 2001, con una actitud confiada y desenvuelta, que después del ataque norteamericano a Irak resulta demasiado optimista (lamentablemente fuera de lugar).

La paradoja del poder norteamericano consiste, según Nye, en que Estados Unidos, a pesar de que es demasiado poderoso para ser desafiado por nadie, no lo es tanto que pueda conseguir sus objetivos solo. Por ello, el autor reclama un multilateralismo que haga compatible el interés nacional con los bienes públicos globales. Ya que, si bien es verdad que no hay ningún Estado que pueda competir con Norteamérica en términos de poderío militar, en lo que respecta al poder económico la situación no es igual, ya que está repartido de una manera más equilibrada entre Estados Unidos, Europa y Asia. Y con la revolución que está teniendo lugar en las comunicaciones y el transporte, no para de crecer todo un mundo de relaciones trasnacionales que escapan al control de cualquier Estado.

En este nuevo mundo, el poder militar, aunque sigue siendo importante, sobre todo en última instancia, ya no es el único que pesa a la hora de conducir una acción exterior. El poder económico y, lo que Nye llama el «soft power», el poder blando, es cada vez más relevante. Porque ya no se trata sólo de hacer que otros estados u actores internacionales hagan lo que tú deseas mediante la amenaza del uso de la fuerza o de las sanciones económicas, sino de conseguirlo a través de incentivos positivos, como la legitimidad que nace del respeto a esos valores democráticos en los que está basada la república norteamericana.

Nye es consciente del «peligro de una política exterior que combina el unilateralismo, la arrogancia y el provincialismo», pero su receta para evitarlo –combinar sabiamente el poder puro y duro, militar y económico, con el poder blando, cultural y moral, que con tanta abundancia posee Estados Unidos– está claro que no ha sido escuchada. Una realidad que nos lleva a reflexionar sobre lo acertado de la descripción de un mundo globalizado que Nye realiza a lo largo de las casi trescientas páginas del libro y que constituye uno de sus mayores atractivos.

Joseph Nye tiene tras de sí más de tres décadas de trabajo en el mundo de las relaciones internacionales, en las que, con su amigo y antiguo colega de Harvard, ahora en Duke University, Robert Keohane, ha luchado incesantemente por desarrollar una visión del mundo alternativa a la que desde el inicio de la guerra fría han propugnado con tanto éxito los realistas El año 1947 es la fecha de la publicación del libro de Hans Morgentau, Politics among Nations , que es el manifiesto fundador del realismo político en las relaciones internacionales., ahora sustituidos en el poder por los neoconservadores partidarios del nuevo imperio norteamericano. Nye y Keohane creyeron encontrar esa nueva visión de las relaciones internacionales por primera vez en 1971, cuando con la crisis producida por la guerra de Vietnam, la distensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el auge de las multinacionales y la creciente importancia de los asuntos económicos para la vida internacional, parecía que se había inaugurado una nueva era en la que el poder militar –y con él, el Estado– perderían parte de su relevancia Robert O. Keohane y Joseph S. Nye, Transnational Relations and World Politics , Cambridge, Harvard University Press, 1972..

Su trabajo sirvió para poner de moda el concepto de relaciones trasnacionales o actores trasnacionales, y hasta hubo algún crítico que llegó a anunciar que su libro Transnational Relations and World Politics bien podría estar llamado a sustituir al de Morgentau, Politics among Nations, como la nueva Biblia de la disciplina Citado en Robert O. Keohane y Joseph S. Nye, Power and Interdependence Revisited, International Organization 41, 4 (1987), págs. 725-753.. Sin embargo, acontecimientos como la invasión soviética de Afganistán, que puso punto final al período de distensión entre las dos superpotencias, la revolución en Irán y la toma de rehenes en la embajada norteamericana en Irak, que propiciaron la elección de Ronald Reagan y la vuelta a la retórica de la guerra fría, hicieron que el nuevo libro de cabecera en el mundo de las relaciones internacionales durante la década de los ochenta, no fuera el de Keohane y Nye, sino el de un profesor de la Universidad de Columbia, llamado Kenneth Waltz, que con su Theory of International Politics Kenneth Neal Waltz, Theory of International Politics , Reading, Addison-Wesley, 1979., puso al día brillantemente el realismo.

Eso a pesar de que Robert Keohane y Joseph Nye habían aprendido la lección y en 1977 habían publicado En ningún sitio como en casa . Fotografía de Yannis Behrakis. un nuevo libro titulado Power and Interdependence Robert O. Keohane y Joseph S. Nye, Power and Interdependence: World Politics in Transition , Boston, Little Brown, 1977, en el que, moderando sus pretensiones de principios de los setenta, renunciaban a destronar al realismo y con él a los Estados y al uso de la fuerza de su condición de monarcas de la teoría internacional, para intentar simplemente complementar esta visión con la más templada de un mundo en el que la «interdependencia» era cada vez mayor y servía para templar los instintos del poder.

En 1991, con el final de la guerra fría, parecía que por fin el tiempo le había dado la razón. Era el momento de que su visión del mundo internacional como un espacio de «interdependencia compleja» se desarrollara, en el que la fuerza dejara su paso a los asuntos económicos y a su amparo florecieran tanto los actores internacionales no gubernamentales como las grandes instituciones del tipo de Naciones Unidas o la Unión Europea, que hicieran posible el desarrollo de la cooperación internacional necesaria para manejar esa interdependencia. Temas que desarrolló en un libro escrito ya en solitario titulado Bound to Lead Joseph S. Nye, Bound to Lead: the Changing Nature of American Power , Nueva York, Basic Books, 1990 (Obligados a liderar) y subtitulado La naturaleza cambiante del poder norteamericano , en el que desarrollaba su concepto del «soft power » y explicaba cómo en un mundo en que Estados Unidos se había quedado sin enemigos y era la única superpotencia, el uso del poder militar iba a ser innecesario y podía ser incluso contraproducente. Por el contrario, sólo el uso del «soft power», tan abundante en Estados Unidos, podía ayudarle a liderar y modelar un mundo próspero y pacífico, adecuado a su condición de superpotencia democrática.

La paradoja del poder norteamericano es un compendio y divulgación de todos esos conceptos acuñados durante los últimos treinta años, puestos al día para incorporar, cómo no, la revolución de la información Robert O. Keohane y Joseph S. Nye, Power and Interdependence in the Information Age . Foreign Affairs, 1998, 77, págs. 81-94. Relaciones internacionales , al tiempo que el apóstol de los actores trasnacionales descubre y señala el lado oscuro de esta proliferación de actores no estatales, la serpiente en el paraíso, encarnada en grupos terroristas como el tristemente famoso Al Qaeda. El libro de Nye es una apología del uso benigno y multilateral del poder de la gran superpotencia, incluso en circunstancias tan terribles como las del 11 de septiembre, argumentando lo más convincentemente posible que «la supremacía militar por sí sola no puede producir muchos de los resultados que queremos en muchos de los asuntos importantes para los estadounidenses». Y abogando por el diálogo con los aliados y la cooperación a través de las instituciones internacionales.

Mientras a las palabras de Nye se las llevaba el viento de la guerra, sus adversarios intelectuales de siempre, los realistas, se alzaban con la victoria, ya que su visión del mundo era de nuevo reivindicada. Ya en 1999 el gran gurú del moderno realismo político, el profesor Kenneth Waltz, en una conferencia titulada «Globalization and Governance », desdeñaba el supuesto efecto revolucionario de la globalización sobre el sistema internacional, recordando que «asociar interdependencia, paz, democracia y prosperidad no es nada nuevo». Ya en 1933, el británico Norman Angell se había hecho enormemente popular con la publicación de un libro titulado La gran ilusión, en el que defendía la tesis de que con todos los avances que se estaban produciendo en el mundo, y especialmente con el aumento de los intercambios económicos entre los grandes países, la guerra era prácticamente impensable debido a los grandes costes que tendría para todos destruir la creciente y beneficiosa interdependencia global.

«Ahora –continúa Waltz–, oímos de nuevo desde muchos lugares que la interdependencia ha alcanzado un nuevo hito, trascendiendo los Estados. [...] Que la gente, las empresas, los mercados son cada día más importantes y que los Estados menos. [...] Los intereses económicos se han hecho tan poderosos, que los mercados empiezan a ocupar el lugar de la política en casa y fuera.» Para Waltz toda esa cháchara sobre el temible impacto de la globalización no es más que retórica hueca, aquellos que creen que lo económico reina sobre lo político, que los mercados imponen su voluntad sobre los Estados, están muy equivocados. «La principal diferencia entre la política internacional ahora y en tiempos anteriores no se encuentra en la creciente interdependencia de los Estados, sino en su creciente desigualdad.» Lo que de verdad va a revolucionar nuestro sistema internacional es la existencia de una única superpotencia que, en todas las dimensiones del poder es tan superior a sus posibles rivales. Una situación unipolar que, por cierto, al profesor Waltz, como buen realista, y a diferencia de los halcones neoconservadores de Washington, no le hace especialmente feliz, hasta el punto de considerar que «la presente condición de la política internacional no es natural. Es de esperar que tanto el actual predominio norteamericano como la militarización de los asuntos internacionales disminuya con el tiempo».

La reacción norteamericana a los sucesos del 11 de septiembre ha acabado con las expectativas de cambio en el sistema internacional provocadas por el final de la guerra fría. Tal y como era de esperar desde los postulados de la teoría realista, la «hiperpotencia» ha descubierto que habita en un mundo hostil en el que no puede confiar ni en países ni en instituciones y donde sólo el uso de la fuerza le proporciona la sensación de seguridad que desesperadamente busca. Esta deriva de la política exterior estadounidense va a cambiar el mundo, pero no en la dirección apuntada por Joseph Nye. Una vez más, el conquistador incapaz de desatar el nudo gordiano lo ha cortado con su espada, disolviendo así, con un disparo de misil, la paradoja del poder norteamericano.

01/05/2003

 
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