Comprender el Estado de Israel

What is Modern Israel?

Yakov M. Rabkin

Londres, Pluto Press, 2016

Trad. ing. de Fred A. Reed

228 pp. £16.99

A lo largo de sus siete décadas de existencia, el Estado de Israel se ha presentado como el adalid y protector del conjunto de los judíos, aunque alberga a menos de la mitad de los catorce millones que viven en la actualidad en todo el mundo. Esta narración es aceptada a nivel internacional, especialmente en Occidente, y contribuye a la reticencia a criticar al país, a pesar de su ocupación ilegal y progresiva colonización de tierras que deberían formar parte de un futuro Estado palestino. En los últimos tiempos, al miedo a acusaciones de antisemitismo y sentimientos de culpa por la persecución de los judíos en Europa se ha unido la percepción de hacer frente al enemigo común del terrorismo yihadista.

Esta valiente obra pone en tela de juicio la narración israelí y nos recuerda que no todos los judíos son sionistas. Yakov Rabkin es un judío practicante canadiense, profesor de Historia, y feroz crítico del que considera inapropiado denominar «el Estado hebreo». Su obra What is Modern Israel? –que apareció inicialmente en francés en 2012 bajo el título Comprendre l’État d’Israël– resume la trayectoria del sionismo desde sus orígenes hasta nuestros días y cita una gran cantidad de documentos, sobre todo de fuentes judías, para respaldar sus argumentos.

Rabkin advierte de que el sionismo representó una ruptura radical con el judaísmo. Tradicionalmente, la base de la identidad judía había sido la adhesión a la Torá, y el eventual regreso a la Tierra Prometida era concebido como el resultado de una decisión divina. De hecho, el proyecto sionista no nació en un ambiente judío, sino protestante. Una lectura literal de ciertos versos de la Biblia (Génesis 5: 18-21«En aquel día el Señor hizo un pacto con Abram. Le dijo: “A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río, el Éufrates. Me refiero a la tierra de los quenitas, los quenizitas, los cadmoneos, los hititas, los ferezeos, los refaítas, los amorreos, los cananeos, los gergeseos y los jebuseos”».) condujo a vincular el regreso de los judíos a la Tierra Prometida con la Segunda Venida de Cristo.

Así, desde las primeras décadas del siglo XIX, diversos grupos protestantes británicos promovieron el asentamiento de judíos en Palestina. Por otra parte, ciertos políticos juzgaron útil establecer una cabeza de puente de los intereses británicos en Oriente Medio y, ya en 1845, la Oficina Colonial había comenzado a diseñar planes para un protectorado británico en Palestina que supondría la deportación de la población local árabe para hacer sitio a colonos judíos. Hoy en día Israel sigue contando con la financiación y el apoyo político de ciertas denominaciones protestantes, particularmente crucial en Estados Unidos, donde la idea de que ese Estado encarna la promesa de Dios al pueblo judío es mucho más común entre los evangelistas blancos que entre los judíos (82% frente a 40%, según cifras citadas por Rabkin).

El sionismo tardaría varias décadas en encontrar paladines judíos. Los que vivían en Occidente no habían sido ajenos al proceso de secularización que se produjo en Europa a lo largo del siglo XIX, y muchos habían ido asimilándose. No obstante, se encontraron con el obstáculo del nacionalismo étnico, que impedía que fuesen completamente aceptados, y en Europa del Este sufrieron, además, terribles pogromos. Por ello, algunos intelectuales judíos decidieron que la mejor estrategia era convertirse en una nación como las demás y adoptaron el sionismo, invocando el Antiguo Testamento para obtener el patrocinio de las elites protestantes y venderse mejor a los judíos «todavía sumidos en las prácticas del pasado», como escribiría Theodor Herzl. El académico israelí Amnon Raz-Krakotzkin resumió sarcásticamente la actitud de los fundadores de sionismo con la frase: «Dios no existe, y nos prometió esta tierra».

Sin embargo, los sionistas tuvieron muchas dificultades para que su proyecto fuese aceptado por otros judíos. Los religiosos lo tachaban de herejía; muchos laicos lo veían como una amenaza a su integración en las sociedades occidentales; los socialistas lo criticaban como un intento de distraer a las masas judías de sus reivindicaciones sociales. En 1897, el primer congreso sionista se encontró con tal oposición por parte de los judíos alemanes que hubo de ser trasladado a Suiza. Al otro lado del Atlántico, destacadas personalidades de la comunidad judía presentaron una petición al presidente Woodrow Wilson en 1919, rechazando los intentos de segregar a los judíos en una entidad política propia, «en Palestina o en cualquier otro lugar». A nivel práctico, un porcentaje ínfimo de los judíos de Europa del Este que decidieron emigrar huyendo de los pogromos eligieron como destino Palestina; la inmensa mayoría optaron por Norteamérica.

Paradójicamente, los sionistas asimilaron el discurso antisemita de pensadores occidentales como Voltaire o Fichte. Presentaban al judío tradicional como un ser débil y degenerado que en Palestina se convertiría en un «nuevo hebreo»: el «judío muscular» exaltado por Max Nordau durante el segundo congreso sionista, en un discurso que eligió introducir con música del compositor alemán –y notorio antisemita– Richard Wagner. La transformación requería desechar la cultura de la diáspora, incluido su elemento más emblemático, el yiddish, que fue reemplazado por el hebreo. Durante dos mil años este había sido un lenguaje de liturgia, y el sionista de origen lituano Eliezer Ben-Yehuda fue el principal creador de una forma simplificada tan alejada de sus raíces que algunos lingüistas ni siquiera la consideran una lengua semítica: el hebreo moderno.

Por otro lado, los líderes sionistas no dudaron en explotar los prejuicios antisemitas europeos para impulsar su proyecto. Por ejemplo, Lord Balfour, autor de la famosa Declaración que lleva su nombre, era conocido por sus posiciones contrarias a la inmigración judía en Gran Bretaña. Los principales artífices de dicha Declaración, Chaim Weizmann y Nahum Sokolow, consiguieron el respaldo del entonces ministro de Asuntos Exteriores británico, alimentando su obsesión con el supuesto poder de la «judería internacional», y omitiendo mencionar que el movimiento que representaban tenía escaso apoyo entre los propios judíos.

En relación con la persecución nazi, Rabkin revela el cinismo de los líderes sionistas, que sólo estaban interesados en salvar a judíos jóvenes, sanos y dispuestos a viajar a Palestina. Condena, además, la instrumentalización del Holocausto, primero para justificar la creación del Estado de Israel, y desde entonces para atacar a los críticos de sus políticas. Denuncia el tratamiento de los judíos sefardíes, que a su llegada a Israel fueron sometidos a un proceso de desculturización que ha sido descrito como un «genocidio cultural». Deplora, asimismo, el tratamiento de los palestinos: su limpieza étnica durante la creación del Estado de Israel; la ocupación y colonización de Cisjordania; la discriminación y hostilidad que sufren los israelíes árabes (alrededor de la quinta parte de la población). Y rechaza explicaciones esencialistas de la animadversión que resulta de esta situación, recordando que el antisemitismo musulmán surgió como respuesta al sionismo.

Rabkin reconoce que el sionismo se ha convertido en la ideología dominante entre los judíos. Lo atribuye a que, para muchos, la lealtad a Israel ha remplazado al judaísmo como núcleo de su identidad, pero también al acoso moral, económico e incluso físico que sufren sus detractores. Sin embargo, ve cierta esperanza en la propagación de posturas postsionistas entre los judíos, especialmente en el propio Israel, donde se han alzado voces que se refieren al sionismo como un anacronismo y un obstáculo para que el país se convierta en una sociedad pluralista moderna. Nuestro autor concluye su convincente alegato instando a que se deje de considerar a Israel la culminación de la historia bíblica, o un milagroso renacer tras el Holocausto nazi, y que el país sea tratado (y juzgado) como cualquier otro. Su petición parece eminentemente razonable.

Ana Soage ha vivido en varios países europeos y árabes, y tiene un doctorado europeo en Estudios Semíticos. Enseña Ciencias Políticas en la Universidad de Suffolk, coedita varias publicaciones académicas y colabora como analista senior en la consultoría estratégica internacional Wikistrat.

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Ficha técnica

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