ARTÍCULO

En la tradición del realismo feísta

Premio El Ojo Crítico de RNE
Alfaguara, Madrid, 443 págs.
 

El madrileño Fernando Royuela es una de esas nuevas voces (y joven todavía: nació en 1963) que ha entrado como al asalto, en una irrupción casi masiva y por ello desconcertante, en el efervescente estado de la novela española actual. De ese confuso panorama, del que daba testimonio reciente una enciclopédica y significativa antología, Páginas amarillas (Madrid, Ed. Lengua de Trapo, 1997), en la cual no falta su nombre, quedarán pocos narradores, pero no sería de extrañar que uno de ellos fuese él. Porque si la pasión por la escritura y la búsqueda de una originalidad contracorriente son requisitos necesarios (claro que no suficientes) de todo autor auténtico, Royuela los posee. Esa es, a mi parecer, la marca notable de su tercera, ambiciosa, arriesgada y densa novela, La mala muerte. Pero dicho esto en elogio y estímulo del narrador, también hay que advertir los desequilibrios palpables en la obra.

La mala muerte es una ficción imaginativa que quiere ser, ante todo, la historia curiosa de un no menos curioso personaje y, a la vez, un recorrido crítico, ácido, a través del último medio siglo de vida española. El protagonista, Goyito, un enano cruel, pasa, en ese tiempo, del estado de mayor menesterosidad al encumbramiento económico; va de la marginalidad oprobiosa al círculo selecto de los poderosos. Hay en ese recorrido un repaso de la trayectoria moral de nuestro país en la postguerra, jalonado con referencias explícitas a muchos de los sucesos políticos capitales de ese período y un apuntar con el dedo a ciertos modelos empresariales y financieros de moda. Hay, también, por debajo, una pregunta sobre la esencia de la vida, acerca de la cual se interroga directamente el enano y se responde con un sentido existencialista: es, explica, apenas nada, la memoria de pequeños hechos, «la consciencia de que todo está escrito, hasta la llamarada final del universo».

Este recuento autobiográfico se dirige a un tú innominado que al final del relato se identifica con el propio lector de la novela, quien, de este modo, se convierte en su árbitro. Con ello tenemos una reactualización novedosa del planteamiento del Lazarillo de Tormes, pues un destinatario real asume el mismo papel que el secreto Vuesa Merced de la cuna de la picaresca. No se trata de una analogía forzada, pues otros indicios llevan a vincular la obra de Royuela con el anónimo renacentista. Goyito sigue la trayectoria de un pícaro emblemático, aunque resuelta aquí, eso sí, con un triunfo material. Incluso los orígenes de ambos protagonistas, el de ayer y el actual, se parecen como gotas de agua: la madre del enano es una puta y el padre algún cliente desconocido.

Frente a la tendencia de la actual narrativa española a buscar modelos foráneos, Royuela se inserta en la tradición hispana por otros varios vínculos, aparte el mencionado. Llegan a él ecos de Quevedo, hay huellas solanescas, una influencia permanente –lo mismo en lo anecdótico que en lo expresivo– de Cela y, en general, coincidencias con el tremendismo de los cuarenta. Si el desprecio o la ignorancia por la propia tradición son negativos para un autor, su enlace mimético con ella puede tener malas consecuencias. Es el caso de nuestro autor, quien podría haber adoptado una postura menos repetitiva respecto de sus vínculos con esas formas de realismo feísta.

De ahí que La mala muerte acumule un exceso de «celismo» agobiante. Esa perspectiva cubre el contenido anecdótico, relleno de materiales con frecuencia vigorosos, pero también desiguales y, en la suma total de la novela, pesados y abusivos. ¿Cuántas veces dice el narrador de alguien, incluido él mismo, que es un hijo de puta? No merece la pena contarlas. ¿Cuánta violencia, mierda, escatología, sangre, furor, sadismo, prepotencia... se desparrama por el libro? La que se quiera. ¿Cómo se acerca a esa materia el autor? Recreando escenas de primitivismo carpetovetónico: un acto blasfematorio sucio en una iglesia, una guarrada sexual perpetrada por un panadero en su trabajo, múltiples anécdotas con almorranas, deyecciones, tripas fuera, cuerpos ensangrentados, chochos, falos, culos... Esta especie de casticismo plebeyo resulta hoy inocentón y anticuado, y produce pena que el autor gaste en ello sus indudables dotes inventivas.

Se trata, en el nivel de las anécdotas, de una falta de contención imaginativa, de un no calibrar la dimensión oportuna de los sucesos, que tiene su correspondencia, en el nivel verbal, en una prosa de eficacia narrativa muy discutible. Este enano autodidacta e inculto –por mucho que se adorne con citas y lecturas de poetas– hace afirmaciones de este tipo: «Las aberraciones psíquicas del sexo en toda época han echado pábulo», o una chica «me ha dedicado una mirada pódroma [sic], borbolleada en morbidez». Ambas citas son sólo un par de muestras de una permanente tendencia al envaramiento expresivo, a una disposición constante a comparaciones y juegos metafóricos, y a un verbalismo incontenido e innecesario, no carente tampoco de caídas aisladas en impropiedades lingüísticas. Se agradece esta voluntad de estilo de Royuela, cuando tantos colegas suyos jóvenes se gastan una auténtica precariedad idiomática. Pero la lengua de su novela ni es verosímil ni oportuna dentro de una prosa narrativa.

No le pongo este rosario de pegas a Fernando Royuela porque desee resaltar sus buenas intenciones fallidas. Para ello no merecería la pena ni gastar el espacio de esta revista ni el esfuerzo de un servidor. Lo hago porque creo que en La mala muerte hay un narrador bien dotado, amigo del trabajo, que cree en la literatura como algo serio, y que tiene reverencia y amor al idioma. Esas cualidades y disposición merecen un respeto y éste se manifiesta prestándole interés y confiando en que su próximo libro alcanzará la madurez.

01/08/2000

 
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