ARTÍCULO

Los otros cristianos

Ares y Mares. Crítica, Barcelona, 296 págs.
Trad. de Mercedes García Garmilla
 

En 1897, dos investigadores británicos, Bernard P. Grenfell y Arthur S. Hunt, realizaron una excavación en un antiguo vertedero de basura en el yacimiento de la ciudad grecorromana de Oxirrinco en Egipto (la moderna el-Bahnasa) y descubrieron el mayor alijo de antiguos papiros encontrado jamás en lugar alguno. La publicación de estos papiros comenzó en 1897 y aún sigue su curso. El primero en publicarse, conocido como P. Oxy. 1, consiste en una sola hoja de un códice de papiro datable en una fecha tan temprana como el siglo II y tiene inscripciones en griego en ambas caras, que contenían lo que Grenfell y Hunt calificaron de «Dichos de Nuestro Señor». Otro fragmento de papiro con «nuevos dichos [adicionales] de Jesús» se publicó en 1904 junto con ocho pequeños fragmentos de «un evangelio perdido». Los estudiosos repararon, como era de esperar, en estos papiros, muy fragmentarios, y aparecieron incluidos en colecciones de escritos «apócrifos» del Nuevo Testamento, aunque el público no les prestó una especial atención.

Todo ello cambió en 1945, cuando unos granjeros egipcios estaban cavando en el desierto en busca de nitratos fertilizantes a los pies de una enorme roca a unos diez kilómetros de la moderna ciudad de Nag Hammadi. Desenterraron una gran jarra de arcilla que contenía doce códices en papiro encuadernados en piel y parte de un decimotercero, todos ellos escritos en copto, la forma más reciente de la antigua lengua de los faraones. Se trata de un alfabeto griego modificado e incluye en su vocabulario numerosas palabras griegas. Estos libros del siglo IV , que contienen cuarenta y seis tratados diferentes de diversa extensión, la mayoría de ellos hasta entonces desconocidos, conforman lo que actualmente se denomina la Biblioteca Nag Hammadi. La mayoría son escritos «gnósticos» tenidos por heréticos por los antiguos padres de la Iglesia. La publicación de estos escritos comenzó en los años cincuenta.

El segundo tratado del Códice II de Nag Hammadi consiste en una colección completa de 114 dichos atribuidos a Jesús, con el título «El Evangelio según Tomás». La publicación de este evangelio en 1959 hizo posible que los estudiosos mostraran que los papiros de Oxirrinco proceden de tres copias griegas diferentes del evangelio de Tomás, cuyo texto completo se conserva ahora únicamente en la forma de la traducción copta perteneciente a la colección Nag Hammadi. Este «evangelio perdido» ha suscitado una enorme atención, no sólo por parte de los estudiosos, sino también del público en general, y se ha traducido a varios idiomas en todo el mundo.

El pasaje inicial nos dice algo del contenido de Tomás que, al contrario que otros evangelios, está integrado únicamente por dichos, sin ninguna narración de los hechos, la muerte y la resurrección de Jesús:

Estos son los dichos secretos que el Jesús vivo dijo y que Dídimo Judas Tomás escribió. Y dijo: «Quien encuentre la interpretación de estos hechos no vivirá [lit. "probará"] la muerte».
Jesús dijo, «Que quien busca no deje de buscar hasta que encuentre, y cuando encuentre se turbará, y cuando esté turbado se maravillará y reinará sobre el todo».

El dicho conclusivo se ha traducido del siguiente modo:

Simón Pedro les dijo: «Que María [Magdalena] nos deje, pues las mujeres no son dignas de la vida». Jesús dijo: «Yo la guiaré para que se convierta en varón, para que también ella se haga un espíritu vivo semejante a vosotros, varones. Pues cada hembra que se convierte en varón entrará en el Reino de los Cielos».

Entre medias hay otros dichos que suenan nuevos a los lectores del Nuevo Testamento, pero también algunos que son familiares, con paralelismos en los evangelios sinópticos del Nuevo Testamento (Marcos, Mateo, Lucas) y Juan.

De todos los textos de Nag Hammadi, el evangelio de Tomás ha dado lugar con mucho al corpus más amplio de estudios por parte de los expertos, así como a la mayor variedad de enfoques e interpretaciones. No sabemos con certeza quién lo escribió o lo compiló, y los estudiosos difieren enormemente en cuanto a su status literario (una colección de dichos, fragmentos de un comentario perdido, un «evangelio»), su carácter religioso («gnóstico», «místico», judío, antijudío, filosófico), su fecha (mediados del siglo I a finales del siglo II ), idioma original (griego o siríaco), su lugar de origen (Siria, Palestina, Egipto) y su relación con los evengelios del canon del Antiguo Testamento (dependiente de ellos o independiente).

En Beyond Belief, Elaine Pagels, la autora del galardonado libro Los evangelios gnósticos (Barcelona, Crítica, 1990), presenta una persuasiva interpretación de Tomás. Pero, en realidad, el tema principal del libro no es Tomás y esto es lo que lo hace especialmente importante. En él, Pagels cuenta la historia de cómo la religión cristiana, en su origen multiforme y diversa y centrada en el amor de Dios y el prójimo, pasó a ser una institución que exigía conformidad con un sistema fijo de creencias «ortodoxas». Lo que hace que su libro resulte especialmente fascinante es que aporta una gran parte de su propia experiencia personal, no sólo como estudiosa, sino como una persona que, a pesar de la historia de la religión cristiana, es capaz de abrazar ésta a su manera.

En su capítulo inicial («De la fiesta del ágape al Credo niceno») nos cuenta cómo encontró consuelo en los servicios de una iglesia de Nueva York después de que a su hijo Mark le diagnosticaran una fatal enfermedad. Al mismo tiempo, se preguntó «cuándo y cómo ser cristiano pasó a ser virtualmente sinónimo de aceptar un conjunto determinado de creencias». Y plantea el siguiente interrogante: «¿Qué es lo que amamos de la tradición cristiana, y qué es lo que no podemos amar?

Según la visión de Pagels, los primeros cristianos estaban unidos, en su devoción a Jesús, en una única cosa: la necesidad de tender la mano a los demás como «hermanos y hermanas», creando así una nueva familia unida no sólo en la oración, sino también en actos de amor hacia los cristianos y hacia otras personas por igual, incluidos sus perseguidores. En asuntos de fe existía un grado asombroso de diversidad y los textos de Nag Hammadi aportan testimonios de cristianos que «se consideraban no tanto creyentes como buscadores , personas que "buscan a Dios"».

Pagels presenta a continuación su propia interpretación de Tomás, comparando este evangelio con el evangelio canónico de Juan. La diferencia entre los dos evangelios es un tema fundamental de su libro. Cuenta su experiencia, siendo una estudiante de doctorado en Harvard, al leer algunos de los textos de Nag Hammadi recién publicados, en los que encontró un «poder espiritual inesperado». Cita como ejemplo el dicho número 70 de Tomás:

Jesús dijo: «Si sacáis lo que hay dentro de vosotros, aquello que saquéis os salvará. Si no sacáis lo que hay dentro de vosotros, aquello que no saquéis os destruirá».

El Jesús de Tomás, escribe, constituye un reto para los cristianos que «confunden el reino de Dios con un lugar de otro mundo o un acontecimiento futuro». Según uno de los pasajes del evangelio que cita,

Jesús dijo: «Si quienes os guían os dicen, "Mirad, el reino está en el cielo", entonces las aves del cielo os precederán. Si os dicen, "Está en el mar", entonces los peces os precederán. El reino está más bien dentro de vosotros y está fuera de vosotros. Cuando lleguéis a conoceros entonces seréis conocidos y os daréis cuenta de que sois vosotros los hijos del padre vivo. Pero si no llegáis a conoceros, vivís en la pobreza y sois vosotros esa pobreza».

El estudio de Pagels del evangelio de Tomás en comparación con el Evangelio de Juan le ha llevado a concluir que el de Juan, escrito en torno a la misma época que el de Tomás (entre 90 y 100 d.C.), no sólo contradice abiertamente en muchos aspectos lo que se encuentra en los otros evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas), sino que también contradice aspectos que se encuentran en Tomás. Juan refleja un debate entre los primeros cristianos sobre quién es Jesús e insiste en que Jesús es al tiempo único y divino, algo que no se encuentra en los otros evangelios. Tomás contiene enseñanzas que reflejan los puntos de vista de los «cristianos de Tomás», que creían que «la luz divina encarnada por Jesús es compartida por la humanidad, ya que todos estamos hechos "a imagen de Dios"». Estos cristianos veían en Tomás a su autoridad apostólica, al igual que otros cristianos veneraban a Pedro, o a Pablo, o a Juan, o a Santiago, el hermano de Jesús.

Pagels encuentra en el evangelio de Tomás una serie de dichos que elige como la clave para su interpretación, muchos de los cuales reflejan una interpretación de los pasajes iniciales del Génesis. Cuestionando a quienes se empeñan en preguntar por los «últimos días» o el «fin de los tiempos», el Jesús de Tomás les señala el comienzo y sus propios orígenes:

Los discípulos le dijeron a Jesús: «Dinos cómo será nuestro fin». Jesús dijo: «¿Acaso habéis descubierto el origen, ya que buscáis el fin? Porque allí donde está el principio estará el fin. Bendito sea quien ocupe su lugar en el principio; él conocerá el fin y no vivirá la muerte».

Sus discípulos le dijeron: «Muéstranos el lugar donde estás, porque es necesario que lo busquemos». Él les dijo: «Quien tiene oídos, que oiga. Dentro de un hombre de luz hay luz, y él ilumina el mundo entero. Si no brilla, él es oscuridad».

Jesús dijo: «Si os dicen, "¿De dónde venís?", decidles, "Vinimos de la luz, el lugar donde la luz surgió por sí sola y se asentó y se manifestó por medio de su imagen"».

Pagels observa que Juan, especialmente en su prólogo, interpreta los mismos textos del Génesis, pero de un modo radicalmente diferente. Escribe:

Para Juan, identificar a Jesús con la luz que surgió «en el principio» es lo que lo hace único, el «único hijo engendrado por Dios». Juan lo llama la «luz de toda la humanidad» y cree que sólo Jesús trae luz divina a un mundo sumido de lo contrario en la oscuridad. Juan dice que sólo podemos sentir a Dios por medio de la luz divina encarnada en Jesús. Pero ciertos pasajes del evangelio de Tomás llegan a una conclusión muy diferente: que la luz divina encarnada por Jesús es compartida por la humanidad, ya que todos estamos hechos «a imagen de Dios». Tomás expresa así lo que habría de convertirse en un tema central del misticismo judío –y, más tarde, cristiano– mil años después: que la «imagen de Dios» se halla oculta dentro de cada uno de nosotros, aunque la mayoría de las personas no son conscientes de su presencia.

Al insistir en que Jesús es el Hijo único de Dios y que la salvación se basa exclusivamente en creer en Jesús, Juan está también cuestionando la visión contraria de los «cristianos de Tomás». Pagels observa que es en Juan donde encontramos a Tomás repudiado como un «Tomás que duda». Tras la crucifixión, Tomás no se halla entre el grupo de discípulos a los que se aparece Jesús y a quienes confiere el espíritu santo. Tomás se niega a creer que Jesús ha resucitado y más tarde Cristo resucitado le reprende en otra aparición: «No seas infiel sino creyente». Tomás se ve finalmente obligado a capitular: «¡Señor y Dios mío!».

¿Cómo consiguió prevalecer el parecer de Juan en la iglesia primitiva? La respuesta de Pagels es, en realidad, bastante complicada. Señala que, durante el siglo II , el evangelio de Juan no se aceptaba o utilizaba en todas partes entre los cristianos. De hecho, muestra que fue abiertamente repudiado por algunos, incluido un presbítero romano de nombre Gayo.

Fue un cristiano asiático trasplantado, San Ireneo, obispo de Lyon en la Galia romana, quien «se convirtió en el principal arquitecto de lo que llamamos el canon de los cuatro evangelios». Ireneo había sido discípulo de Policarpo, obispo de Esmirna, quien, a su vez, decía haber conocido al apóstol Juan. El más importante de los escritos de Ireneo es la obra en cinco volúmenes Contra las herejías , escrita en torno a 185, en la que expone y refuta lo que considera creencias heréticas o desviadas. Ireneo escribió de resultas de su preocupación por la unidad de la «Iglesia católica» y el peligro de cisma que representaban las creencias heréticas. En Contra las herejías argumenta en contra de los cristianos que tienen un solo evangelio, o demasiados, o los erróneos (de los que existían muchos, incluido el de Tomás). «Declaró audazmente –escribe Pagels– que "el evangelio", que contiene toda la verdad, puede sustentarse sólo en estos cuatro "pilares", esto es, los evangelios atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan». «Para Ireneo –escribe Pagels– Juan no era el cuarto evangelio, como hoy lo llaman los cristianos, sino el primero y principal de los evangelios, porque [Ireneo] creía que sólo Juan comprendió quién es realmente Jesús: Dios en forma humana».

Pero, ¿qué sucede –pregunta Pagels– cuando algunos cristianos aceptan el evangelio de Juan pero lo leen del modo equivocado? En su respuesta, Ireneo vuelve a desempeñar un papel protagonista. Lo que resulta especialmente interesante en esta historia es que los primeros comentaristas cristianos del evangelio de Juan fueron los «herejes» gnósticos Valentín y sus discípulos Ptolomeo y Heracleon (el primer libro de Elaine Pagels se centraba en el comentario de Heracleon, The Johannine Gospel in Gnostic Exegesis: Heracleon's Commentary on John ). Lo que Ireneo encontró objetable en sus interpretaciones es que iban más allá del sentido literal del texto y lo interpretaban espiritualmente. Un ejemplo de este tipo de interpretación especialmente hermoso es una homilía meditativa escrita probablemente por el propio Valentín, el Evangelio de la Verdad, al que puede accederse ahora en una traducción copta contenida en el Códice I de Nag Hammadi.

El pasaje inicial reza:

El Evangelio de la verdad es alegría para quienes han recibido del Padre de la verdad el don de conocerlo por medio del poder de la Palabra que surgió del pleroma [«plenitud»], a aquel que está en el pensamiento y la mente del Padre, esto es, aquel que es llamado el Salvador, [porque] es el nombre de la obra que ha de llevar a cabo para la redención de quienes eran ignorantes del Padre, mientras que en el nombre [de]l evangelio es la proclamación de la esperanza, que se vuelve un descubrimiento para quienes lo buscan.

Otros «herejes» ampliaron el evangelio de Juan creando nuevos episodios, como la «Danza circular de la Cruz» en los apócrifos Hechos de Juan, una colección de relatos sobre Juan del siglo II inspirados por el evangelio. Jesús aparece retratado la noche anterior a la crucifixión bailando en un círculo con sus discípulos y cantando un himno al que sus discípulos responden «Amén» (podría añadir que esta «Danza circular» forma parte de la liturgia del Viernes Santo de algunas congregaciones gnósticas de California). Otra obra herética inspirada por el evangelio de Juan es el Apocrifón («libro secreto») de Juan, que se conserva actualmente en cuatro versiones coptas.

Ireneo vilipendió las innovaciones de sus oponentes e insistió en que el único modo de evitar el error era aferrarse al «canon de verdad recibido en el bautismo». El canon al que se refiere es un antiguo credo que se pedía que profesaran los candidatos al bautismo cristiano, un credo que, según Ireneo, se utilizaba en la «iglesia católica» en todo el mundo:

En un solo Dios, Padre Todopoderoso, creador de cielo y tierra y los mares [...] y en un solo Cristo Jesús, el hijo de Dios, que se encarnó por nuestra salvación, y en el espíritu santo [...] y en el nacimiento de una virgen, y el sufrimiento, y la resurrección de los muertos, y la ascensión celestial en carne [...] de nuestro amado Jesucristo.

Otra cosa que irritaba a Ireneo era que los herejes profesaban la misma fe pero luego continuaban afirmando que este era sólo el primer paso, ofreciendo rituales adicionales y enseñanzas esotéricas a una élite espiritual. El resultado era que los cristianos estaban dividiéndose y se infligía así un daño en el «cuerpo de Cristo».

Pagels escribe:

Al devaluar lo que tenían en común con otros creyentes y al iniciar a personas en sus propios grupos más reducidos, estos maestros [señalaba Ireneo] estaban creando cismas potencialmente innumerables en los grupos cristianos de todo el mundo, así como en cada congregación. Ireneo concluye declarando que cualesquiera maestros espirituales o profetas que hagan estas cosas son realmente herejes, impostores y mentirosos. Escribe su imponente ataque en cinco volúmenes, Denuncia y refutación del falsamente llamado conocimiento , para exigir que miembros de su congregación dejen de escucharlos y vuelvan al sostén básico de su fe.

Ireneo tuvo una enorme influencia en los círculos eclesiásticos y su portentosa obra conoció una amplia difusión. Han aparecido fragmentos de sus escritos entre los papiros de Oxirrinco, datables dos décadas después de haber sido escritos. Como señala Pagels, «Ireneo contribuyó a construir la arquitectura básica de lo que acabaría siendo el cristianismo ortodoxo». A lo largo de su obra, Pagels quiere mostrar que si tenemos en cuenta escritos como el evangelio de Tomás, y el modo en que quedaron excluidos, entenderemos las omisiones y los defectos de esa arquitectura.

Por lo que a ella respecta, escribe:

Cuando descubrí que ya no creía en todo lo que pensaba que se suponía que habían de creer los cristianos, me pregunté: ¿por qué no olvidarse del cristianismo –y la religión–, como han hecho muchos otros? Pero a veces encontraba, en iglesias y en otros lugares –en presencia de un venerable monje budista, en los cánticos de un cantor en un bar mitzvah y en excursiones por la montaña–, algo absorbente, poderoso, aterrador incluso, que no podía ignorar, y pude ver que, además de creencia , el cristianismo incluye la práctica , así como caminos hacia la transformación.

Este es el primer párrafo del último capítulo de Beyond Belief («Constantino y la Iglesia católica»). Pagels continúa describiendo sus sentimientos de dicha y solemnidad con motivo de un servicio de Navidad al que asistió con su hermana. A continuación se pregunta: «Si el entendimiento espiritual puede nacer de la experiencia humana, ¿no significa esto que no es más que una invención humana y, en consecuencia, falso?». Esa fue la conclusión de Ireneo al rechazar una experiencia de este tipo como la base de la fe, pero el buen obispo sabía muy bien que había muchos otros cristianos, como Clemente y Origen de Alejandría, que entablaron serias discusiones con discípulos de Valentín e incluso abrazaron algunas de sus creencias. Los maestros «heréticos» otorgaban un gran valor a la experiencia espiritual y a las limitaciones del lenguaje humano para expresar lo inefable. Pagels se refiere a un pasaje en el Apocrifón de Juan, que sugiere que «los seres humanos poseen una capacidad innata para conocer a Dios, pero ésta ofrece únicamente indicios y atisbos de la realidad divina». En opinión de Pagels:

El Libro Secreto sugiere que el relato del nacimiento de Eva a partir de la costilla de Adán habla del despertar de esta capacidad espiritual. En vez de hablar simplemente del origen de la mujer, este relato, leído simbólicamente, muestra cómo el «bendito de las alturas, el Padre» (o, en algunas versiones del texto, el «Padre Madre»), sintiendo compasión por Adán, le envió «una "ayudante", una epinoia [conciencia "creativa" o "inventiva"] luminosa que surge de él, que recibe el nombre de Vida [Eva]».

Como el término griego epinoia («poder mental, inventiva», etc.) no cuenta con un equivalente exacto, Pagels prefiere dejarlo sin traducir, pero entiende que significa algo que «transmite el saber genuino».

Ireneo, por supuesto, no aceptó nada de eso y fue su postura la que se impuso. No fue un argumento teológico lo que produjo ese resultado; fue más bien «la revolución iniciada por el emperador romano Constantino». El historiador de la Iglesia Eusebio cuenta cómo el signo de Cristo (una cruz) se reveló en los cielos la noche antes de una batalla crucial en 312, y Constantino venció. Como consecuencia, Constantino puso fin definitivamente a la persecución de los cristianos y se convirtió en su patrono imperial:

Pero este práctico líder militar optó por reconocer únicamente a aquellos que habían pasado a ser, por entonces, el grupo más amplio y mejor organizado, al que dio el nombre de la «legítima y sacratísima iglesia católica».

La munificencia de Constantino se tradujo en la construcción de hermosas iglesias y privilegios económicos para los obispos católicos.

Pero el emperador también se vio empujado hacia una inminente controversia teológica. Hacia 318, Ario, un miembro prominente del clero de Alejandría, estaba enseñando que la Palabra de Dios (esto es, Cristo, como se dice en Juan 1, 1), aunque divina, no era divina en el mismo sentido que Dios Padre. La controversia subsiguiente provocó que Constantino convocara una reunión de los obispos cristianos en Nicea, una ciudad de Asia Menor. Lo que resultó de aquella reunión fue el Credo niceno, que se incorporó posteriormente a la liturgia de la Iglesia. En ese Credo, por insistencia del obispo Alejandro de Alejandría, se incluyó la doctrina de que Cristo era «de la misma sustancia» (homoousios) que Dios Padre. Esta terminología pretendía refutar las enseñanzas de Ario y sus seguidores. El Credo niceno, aprobado por los obispos, fue refrendado por el emperador, que entretanto había intentado legislar un final para las sectas «heréticas». «El emperador ordenó que todos los "herejes y cismáticos" dejaran de reunirse, incluso en casas privadas, y que entregaran sus iglesias y cualesquiera otras propiedades que tuvieran a la iglesia católica».

El sucesor de Alejandro como obispo de Alejandría fue san Atanasio, cuya tumultuosa carrera incluyó tres períodos en el exilio. En 361 se hallaba firme en su puesto y en 367 escribió su carta más famosa, una carta de Pascua que incluía no sólo un decreto sobre la fecha de la próxima celebración de la Pascua, sino también una lista de los libros canónicos de las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Su lista de los veintisiete libros del Nuevo Testamento se corresponde con el Nuevo Testamento canónico que sigue en uso en la actualidad. Su propósito al crear esta lista era combatir la herejía y limpiar la Iglesia de libros «apócrifos» que descarriaban a los creyentes. Atanasio también aportaba instrucciones sobre cómo leer los escritos canónicos. Pagels comenta:

Aunque Atanasio perseguía el «canon de la verdad», encarnado ahora en el Credo niceno, para salvaguardar la interpretación «ortodoxa» de las Escrituras, su experiencia de los cristianos que disentían de ella mostraba que estos «herejes» podían seguir leyendo las «Escrituras canónicas» de modos que él consideraba no ortodoxos. Para impedir estas lecturas, insiste en que quien lea las Escrituras ha de hacerlo con dianoia, la capacidad de discernir el significado o intención implícitos en cada texto. Por encima de todo, previene a los creyentes para que eviten la epinoia. Lo que otros veneran como intuición espiritual, Atanasio lo declara una capacidad engañosa y excesivamente humana para pensar subjetivamente, de acuerdo con las ideas preconcebidas de cada uno. La epinoia conduce únicamente al error, una postura que la «Iglesia católica» refrendó entonces y que mantiene hasta el día de hoy.

La carta de Atanasio se tradujo al copto y se leyó en todos los monasterios de Egipto. Pagels acepta la teoría defendida por un gran número de estudiosos de que los códices de Nag Hammadi encontrados en 1945 habían sido enterrados por sus propietarios como consecuencia de la proscripción de libros heréticos por parte de Atanasio. Los propietarios en cuestión eran presumiblemente monjes del monasterio pacomio de la antigua Chenoboskia, no lejos del yacimiento.

En las últimas páginas de su libro, Pagels escribe que «lo más duro, y lo más emocionante, de la investigación de los orígenes del cristianismo, ha sido desaprender lo que pensaba que sabía y deshacerme de suposiciones que daba por sentadas».

El libro concluye con la siguiente observación:

Lo que he llegado a amar en la riqueza y diversidad de nuestras tradiciones religiosas –y las comunidades que las sustentan– es que ofrecen el testimonio del descubrimiento espiritual de innumerables personas. De este modo, animan a aquellos que se esfuerzan, en palabras de Jesús, por «buscar, y encontraréis».

El tipo de investigación que llevan a cabo Pagels y otros en su campo suscita también esa pregunta repetida tan a menudo: «¿Y si...?». ¿Y si san Ireneo hubiera incluido en su canon de los cuatro evangelios el evangelio de Tomás en vez del evangelio de Juan? El padre de la iglesia Tertuliano de Cartago, que escribió a comienzos del siglo III , señala que el hereje Valentín gozaba de tan alta consideración en la Iglesia romana de mediados del siglo II que se pensó en nombrarlo obispo. ¿Y si Valentín hubiera sido uno de los papas de Roma?

Este tipo de preguntas carecen, por supuesto, de respuesta. En cualquier caso, lo que muestra el libro de Pagels es que la tradición cristiana es mucho más amplia y rica que sus versiones «oficiales» y ese análisis de textos largo tiempo desconocidos puede resultar revelador para cristianos y no cristianos. Al mismo tiempo, su libro es justo lo que necesitamos quienes preferiríamos cantar el credo antes que recitarlo.

01/02/2004

 
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