ARTÍCULO

La inutilidad de negar la sangre

Anaya, Madrid, 1997
136 págs.
Algaida, Sevilla, 1997
342 págs.
 

Tengo mucha simpatía a Martín Casariego (se entiende que al escritor; no conozco a la persona). Desde una edad temprana (nació en 1962) ha dado muestras de una vocación firme con un puñado de títulos personales e interesantes. Tiene su propio mundo, en torno al conflicto de los sentimientos, que se distingue por una mirada amable sobre la vida, bañada en humor y en algo de escepticismo y desilusión. Además posee un buen instinto de narrador que le permite contar historias con naturalidad y eficacia.

Este conjunto de rasgos se dan la mano en su última narración juvenil, Qué poca prisa se da el amor, que parte del desencuentro de dos adolescentes y termina con sus arrumacos en una feliz tarde sobre el escenario cargado de símbolos risueños de un parque madrileño. El relato habla a gentes de parecida edad que los protagonistas de unas emociones a flor de piel con una calculada falta de malicia. Hay una perfecta correspondencia entre la espontánea y contradictoria explosión del amor y la perspectiva sencilla y entrañable del narrador. El resultado es una historia ágil, de valores positivos, preñada de cordialidad, perspicaz en pequeños matices psicológicos y que deja un perfume de esperanza y ternura. Lo más difícil era que la sentimentalina no degradara un orbe bastante inocente, pero Casariego controla bien los límites de la ingenuidad y el ternurismo, gracias, sobre todo, a ese narrador distanciado por medio de observaciones irónicas y de una lengua salpicada de coloquialismos.

De todos modos, la literatura, visión iluminadora de una vida problemática, no puede encerrarse en la complacencia con esa especie de paréntesis genético de concordia e idealismo de unos personajes que no han dado el salto a la madurez. Éste se produce en la otra novela de Casariego de estos días, La hija del coronel, en la cual podríamos decir que también el autor se hace adulto, conflictivo, desgarrado y construye una historia apasionante y cargada de vida y de duelo. En nada se parece esta obra al tono habitual suyo, cercano al desencanto pero no a la tragedia, en lo que se refiere al contenido. Aquí se lanza a tumba abierta por la pendiente de un drama de amor, sexo, violencia, múltiples horrores y muerte a precio casi de saldo. Esos motivos, enmarcados en un relato de aventuras, tienen un hilo conductor muy simple, las peripecias de un muchacho, José de nombre adoptivo, que se avergüenza de sus padres, cuya pobreza odia. Con el frío propósito de renegar de sus orígenes se enrola en la Legión y estando en ella conoce a la seductora hija del coronel del Tercio melillense. A pesar de la oposición del militar, y de otros obstáculos, prolonga la desigual historia de amor por una mezcla de interés y pasión. Un sentido trágico de la vida implica al joven legionario en algunas atrocidades y, en fin, en un múltiple crimen, que se anuncia al abrir la novela y se revela al concluirla.

Ya en otras ocasiones ha mostrado Casariego un grave peligro, una llamativa irregularidad y un desequilibrio entre fragmentos de sus obras que también lastra de modo incomprensible La hija del coronel. Ésta tiene un arranque muy flojo: se da una visión epidérmica y tópica del ambiente social que rodea a José en una Huelva de señoritos y aparceros miserables y lo mismo sucede con las primeras estampas de su llegada a Melilla. Durante un buen número de páginas al relato le falta tensión, carece de fuerza y, sobre todo, el procedimiento narrativo, que se guía por un criterio de simplicidad, tiene el efecto adverso de resultar de un convencionalismo empobrecedor. Tentado se siente uno a dejar el libro y sólo la fe en el autor sostiene la voluntad de continuar. Merece la pena hacerlo porque esa narración superficial poco a poco va ganando en hondura y, en consecuencia, en interés, hasta llegar al extremo contrario.

Los instintos humanos más primitivos; la psicopatología del poder, la ambición, el engaño, los celos, las aristas nobles o perversas de la lealtad se confabulan para montar una espeluznante historia de venganzas y delirios, en la cual la vida vale menos que nada y el destino marca a las personas con la veleidad inexorable de la rueda de la fortuna medieval. Todo ello se encarna en personajes enterizos, al borde del tipo que asume una sola cualidad: odio, traición, intransigencia, fanatismo, amistad. Esa deliberada y peligrosa caracterización se compensa con rasgos que la equilibran, de modo que si descubrimos un mundo un tanto maniqueo, con malos que lo son sin fisuras, también hallamos el rasgo que devuelve a la vida su complejidad. Un niño, un morito harapiento y silencioso, con el que José tiene pequeñas atenciones, resume el aliento de piedad que corre bajo una anécdota implacable.

Pero no debe subrayarse sólo el creciente vigor de las anécdotas, las situaciones y la plasmación de una maldad en estado casi puro. Lo importante es de qué manera Casariego resurge como un narrador poderoso, capaz de dar consistencia a tanta sinrazón con una enorme fuerza plástica. El horror no se dice, se hace verdad en algunas escenas terribles, que ponen el alma en un puño. El relato de la violencia y el sadismo con que se perpetra la venganza contra unos desprevenidos cabileños merece figurar en la mejor literatura de terror. Ahí alcanzan un hito las mejores virtudes fabuladoras de Casariego.

Los sucesos referidos, apasionantes como materia nutritiva de una dramática historia de amor sirven, además, al auténtico motivo de La hija del coronel, que no es en sí mismo el desarrollo de una pasión, sino el análisis, con los circunloquios y dudas necesarios e inevitables, de una impostura. Ecos clásicos llegan a nuestro autor y José comparte con el Buscón don Pablos una misma voluntad de negar la sangre. El resultado será idéntico, aunque más terrible en Casariego. No niega el autor, porque no lo plantea, la posibilidad de cambiar o mejorar; lo que aborda es el vano propósito de forjar un destino sobre la mentira. Así que esa historia despide un leve aroma moralizador que denuncia y condena el engaño, y viene a proponer, desde el silencio, la ética de la honestidad y el esfuerzo personal, valores que funcionan por ausencia. Eso no se dice así, claro, porque estamos en una novela que primero, y antes de concretar ese sentido, acongoja por la crudeza con que presenta la condición humana.

01/02/1998

 
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