ARTÍCULO

Los engaños de la guerra

Turner, Madrid
Trad. de Gerardo Gambolini
398 pp. 19,9, €
Turner, Madrid
Trad. de Javier Alfaya, Barbara McShane y Javier Alfaya McShane
480 pp. 26 €
 

Resulta irónico que un especialista en la literatura inglesa del siglo xviii –una época tan aparentemente autocomplaciente y desenfadada– haya escrito dos libros tan llenos de rabia. Pero así es. Se trata, claro está, de una rabia muy particular: fina, controlada, casi elegante en su equilibrio clásico. En La Gran Guerra y la memoria moderna esta rabia se mezcla con unas lecturas exhaustivas y un sentido de juicio literario contundente para ofrecer un lamento erudito pero profundo por la última generación de grandes poetas ingleses, condenados entre otros millones de jóvenes europeos a morir por la estupidez e indiferencia de los políticos y generales de turno. En Tiempo de guerra, el tono elegíaco disminuye y la literatura de guerra ocupa menos espacio. En cambio, se asoma el autor en persona para acercar al lector directamente al campo de batalla en vez de aproximarlo a través de los escritos literarios de otros. A pesar de ser dedicados al mismo tema general –la experiencia de la guerra y las diversas formas de expresión literaria en que se transmutó esa experiencia– son dos libros muy diferentes, tanto en concepción como en sus énfasis específicos.
La táctica central de La Gran Guerra es una confrontación sistemática entre la interpretación literaria de la guerra en Gran Bretaña por parte de escritores bien conocidos como Rupert Brooke, Robert Graves, Siegfried Sassoon, Isaac Rosenberg, Wilfred Owen y Edmund Blunden, con los escritos autobiográficos de un abanico amplísimo de –aquí suena especialmente bien la reveladora expresión inglesa– «oficiales y otros rangos». El resultado es una exploración pormenorizada y compleja no sólo de los cambios en los modos poéticos y memorialísticos que introdujo el encuentro con el hasta entonces desconocido horror de la guerra moderna. También son objeto de detenida atención los recursos culturales preexistentes de los que se nutrían los soldados-escritores, desde los poetas canonizados en el Oxford Book of English Verse hasta prosistas como John Bunyan, cuyo Pilgrim’s Progress era, afirma Fussell, «el único libro que conocía todo el mundo». Una de las muchas tragedias señaladas por el autor es que estos poetas y autobiógrafos –muchos de los cuales murieron en la contienda– formaban parte de la última generación que vivía en común una relación tan intensa con las fuentes tradicionales de la literatura inglesa. La violenta ruptura de esta línea de continuidad educativa que supuso la guerra acabó dotando al modernismo literario y artístico de una mayor agresividad en su desafío a las tradiciones heredadas del pasadoNo sorprende que otro de los estudios de Fussell –Abroad: British Literary Traveling Between the Wars (Nueva York, Oxford University Press, 1980)– vincula el modernismo literario y los desplazamientos de los escritores en los años veinte y treinta con el impacto traumático de la Primera Guerra Mundial..
Fussell somete a rigurosa inspección todos los mitos asociados con la «gran» guerra y la literatura que engendró. Los resultados de este ejercicio iconoclasta son inapelables. Desembocan en un libro cáustico en su sutil pero despiadada hostilidad hacia las estructuras de poder que llevaron a la muerte a toda una generacion de jóvenes, y con el tiempo condenaron a sus descendientes a repetir la misma experiencia veinte años después.
Que Fussell fuera uno de esos descendientes no es un hecho irrelevante. No cabe duda de que una buena parte de la fuerza de La Gran Guerra deriva de las referencias escuetas pero frecuentes a la propia experiencia bélica de su autorFussell no se encuentra solo en este afán autobiográfico. Entre las muchas memorias de la Segunda Guerra Mundial publicadas recientemente por historiadores y críticos literarios norteamericanos señalaría a Forrest C. Pogue, Pogue’s War: Diaries of a WWII Combat Historian (Lexington, University Press of Kentucky, 2001); Samuel L. Hynes, Flights of Passage: Recollections of a World War II Aviator (Nueva York, Pocket, 2003) y Victor Brombert, Trains of Thought: From Paris to Omaha Beach, Memories of a Wartime Youth (Nueva York, Norton, 2003).. El hecho de haber participado en la Segunda Guerra Mundial como soldado de infantería le dota no sólo de una autoridad singular, sino también de una perspectiva muy particular. Le ayuda, por ejemplo, a saber distinguir la verdad vista a ras de suelo de las mentiras vertidas en la propaganda oficial. Precisamente esta propaganda y el mito estilo-Hollywood de la eficiencia, omnicompetencia e incluso nobleza de la maquinaria bélica norteamericana están en el punto de mira de Tiempo de guerra. Su denuncia, a partir de un despiadado análisis de la realidad de la guerra en todas sus facetas, y de la «profunda deficiencia de imaginación» y «falta de madurez pública» de la sociedad y política norteamericanas se remonta sobre todo al tipo de crítica cultural practicada por H. L. MenckenEl descubrimiento de los escritos de Mencken fue un acontecimiento importante para el joven Fussell, según narra en su autobiografía Doing Battle: The Making of a Skeptic (Boston, Little Brown, 1996), pp. 72 y ss., 112 y 237 y ss. Es de esperar que el editor complete con este tercer y último tomo la publicación en castellano de un ciclo tan esclarecedor de escritos sobre las guerras del siglo xx.. Por un lado, Fussell insiste en el carácter absurdo de la guerra como experiencia. El campo de batalla es un lugar de error, no de eficiencia; la sociedad moderna motiva a sus ciudadanos a luchar no a través de la evocación de sus ideales, sino aplicando las técnicas más refinadas de la censura, la mentira y hasta la más crasa publicidad comercial. Por otro lado, el autor rebaja las pretensiones de la segunda de las guerras mundiales, contrastándola siempre desfavorablemente con respecto a la primera. Si la Primera Guerra Mundial era el último conflicto que había producido poesía que merecía la pena leer, su sucesora sólo produce silencio. Este cambio se debía sobre todo a la devaluación y el descrédito en que había caído el mismo lenguaje, un tema muy caro otra vez a Mencken, a Karl Kraus, a Freud y a los otros grandes pensadores que se dedicaron a reflexionar sobre la degradación de las diversas culturas occidentales que trajo consigo la guerra moderna.
Pocas monografías de crítica literaria han tenido el mismo impacto que tuvo y sigue teniendo La Gran Guerra desde su publicación en inglés en 1975. Su influencia es palpable en todos los campos en que en los últimos años se ha producido una profunda revisión de nuestro conocimiento de una guerra que, hasta hace poco, languidecía más bien en la sombra de la hecatombe sucesora de 1939-1945. En disciplinas tan diversas como la historia y la psicología, e incluso en la ficción actual, no sólo va imponiéndose una lectura cultural más que estrictamente militar o política de los acontecimientos bélicos. También va cobrando cada vez más fuerza la creencia de que la Primera Guerra Mundial fue la peor catástrofe de un siglo lleno de catástrofesPara una amplia revisión de la última generación de estudios históricos sobre la Primera Guerra Mundial, véase Belinda Davis, «Experience, Identity, and Memory: The Legacy of World War I», Journal of Modern History, vol. 75, núm. 1 (marzo de 2003), pp. 111-131. De entre las muchas novelas recientes dedicadas a esta guerra, señalaría en particular la extraordinaria trilogía de Pat Barker –Regeneration (1991), The Eye in the Door (1993) y The Ghost Road (1995)– en la que la autora se revela repetidamente como lectora muy atenta del libro de Fussell. Tampoco es casualidad que los protagonistas de su serie –los poetas Sigfried Sassoon y Wilfred Owen, además de W.H.R. Rivers, el médico, antropólogo y psicoanalista pionero que les atendió en el hospital escocés de Craiglockhart– hayan sido objeto de una atención renovada en los últimos años. Entre los muchos estudios de la transformación de la psicología durante la guerra, véanse John E. Talbott, «Soldiers, Psychiatrists, and Combat Trauma», Journal of Interdisciplinary History, vol. 27, núm. 3 (1997), pp. 437-454; Peter Leese, Shell Shock: Traumatic Neurosis and the British Soldiers of the First World War (Nueva York, Pakgrave Macmillan, 2002), y P. Lerner, Hysterical Men: War, Psychiatry, and the Politics of Trauma in Germany, 1890-1930 (Ithaca, Cornell University Press, 2003).. Obtuvo esta poco envidiable distinción tanto por la profundidad de los destrozos hechos en las pautas de comportamiento tenidas hasta aquel momento por civilizadas como por su papel tan lamentablemente fecundo en la generación de otras tragedias colectivas.
Ambos libros rebosan una lucidez amarga y una fría pasión poco común en la escritura académica. Igual de singular es su proveniencia, de esa otra América, la que nos recuerda con elocuente ironía –no es ninguna casualidad que, según el autor, la ironía haya sido el modo retórico preferido desde la Primera Guerra Mundial– que las mentiras y las falsedades que tanta discusión provocan hoy en día en Washington no son precisamente una novedad. Sus raíces las encontramos –como precisó el propio Fussell en una intervención reciente en la Universidad Autónoma de Madrid– en la tan profunda caída de nivel que supusieron esas dos guerras que alteraron para siempre la escala del horror de los grandes conflictos y las formas de expresión poética a las cuales recurrían los seres humanos para mantenerse como tales.

01/08/2008

 
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