ARTÍCULO

La función no hace el órgano

 

La carrera literaria de Espido Freire parece dominada por la sorpresa. Su primera novela, Irlanda (1998), sorprendió gratamente a la crítica y obtuvo el apoyo del público, lo que le abrió el mercado para seguir publicando nuevos títulos y obtener premios como el Planeta y el NH de Relatos. La última, La diosa del pubis azul, un policíaco escrito a cuatro manos con el periodista Raúl del Pozo, vuelve a sorprender. Aunque, en este caso, esa sensación incluye un interrogante: ¿por qué una escritora de éxito, que ha logrado en menos de una década el respeto literario, se arriesga a dilapidarlo con este experimento de escasa fortuna? Para conciliar el estilo castizo del periodista-novelista con el más escueto de la joven narradora, cada uno de los autores se hace responsable de un personaje protagónico. Del Pozo recrea al chulesco inspector de policía Ángel Pareja, «del Real Madrid, apolítico, aficionado al cante grande; me gusta la caballa, la mortadela y leer el Marca» (p. 9). Freire se encarga de la detective novata Ana Izarra, experta en ADN, inteligente y ajena a ese cariño por el lumpen del que hace gala su compañero (¡cuánto daño está haciendo la serie televisiva CSI!). Esa cadena de tópicos provoca que, desde las primeras líneas, todo parezca ficticio, de cartón piedra. Del Pozo firma el primer capítulo narrado en primera persona por el inspector Pareja; Freire se hace cargo del segundo, contado por la detective Izarra... y así sucesivamente hasta el final. Técnicamente se resuelve el problema de escribir a cuatro manos, al tiempo que se dan dos visiones distintas de una misma realidad (la investigación de un asesinato). Pero el resultado no refleja dos personalidades en colisión, sino que se convierte en una reiteración cansina y casi idéntica de los hechos, en la que uno abusa del diálogo y la otra intenta contener los excesos verbales de su compañero para hilvanar el caos de la trama novelesca e intentar que la historia avance hacia el inevitable desenlace que ponga punto final al experimento. Esta descompensación perjudica a la intriga característica del género que con tanta admiración defendía Borges, para quien la narrativa policíaca se convertía en un complejo crucigrama donde el lector avispado intentaba anticiparse a las deducciones del detective. Como La diosa del pubis azul carece de arquitectura, los autores hacen trampa al lector, obligado a quedarse al margen de la investigación. Ésta únicamente avanza a golpes de efecto, aportados cada equis capítulos, como por arte de magia o de tubo de ensayo, por un forense gay –otro CSI– que también restaura cuadros en el Museo del Prado. Si los protagonistas son tópicos, el coro de secundarios no le va a la zaga. Un amante de extrema derecha que se ha hecho formal, la compañera de piso de la víctima, ordenada, fea y celosa del éxito sexual de la muerta; el novio cornudo y universitario que toca en un grupo de música... Todos son previsibles, incapaces de apartarse del prototipo y de ofrecer un matiz que despierte el interés hacia esta especie de parodia policial. Bella joven adinerada que se pinta de azul el pubis para atraer a sus múltiples amantes, forense homosexual culto y pedante, profesores universitarios que van de colegas con sus alumnas... El escenario novelesco asume todas las pautas que los poderes de turno han vaciado en el saco de la modernidad. Qué complicado es conjugar esta tesis con el casticismo exacerbado que impone Del Pozo a su literatura, apenas domado, pese a sus ingentes esfuerzos, por la pluma de Freire. Valgan unos ejemplos salteados al azar que escapan de la boca del inspector Pareja: «Allí beben y hablan gitanos bien maqueados con sus trajes tamborini de origen [...]. Nos hacen hueco y algunos nos saludan, dándonos ojaneta y chanchunó corporal» (p. 44); «de sicarios con contratos temporales que luego se iban de naja, después de quebrar a camellos, boqueras y rufianes» (p. 139); «Sí, lo chaparán, lo meterán al banasto» (p. 154). Jerga que, como el resto del libro, también parece impostada, porque este mismo policía cheli que come callos, domina el caló, saltea varios tacos en cada frase y se oculta la cara con el Marca resulta que no se sorprende de las referencias a «las madonnas en los frescos de Giotto» (p. 111), menciona a Leonardo Sciascia, Rafael Alberti y al diseñador gráfico Javier Mariscal y regala al público disquisiciones filosóficas sobre la profesión policial, que en este caso sí reflejan escasa originalidad. Las seis novelas que Raúl del Pozo ha publicado anteriormente no han logrado –al menos en este caso– perfilar su músculo de escritor, como si la función no ejercitase el órgano. Lo mismo le sucede a la coautora Espido Freire, que se descalabra literariamente en esta audacia, riesgo al que es difícil encontrarle un sentido. El confuso panorama editorial español, donde el márketing lo domina todo en busca de best sellers apoyados en fenómenos extraliterarios, se demuestra capaz de abducir hasta a los autores que no parecían necesitar de estas argucias para mantener su voz.Y de nuevo es el género policíaco, confundido una vez más bajo la denominación «novela negra», el socorrido soporte para extravagancias tan prescindibles como esta novela, publicada originariamente en treinta entregas aparecidas el año pasado en el suplemento «Campus» del diario El Mundo, con ilustraciones de Ulises Culebro recuperadas para esta nueva edición en formato de libro. El folletín por entregas redactado a cuatro manos es una tradición con escasa fortuna. Ni El misterio de la carretera de Sintra, que Eça de Queiroz y Ramalho Ortigão escribieron para el Diario de Noticias lisboeta, ni los títulos que Charles Dickens firmó junto a Wilkie Collins en el siglo XIX sobresalen por su calidad, aunque hay que reconocer, en beneficio de los anteriores, que Freire y Del Pozo hunden el listón en La diosa del pubis azul.

01/09/2005

 
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