ARTÍCULO

Retrato de familia

Taller de Mario Muchnik, Madrid, 216 págs.
 

Isaac Montero es uno de los pocos autores españoles actuales que continúa planificando series o ciclos narrativos compuestos por varios títulos. Junto al más conocido de esos ciclos –la tetralogía de los Documentos secretos– existe otro que se inicia en 1995 con Estados de ánimo, y al que se incorporan El sueño de Móstoles y esta última novela. El nombre de la serie, «Estampas de interior», indica ya la naturaleza eminentemente íntima de los conflictos que aborda la novela, a la vez que sugiere cierto sosiego de la peripecia externa, en favor de un mayor desarrollo de la indagación psicológica (muy minuciosa, por cierto) y moral de los personajes. Todo ello parece distanciar la obra que nos ocupa de la anterior, Ladrón de lunas, narración extensa en la que la peripecia personal del protagonista estaba inserta, de forma mucho más decisiva, en un vasto fresco colectivo y, por supuesto, en el marco histórico que proporciona la guerra civil y sus consecuencias.

Esto no quiere decir que con La fuga del mar estemos ante una novela ensimismada en la que Montero haya renunciado al análisis de la dialéctica existente entre lo personal y su contexto histórico y social. Muy al contrario, el narrador se esfuerza en perfilar perfectamente los rasgos morales e ideológicos propios de la alta burguesía, a la que pertenecen Benigno Arroyo y su familia, ese grupo humano en permanente crisis al que mantiene precariamente unido el patriarca en la quinta que adquirió para congregar a su prole durante las vacaciones veraniegas. Por otro lado, esa necesidad de examinar pasiones y comportamientos, no sólo en sí mismos, sino también a través de sus vínculos con la vida pública, se hace evidente desde los comienzos de la narración, cuando el estallido de una bomba de ETA en un pueblo cercano siega la vida de dos niños ante la mirada horrorizada de Benigno, quien años atrás había tenido que malbaratar sus negocios del País Vasco ante el chantaje de la banda terrorista. El atentado supone la resurrección de muchos fantasmas del pasado, presididos por una creciente culpa que se refiere tanto al asesinato reciente, como al de Ochoa, socio de Benigno Arroyo en sus negocios vascos que, a diferencia de él, se resistió a las presiones de los «heroicos gudaris».

Ahora bien, los efectos novelescos de la bomba trascienden la experiencia personal del testigo y afectan, de un modo u otro, a todos los habitantes de la finca. Aquí radica uno de los mejores hallazgos de la novela, ya que el narrador consigue crear una progresión, lenta y coherente, en las actitudes de los personajes, quienes comienzan discutiendo, de forma más o menos inocua, sobre los nacionalismos, para ir adentrándose poco a poco en sus abismos personales: el rencor del único hijo varón hacia un padre que siempre lo contempló como un ser débil; las ambiciones económicas de Catalina, la hija mayor, y su posible traición al negocio familiar; o las inquietudes de Áurea, la abnegada esposa, que asiste impotente al fin de la farsa familiar en la que se sustentaba su razón de ser.

Este trayecto que va de lo externo y lo anecdótico a la sustancia íntima de los personajes debe gran parte de su eficacia a dos factores. Por un lado, la selección del espacio narrativo –la casa familiar y sus alrededores–, que unas veces actúa como claustro asfixiante en el que sus ocupantes deben padecer el castigo del enfrentamiento con los otros, y que otras veces les ofrece la posibilidad del sosiego y la reconciliación (sobre todo a través de la contemplación de la naturaleza, y en especial del mar, motivo recurrente). El otro factor que proporciona vigor narrativo es el empleo de varios puntos de vista: el de Áurea, el del propio Benigno y, finalmente, el de Lola, la hija menor. Con ello el relato no sólo gana en complejidad, sino que su peculiar manejo también refuerza el carácter dramático de la novela en un sentido muy cercano a la tragedia clásica. Así, la perspectiva de Áurea supone el planteamiento del conflicto (es decir, la ruptura del orden natural de las cosas: la paz estival); cuando Benigno se convierte en el foco de atención, el lector se sitúa en el «nudo» del drama; y, por fin, la llegada de Lola a la casa coincide con las revelaciones finales y un ambiguo desenlace conciliador en forma de foto de familia (por tanto, se trata de la calma después de la tormenta, característica de la tragedia, aunque aquí sea más aparente que real).

La fuga del mar es, por tanto, una sólida y coherente construcción novelesca que contiene todos los ingredientes para conferirle una dignidad muy superior a la media actual. Sin embargo (y esto es ya cuestión de estricto gusto o disgusto personal) Montero articula un discurso que, por su morosidad descriptiva y sus reiteraciones, atenúa la intensidad exigible a una novela de corta distancia. Por eso en muchos momentos el lector puede perder el hilo de la evolución psicológica de los personajes, cuyos pensamientos y estados de ánimo pueden ofrecer, de ese modo, una cierta arbitrariedad que se podría haber evitado con una adecuada labor de depuración.

01/09/2000

 
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