ARTÍCULO

Cuestión de responsabilidad

Herder, Barcelona
308 pp. 19,80 €
 

Este es un libro que, además de subrayar la trayectoria de un autor cuya solidez reflexiva coexiste amigablemente con la elegancia y la agudeza crítica de su argumentación, contribuye junto con otros pocos a consolidar lo que, si las palabras no estuvieran tan desgastadas, podría quizá llamarse la dignidad de la filosofía moral en nuestro entorno. Y no es que la filosofía moral atraviese un mal momento –más bien se diría todo lo contrario–, ni que carezca de exponentes cualificados y prominentes; sucede únicamente que, al revés de lo que podía deducirse de la situación de la ética unos veinte años atrás, convertida en una discusión minoritaria entre flemáticos especialistas que desarrollaban sofisticados razonamientos para dirimir si frases como «Me debe usted cinco chelines» o «Tendría que haber vacunado a su fox-terrier» tienen o no implicaciones morales, esta disciplina ha conocido un florecimiento inusitado al descubrirse repentinamente una «demanda social» de moralidad por parte de políticos, empresarios, publicistas, médicos, periodistas, funcionarios, biólogos moleculares, entidades financieras, educadores y ciudadanos en general. Naturalmente, el ansia de normatividad, deontología y codificación de buenas prácticas sufrida por todos estos colectivos se debió al deterioro de las fuentes que suministraban en otro tiempo ansiolíticos espirituales contra la mala conciencia, ya fueran aquéllas las Iglesias triunfantes o las ideologías militantes. Lo malo es que una ética elaborada con la finalidad de satisfacer esa demanda social –llenando el inmenso hueco dejado por los diferentes dioses que nos han ido abandonando desde que el que aspiraba al monopolio fue dado por muerto– no puede sino dar a sus clientes exactamente lo que ellos piden, al igual que hacían los tranquilizantes de almas de las doctrinas religiosas o las morales ideológicas. Como resultado de esto, la ética se ha vuelto más atractiva desde el punto de vista mediático-comercial y los especialistas han encontrado nuevos y flamantes yacimientos de empleo, pero su identificación con una reglamentación de cuidados paliativos, destinados a amortiguar incluso la más leve inquietud moral que pudiera despertarse en la ciudadanía, la ha vaciado de lo más rico de su contenido intelectual y, en muchos casos, la ha privado de todo interés filosófico. Contra este letargo utilitario combate desde hace tiempo Antonio Valdecantos, y el título La moral como anomalía ya nos anuncia que en sus páginas hemos de aprender a sospechar que, lejos de constituir un organon bien articulado de leyes cuyo cumplimiento nos garantizaría una virtud tan compacta como la de la piedra que sigue obedientemente la ley de la gravedad al caer desde el barranco, la moral podría más bien consistir en una colección –no siempre armónicamente trabada– de irregularidades y excepciones que, en lugar de simplificar nuestra existencia, la incomodan y perturban hasta el grado en que la obligan a formular aquellas interrogaciones de las cuales nace la reflexión sobre lo que los viejos griegos llamaban una vida digna.
La elección de la noción de responsabilidad como hilo conductor de esta lucha contra la normalización de la filosofía moral no puede ser más adecuada, pues este es el nombre que se invoca una vez tras otra –no digamos ya en los casos de «responsabilidad civil» o de «responsabilidad corporativa»– para eludir cualquier responsabilidad, puesto que «ser responsable no es poder responder, sino no poder hacerlo». El corazón de esta paradoja nos lo muestran, entre otras, dos actitudes tan aparentemente distantes como la ironía y la tolerancia. Ambas suponen una suspensión de la responsabilidad que se sustenta en su carácter momentáneo o excepcional y que, por tanto, no tiene el valor (ni el coraje) de una auténtica transgresión, pues cuenta con el retorno inmediato a la normalidad, con quien vive en alianza permanente; pero ambas se liberan de todo compromiso por el hecho –más frecuente de lo que parece– de que esa suspensión momentánea pueda convertirse en permanente y la excepción ocasionalmente transgresora adquiera la fuerza de una regla. De tal modo que una y otra fracasan tanto en su intento de incumplir la ley (pues ello no puede hacerse sin aceptar responsabilidades) como en su pretensión de acatarla. Y es que, en rigor, declararse responsable de algo que se ha dicho o se ha hecho sólo parece posible cuando se ignora en buena medida qué es lo que se ha dicho o lo que se ha hecho: si nos ponemos a averiguar toda la cadena de consecuencias de nuestros actos o toda la serie de implicaciones de nuestras palabras, descubrimos una complejidad tan intrincada que resulta incompatible con el acto simple de atribución de responsabilidades tal y como solemos imaginarlo. Responsabilizarse de las propias acciones supondría que los agentes aceptasen descripciones de su acción tan extrañas y sorprendentes que obligarían al tomador de esa responsabilidad a modificar su propia idea de sí mismo. Pues quizás el verdadero secreto de la responsabilidad no consiste en apropiarse de lo extraño, sino en extrañarse de lo propio. Este es el tipo de descubrimiento que, según recuerda el autor, acostumbramos a mantener adecuadamente en secreto, para sobrevivir, para alcanzar algún éxito social, para soslayar la acusación de inmoralismo y porque uno de los rasgos más característicos de la moral moderna «es precisamente el de no admitir que en su jurisdicción hay genuinos conflictos». Y no es, sin duda, el menor de ellos el combate que libran la moral retributiva y la no retributiva: la primera parte de la base de una correspondencia normal entre las razones y las acciones, entre la voluntad y sus efectos en el mundo, y observa los desacoplamientos entre ambas como desagradables excepciones que hay que corregir; la segunda está convencida de que la correspondencia es imposible (y sólo sucede a veces por mera casualidad), de tal manera que son las coincidencias y no los dese¬qui¬librios lo que requiere explicación, invita a la sospecha y augura desdichas incontables. La modernidad no ha elegido ninguna de estas dos morales, sino que ha practicado sistemáticamente el olvido de su diferencia y de su carácter irreconci¬liable. Pero recordar esta impertinente distinción teórica, aunque no constituya una enseñanza edificante, es la única manera de ser –aunque sólo podamos lograrlo a medias– responsables de lo que hemos hecho de la responsabilidad.
 

01/10/2008

 
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