ARTÍCULO

La existencia habla de sí misma

Ave del paraíso, Madrid, 1997
112 págs.
 

Como se sabe, el marco de un cuadro es un puro efecto óptico: a través de él, por los cuatro costados, el cuadro prolonga su vigencia, su entrelazado de propuestas, su realidad (basta apartar la vista y salir a la calle para verlo claro). Así los poemas de Olvido García Valdés: muchos de ellos incluso empiezan con letra minúscula y acaban sin punto final, es decir, brotan desde el vacío del margen como esos fragmentos de mundo propio que aparecen en un cuadro: mundo propio, pero no del pintor ni del poeta, sino del cuadro y del poema.

Ya en Exposición (1990), pero sobre todo en ella, los pájaros (1994), las páginas de esta poeta se abrían a la lectura desde el otro lado de cada motivación verbal, no desde un yo empeñado en singularizarse, sino desde la pronunciación de los objetos, de las escenas, de las imágenes. En caza nocturna el yo ocupa el lugar de su pronunciación, ni más acá ni más allá. Y tampoco se dedica la poeta a debatirse contra la primera persona de sus versos: el yo es un vacío en ebullición que segrega palabras, y sus palabras no lo configuran a él, a ella, sino que dan forma a ese nudo de relaciones plenas que cada vacío necesita establecer urgentemente con los demás.

Se diría que el mundo objetivo está ensimismado mientras no llega el artista y lo hace salir de sí. Y si es el poeta quien realiza esa operación, el mundo habla: «lo real dice yo siempre en el poema» (pág. 102). De ahí que la levedad de la señalización, la voz baja que asevera en estos versos, haga tan patentes los objetos y las escenas que de pronto se ven hablando y se oyen en sus propias palabras. De ahí que estos poemas emocionen, no porque nos transmitan sentimientos de quien los escribió, sino porque nos hacen oír cómo suena la existencia –¡y qué cosas dice!-cuando habla de sí misma.

No es que la poeta prescinda de su subjetividad cuando escribe. Es más bien que, al escribir, adopta una actitud activa, deliberadamente enajenadora, ante las palabras: les busca y les confiere una naturaleza que ellas estaban deseando tener, las re-genera hasta hacerlas sonar como si acabaran de ser acordadas entre quien habla y quien escucha. Nadie había oído hasta hoy que le dijeran: «se concentra el ojo / como quien enhebra agujas / o dirime pájaros / allá a lo lejos / con precisión» (pág. 54). Y no es simple novedad: el oído oye palabras que podrían serle conocidas, pero si le suenan de manera única es porque hablan por sí mismas, protagonistas de lo que dicen, portadoras de vacíos significativos también: el poeta deja al aire la subjetividad del lenguaje.

¿Es posible que la subjetividad del lenguaje aflore con más facilidad en los versos de una mujer que en los de un hombre? Quizás sí, pero no porque, como tanto se ha repetido, la mujer tenga mayor intimidad con las palabras, sino por algo más funcional: porque espera menos de su rentabilidad de significado inmediato, usufructuable, y las invierte más a largo plazo, más a plazo impreciso pero fijo, más tentada por la «exactitud inespecífica» (Hilde Domin) que por la contundencia inexacta. Pero eso no es una ventaja ni un inconveniente a la hora de escribir: la poeta escribe versos luminosos –«se está / donde nos amasó la luz» (pág. 36)– no por haber nacido mujer y haber sido educada como mujer, sino por haber buscado y encontrado una forma de relacionarse con las palabras que favorezca la relación fértil entre ellas y quien las lea.

Olvido García Valdés escribe para la lectura de sus palabras, no para la lectura de sí misma por el lector ni la del lector por sí mismo. Y en su último libro ha conseguido de nuevo que, poema tras poema, el lector se vea mirado fijamente por la existencia –como un cuadro mira a quien lo observa–, incluido en lo más expresivo de la existencia gracias a las palabras. Así la lectura resulta también objetivada, sacada de sí, comprendida en el mundo desvelado por la poesía. «La no materialidad de las palabras / nos da calor y extrañeza» (pág. 67). Ese calor de vida más allá de la propia piel y esa extrañeza de ser fuera de sí que son quizás lo más humano y lo más duradero de todo lo que contienen las palabras.

01/04/1998

 
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