ARTÍCULO

La dictadura de Pinochet

Santiago de Chile
Editorial Sudamericana
 

En los últimos veinticinco años del siglo XX se ha asistido a una ola de democratización, pero ello no nos debe hacer olvidar que durante dicho siglo fueron las dictaduras la forma de ejercicio del poder que más predominó. La historia de Chile constituye una excepción entre los países de Iberoamérica, ya que ha tenido una larga tradición de gobiernos civiles, con una limitada participación de los militares, y donde se respetaban las normas democráticas, aunque también es cierto que la ciudadanía política no estaba plenamente extendida.

En Chile, desde finales de los años cincuenta, como consecuencia de diversas reformas en el derecho electoral, se dio paso a la cristalización de la democracia de masas, con un aumento sustancial del número de votantes. Ello dio lugar a que desde 1958 hasta 1973 se pasase por una experiencia conservadora (Jorge Alessandri), reformista democrática (Eduardo Frei) y reformista socialista (Salvador Allende), para acabar en el golpe de estado del Ejército como institución (11 de septiembre de 1973), que dio paso a una dictadura militar, la cual pronto se identificó con la figura de Augusto Pinochet.

Existe una amplia literatura que trata de explicar las causas que condujeron a dicho final. El simplista análisis de la izquierda europea o los razonamientos de los politólogos, siguiendo el modelo de Juan José Linz para el período de entreguerras, han constituido la base de las argumentaciones académicas; pero son insuficientes para explicar la situación vivida en Chile, donde el temor de parte de los ciudadanos a su seguridad y el cuestionamiento del «derecho de propiedad» condujeron a una crisis del sistema político, en la que los partidos opositores a la Unidad Popular apostaron por una salida no democrática, en la que el Ejército se erigió como el centro de la vida política.

Desde los sectores que apoyaron el golpe militar o lo justificaron se trató de mostrar que existía una «guerra civil». Esta tesis, incompatible con los hechos, sigue teniendo aceptación entre ciertos historiadores chilenos, que se acogen a la misma siguiendo el ejemplo de Ernest Nolte, que ve en el nazismo (en nuestro caso el «pinochetismo»), básicamente, una ideología antirrevolucionaria surgida para contrarrestar la ideología revolucionaria básica del siglo XX, el bolchevismo de la Revolución de Octubre. Según esta tesis, los demás rasgos y decisiones de los regímenes así surgidos ocupan un lugar «secundario». Es anacrónico y falto de rigor histórico tratar de trasladar a la situación chilena de aquellos momentos una dialéctica entre el «bien» y el «mal», siguiendo la tesis central de Ernest Nolte que considera la Zeitgeschichte, la historia de 1917 a 1945, como producto de la existencia de una «guerra civil» europea entre fascismo y bolchevismo. Ello implica justificar el golpe de Estado en un sentido perverso, dado que el Ejército representaría, al igual que los nazis, una ideología antirrevolucionaria para contrarrestar el comunismo. Si bien el golpe de estado fue obra exclusiva del Ejército, es evidente que contó con el apoyo de sectores civiles y de los Estados Unidos.

Otra cuestión a analizar es cómo, a partir de ese hecho, el nuevo poder, político se constituyó como régimen fundacional. El poder que asume la Junta Militar y posteriormente Augusto Pinochet no es temporal, no se trata de una dictadura comisaria en el marco de una constitución suspendida, pese a las primeras declaraciones, sino de un poder constituyente, por lo que la dictadura es soberana. El nuevo poder establecido va a ser individualizado, no personalizado; éste se acomoda a las estructuras constitucionales, aunque la personalidad del Jefe del Estado sobresale por encima de los cuadros constitucionales. El poder individualizado, por el contrario, destruye e ignora las estructuras constitucionales que hasta el momento de su aparición estaban vigentes.

A partir de estas premisas, el libro de Carlos Hunneus profundiza, como nunca se había hecho hasta el momento, en la historia de la dictadura. El autor se propone analizar, no describir; argumentar, no calificar; obteniendo resultados sobresalientes, ya que la lectura del libro, pese a ser en algún momento repetitivo, consigue atraer el interés del lector a lo largo de sus capítulos e ir construyendo un sólido entramado.

¿Cuáles serían las singularidades de la dictadura de Pinochet? En primer lugar, el empleo de la violencia, especialmente durante los primeros años, el estricto control policial de la población y la sistemática persecución de las organizaciones opositoras. Este hecho, propio de todas las dictaduras, adquirió una inusitada intensidad en un país donde la violencia política había sido escasa. La muerte o las torturas fueron consideradas como armas políticas para «extirpar el cáncer marxista», como afirmó el comandante en jefe de la Fuerza Aérea, el general Gustavo Leigh. A ello debe sumarse el importante número de exiliados.

La violencia no fue la excepción, sino la norma, al entender que la misma tenía un efecto curativo. El empleo de la fuerza no sólo fue obra de los militares y de los carabineros, sino también de civiles, sobre todo en las zonas rurales, que colaboraron activamente en lo que consideraban un acto de «purificación». Al mismo tiempo, si bien es cierto, como afirma el autor, que se buscó una legitimidad legal-constitucional con el fin de crear un Estado de Derecho, la realidad fue que a través de diversos mecanismos excepcionales (estado de excepción, estado de emergencia o estado de sitio), el poder disfrutó siempre de una amplia discrecionalidad, para lo que contó con el apoyo de la judicatura, por lo que sería más correcto hablar de Estado con Derecho.

En segundo lugar, el orden político adquirió una considerable estabilidad y se caracterizó por un bajo nivel de institucionalización y una alta personalización del poder en la figura del general Pinochet. La participación institucional de las Fuerzas Armadas se realizó a través de la Junta de Gobierno y la presencia de numerosos militares en múltiples cargos, una presencia mayor que la que se dio, por ejemplo, en la dictadura franquista. Los militares contaron con el apoyo activo de sectores civiles de la derecha, lo que en España denominamos coalición reaccionaria, que aunque tenían un origen heterogéneo (Chicagos boys, alessandristas, personalidades vinculadas al Partido Nacional y «gremialistas») fueron fieles a la persona de Pinochet. Se caracterizaban por un fuerte nacionalismo, un intenso rechazo al papel de los partidos y al Congreso Nacional, y pretendían, en palabras de Jaime Guzmán, «abrir una nueva etapa en la historia nacional». Lo sobresaliente de estos sectores es que, a diferencia de lo que ocurrió en España, fueron capaces de organizarse políticamente y contar con apoyos electorales una vez que fue derrotado Pinochet en el plebiscito de 1988. El liderazgo ejercido por Pinochet fue decisivo, ya que él mismo cumplió un rol de integración de los diversos componentes del régimen. Además, en su persona se concentró el poder, al igual que en España, y a diferencia de lo ocurrido en Argentina y Brasil, de forma que no sólo ejerció la jefatura del Estado, sino también la dirección del Ejército y fue miembro de la Junta de Gobierno hasta 1980, de manera que ejerció una influencia determinante en la elaboración de las leyes.

En tercer lugar, las reformas económicas llevadas a cabo durante la dictadura, dirigida por los Chicago boys, implicaron una transformación de las estructuras productivas, el desmantelamiento de las organizaciones laborales y el debilitamiento del nivel asociativo, pero sobre todo provocaron un cambio de valores que supuso una modificación de las bases políticas del país. Esta tercera cuestión, que en opinión de Carlos Hunneus supuso dotar al régimen de una legitimidad de «ejercicio», tal y como para el caso español ha puesto de manifiesto Víctor Pérez Díaz en relación con la política de estabilización y desarrollismo, es la que me parece más discutible del libro. Creo que es cierto lo del cambio de valores, pero estimo que existe una excesiva idealización de los resultados obtenidos. Así, si analizamos la evolución del crecimiento del PIB en tres etapas, el resultado no parece tan extraordinario: 1957-1973, un promedio de crecimiento del 3,8%; 1974-1989, un 3,1% de promedio; y 1990-1997, un 8,3% de promedio.

Es cierto que en su conjunto, y sobre todo en comparación con otras dictaduras del Cono Sur, los resultados fueron los mejores, pero también es cierto que entre 1974-1975 y 19801982, las magnitudes macroeconómicas presentan unos resultados muy negativos. Pero no sólo eso: al realizarse las reformas económicas en un contexto autoritario, se dieron componentes de «clientelismo y patronazgo», como reconoce el autor, y las privatizaciones beneficiaron a sectores políticos afines, dato que explicaría, a diferencia de España, el apoyo activo de sectores económicos a los partidarios de Pinochet.

También es cierto que surgió una nueva clase empresarial, que se produjo una notable diversificación de las exportaciones y que amplios sectores de la población, que habían sufrido escasez e inseguridad durante los últimos meses del gobierno de la Unidad Popular, se beneficiaron de la nueva situación, pero ello a costa de una política laboral que privilegió la posición del empresariado y perjudicó a los sindicatos, favoreció a los grandes empresarios, en perjuicio de los pequeños y medianos, tendió a una fuerte concentración en ciertos sectores (banca, prensa...) y, en términos sociales, se redujeron los recursos destinados a educación, salud y vivienda.

El estudio de Hunneus se completa con el análisis detallado y muy original de la búsqueda por parte del régimen de la legitimidad legal-constitucional y el establecimiento (discurso de Chacarillas y Constitución de 1980) de una democracia protegida y autoritaria, concepto confuso, así como el papel de la oposición política. En conjunto, nos encontramos ante la mejor y más completa investigación sobre la dictadura de Pinochet, referencia obligada para todo investigador.

01/09/2002

 
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