ARTÍCULO

Fábula densa y rara

Planeta, Barcelona, 1998
296 págs.
 

Conservo vivamente grabada en el recuerdo la impresión de extrañeza y originalidad que me dejó la lectura de Naturaleza, la narración con la que Felipe Hernández (Barcelona, 1960) quedó finalista en el Premio Herralde de 1989. Era una novela todavía inmadura, pero muy personal, tanto que daba la impresión de que su autor buscaba su afianzamiento en un espacio marginal de la literatura, fuera de modas, como si la inactualidad de su escrito asentara una poética basada en la hondura del pensamiento y en la exigencia al lector. No creo que la dificultad y el aburrimiento sean cualidades literarias, pero tampoco debe desdeñarse lo que tiene de mérito una escritura compleja y no complaciente si sirve para interrogarnos sobre la esencia del mundo. En una línea de relato intelectual, duro, sin concesiones, continúa este todavía joven autor barcelonés en su nueva obra, La deuda, sólo que ahora –y es que los años no pasan en balde-con una seguridad y madurez en la configuración de la fábula que evitan el discursivismo de su anterior salida.

La deuda sigue siendo una novela rara, de una inquietante extrañeza. De nada serviría contar su anécdota, porque apenas podríamos dar de ella unos esquemáticos datos que, a la postre, o resultarían insuficientes para precisar el clima en el que se desarrollan, o lo distorsionarían simplificándolo.

Una mínima raíz realista en las situaciones y los personajes se dispara hacia el terreno de la alegoría. Símbolos sugeridores, y por ello no explícitos, pueblan el relato. Sospechamos que las comparaciones establecidas con variedad de animales, frecuentes aunque de presencia muy discreta, sostienen una visión irracionalista del mundo. Intuimos que la ceguera, la impiedad o la memoria se refieren a valores trascendentes, si bien no se transparentan. Algo parecido ocurre con la onomástica: nombres comunes asumen una carga que va más allá de su función singularizadora, sin que pueda precisarse muy bien un sentido exacto. Andrés Vigil quizás aluda a un hombre por la etimología griega del nombre propio) vigilante (por sugerencia del apellido). Otros personajes insinúan asociaciones indefinidas: Alfredo Reina, Salvador García, Eusebio Cruz... Y el apellido del más importante de todos, después de Andrés, Alejandro Godoy puede emparentarse con el Godot de Samuel Beckett, nombre en el que los estudiosos han intuido una vieja raíz que designa a Dios. No se trata de una vinculación caprichosa por mi parte, pues a Godoy nos los presenta como un ser omnisciente de memoria ilimitada y el tratamiento de toda la fábula si con algo tiene que ver es con la literatura del absurdo.

Valgan estas anotaciones para señalar el cuidado con que debe leerse esta novela bajo cuya superficie late una problemática intelectual de corte metafísico. La pregunta última no sería de tipo causal o final –de dónde venimos o a dónde vamos–, sino de carácter esencial: qué somos. No tiene al respecto Felipe Hernández una postura simplista y su historia conjuga un buen número de elementos que vendrían a convertirse en pilares de nuestra sustancia: la libertad, el arte, la perfección, la justicia, la fatalidad, el rigor... No ofrece, me parece, una solución reveladora. Prefiere mantenerse en un terreno de conjeturas que se abren a la meditación del lector. Pero algo sí queda claro, somos criaturas al albur de impulsos y fuerzas que nos superan. A la razón y la voluntad se imponen causas que nos dejan inermes, en medio de un descorazonador sinsentido, tras el que resuena la voz en ocasiones bastante nítida de un Kafka. Ello se consigue sin ningún débito negativo y gracias a un planteamiento en el que la lógica implacable del relato y la frialdad expositiva hacen verdadera una sensación profunda de impotencia. Por eso La deuda es una novela transtornadora, incómoda, amarga, literalmente desasosegante, todo lo contrario al pensamiento flojo y superficial, materialista y acomodaticio que arrasa en nuestros días. Escritores como Felipe Hernández nos dicen que la industria y el consumo todavía dejan un hueco a la aventura espiritual y artística auténticas.

01/03/1999

 
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