ARTÍCULO

La cuestión gay

Anagrama, Barcelona, 522 págs.
Trad. de Jaime Zulaika
 

Este título recuerda intencionadamente las Reflexiones sobre la cuestión judía (1946) de Jean-Paul Sartre. Eribon quiere romper el silencio, alumbrar, una vez más, la identidad alterna de otra minoría sobre la que, también, se endosan los valores más execrables y las más negativas fobias. De forma semejante a la intentada por Sartre, vuelve a darse una exhortación a no ocultarse más y a hacerse visible; repite la llamada a una restitución de los derechos cívicos de una comunidad perseguida. Pero este acto de reconocimiento no es, ahora, sólo sartriano. Aquí, a la reparación de los daños acuden muchas voces muy diversas.

Eribon ha destacado por sus biografías y excelentes entrevistas de Foucault, Dumézil y Lévi-Strauss. Ha afrontado un compromiso con la causa gay y, a la vez, se ha formado en muy destacadas escuelas de la filosofía, la antropología y la sociología francesa, o de la historia americana, con un estudio de primera mano de autores no siempre pertenecientes a la cultura homosexual. En De cerca y de lejos (1988) –las conversaciones más vivenciales con Lévi-Strauss– y en Michel Foucault (1989) o en Michel Foucault et sescontemporains (1994) –el rastreo de todas las huellas vitales e intelectuales del autor de La historia de la sexualidad, hacía acopio tanto de una formación teórica sobresaliente como de una amenidad apasionante. Es su estilo, una escritura viva que no dormirá al lector.

La literatura ha sido un medio de valoración de la homosexualidad de primer orden. Recordemos a esa pareja que se dispone a ir a un billar a ver posturitas y pasar, así, la tarde (en La colmena de Cela); ese ladrón detenido que sufre las risas de unos guardias civiles que no huelen más que a ajo cuando le descubren la vaselina (Diario del ladrón de Jean Genet); o esos huecos en los autos judiciales al describir la cotidianidad de los últimos días de Raymond Roussel en Palermo, antes de suicidarse, que conducen al detective Leonardo Sciascia a indagar si el cochero de aquel escritor quiso o no negociar con su familia el mantenimiento de su buena reputación de heterosexual (Autos relativos a lamuerte de Raymond Roussel). Sobre el homosexual pende la injuria, un estigma que lo incardina en una relación de dominación muy dolorosa. Así que el homosexual construye su personalidad en el disimulo hasta que proclama sus gustos sexuales y da un giro decisivo e irreversible a su vida. Todos los rituales, máscaras, lugares de encuentro y primeras inquietudes en torno a una subjetividad diferente son mostrados en este libro con las más diversas fuentes: estudios sobre la sexualidad gay, crónicas históricas, los ensayos más destacados de todos los países, biografías, encuestas entre escritores sobre la presencia y efectos de la homosexualidad en la literatura actual, procesos judiciales, teorías sociales... Acaba de publicarse una muy documentada investigación, complementaria de este libro, titulada La sociedad gay. Una minoría invisible, a cargo de Juan Antonio Herrero Brasas (Foca, 2001, 432 págs.).

Didier Eribon ha reconstruido para homosexuales y heterosexuales cómo se construye la subjetividad homosexual en referencia a unos saberes médicos, psiquiátricos y psicológicos, de una parte, y una cultura gay en invención y reinvención constante, de otra. Su estudio ahonda en la identidad homosexual, y la lesbiana aparece sólo cuando reúne semejanzas con su preocupación principal. Aparece escasamente, por desgracia. Para articular su reflexión hay instrumentos constantes. Por un lado, da cuenta de la literatura de Proust, Wilde, Whitman, Huysmans y Gide, fundamentalmente; las reflexiones sobre el mundo antiguo y el renacimiento del grupo de helenistas homosexuales de Oxford, John Addington Symonds y Walter Pater, fundamentalmente, muy influyentes en Wilde; la teoría social y política de Foucault, Goffman, Habermas, Sartre, Deleuze, Bourdieu, Arendt...; la teoría del lenguaje de John L. Austin; Dumézil como pionero en la formación y reconocimiento de un grupo universitario gay en París (Eribon, Faut-il brûler Dumézil? Mythologie,science et politique, 1992); las investigaciones socialistas sobre la sexualidad del judío homosexual Magnus Hirschfeld y las agrupaciones uranistas de Karl Heinrich Ulrichs; Freud y El banquete de Platón... Por otro lado, desentraña los discursos médicos y psiquiátricos, a los que se opone, todo tipo de esfuerzos de creación de un estilo de vida. No se mitifica a los «grandes hombres» de la literatura gay. En un pasaje, Eribon se pregunta qué fue de las mujeres de Symonds, Wilde o Gide. Casados, como tantos otros homosexuales: ¿el afecto que se presume recibieron compensó su sufrimiento? Gide o Foucault aparecen como dos refractarios a confesar su homosexualidad que, finalmente, irrumpen socialmente en defensa de una identidad solidaria ante un dolor extendido con toda la agudeza de sus talentos. Proust es analizado como un gran conocedor de la homosexualidad en Sodoma y Gomorra que se ríe jactanciosamente de las «locas» y disimula sus gustos con un discurso externo, muy influido por los psiquiatras de su época. El proceso a Wilde es valorado, en cambio, como el aplastamiento más mendaz a la más airada e ingeniosa contestación gay. Enredado él mismo en el proceso judicial, Wilde representa a la víctima que ocasionó el más claro reagrupamiento del colectivo gay en torno a sus derechos.

Eribon conoce muy bien cuáles han sido las posiciones sostenidas dentro del movimiento gay en Estados Unidos y Francia. En su país hubo un abanico de estrategias entre «Arcadia» y el FHAR, los primeros más partidarios de crear zonas de libertad insertas en la sociedad dentro de la discreción, el segundo deseoso de irrumpir en las relaciones sociales con el orgullo de la diferencia. Ser diferentes en su profundidad o aspirar a la aceptación dentro del universo social, han sido dos alternativas en la construcción de un estilo de vida y una cultura gay. Este libro se adentra en las opciones vitales más extremas del estilo gay: entre formar una familia o enriquecer la desgastada y aburrida experiencia heterosexual. ¿Nostalgia o rebeldía? Los análisis de Eribon avanzan una rica polémica entre sus lectores homo y heterosexuales.

El utillaje conceptual de Eribon se nutre fundamentalmente de la reflexión de Foucault y de su gran impacto en las comunidades gay a un lado y a otro del Atlántico. Se trata de una influencia sin beatería. ¿Hubo una cultura gay desde la Antigüedad hasta nuestros días con su peculiaridad, aun sometida a modulaciones históricas, o surgió con el empeño de controlar los comportamientos, puesto en marcha por la maquinaria de la psiquiatría aparecida en el siglo XIX ? Eribon rebate la tesis de Foucault sobre el origen reciente de la homosexualidad, resultado de la red de categorías médicas desplegada en nuestra modernidad, para apoyar más bien la identidad propia y muy antigua de este estilo de vida. Desde la Antigüedad hubo un modo de vida surgido de la relación entre individuos del mismo sexo, consciente de su singularidad en la sociedad, si bien en continuo cambio, y no meramente producido por los poderes psiquiátricos. Eribon adopta, más bien, la posición de George Chauncey o John Boswell sobre la existencia antigua de una conciencia individual y colectiva gay cambiante en la historia. Foucault habría incurrido en una «filosofía en el armario», resultado de sus propias luchas, sumamente desequilibrantes, para aceptar sus propios gustos sexuales. Sin embargo, desde una distancia crítica, la reflexión de Foucault sobre el «dispositivo de sexualidad» y la «constitución de la subjetividad» son instrumentos básicos en la «caja de herramientas» de Eribon. Quizá sea esta «polifonía» intelectual de Eribon, la versatilidad crítica de sus fuentes –sin las contradicciones del eclecticismo–, su mayor virtud en un texto llamado al debate y a la reflexión de todos.

01/05/2003

 
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