ARTÍCULO

Especulaciones de un especulador filántropo

Editorial Debate, Madrid, 1999
Trad. de Fabián Chueca
280 págs.
 

«Me pregunto» –confía el Sr. Soros al lector– «si usted estaría leyendo este libro si yo no me hubiera labrado una reputación como mago de las finanzas». La verdad es que, muy probablemente, no; aunque el Sr. Soros parezca añadir a sus muchos talentos empresariales los propios de un excelente vendedor de sí mismo. Apenas cinco meses después de «haber contactado por primera vez con su editor», el libro se encuentra, ya traducido, en los escaparates de las librerías españolas y, aún más admirable, en nuestros kioscos de prensa (y en los de lo que debe ser medio mundo). Cierto que al menos su versión castellana hubiera ganado de haberse tomado el tiempo preciso para mejorar una traducción manifiestamente mejorable.

Nadie se hará la ilusión de que el Sr. Soros vaya a revelarnos los secretos de sus éxitos en cuanto especulador de verdad en divisas, valores, derivados, etc. No hay, como bien se sabe, nada que revelar. La especulación –como Napoleón decía de la guerra– es un arte muy simple y en el que todo es cuestión de práctica. Para hacerse rico especulando no hay más que comprar y/o vender un poco antes de que todo el mundo se decida a hacerlo en estampida, como es habitual que ocurra. Sólo se necesita intuición, facultades adivinatorias, afición a correr riesgos, sangre fría y el valor de navegar contra corriente. También hace falta suerte.

Aunque no nos diga gran cosa sobre sus especulaciones con fines lucrativos y propiamente dichas, el Sr. Soros –contando con la asistencia de una larga lista de consultores, en que figuran nombres de tanto prestigio como los de un Giddens y un Kaletski-nos ofrece, en cambio, una amplia y variada muestra de sus especulaciones de género más intelectual. Que a veces resultan más bien triviales o repiten lo ya muy sabido y a menudo veces dicho (y mejor dicho); suponiendo que pueden calificarse de triviales las opiniones de alguien con una fortuna personal estimada en unos 300.000 millones de pesetas y que administra fondos ajenos por un valor de más tres billones, según se cree. Magnitudes de este orden hacen sin duda fascinantes los desdoblamientos de la personalidad del Sr. Soros, a la vez especulador y crítico implacable de los excesos de la especulación; beneficiario sin contemplaciones de los fallos del mercado y delator de ellos; filántropo y tycoon. Con todo, nuestro autor parece haber distinguido siempre de manera que en España se consideraría muy extravagante entre la especulación y el fraude.

El libro de Soros reflexiona en torno a los conceptos popperianos de sociedad abierta, de falseabilidad y de falibilidad (a la que da un papel muy central). Descubre el concepto adicional, nada novedoso por otra parte, de «reflexibilidad», en virtud de la cual la interpretación que se hace de una realidad social puede cambiarla sustancialmente. No siempre de manera persuasiva, el autor aproxima estas ideas a sus concepciones económicas y a su visión de los mercados como inherentemente inestables y propensos al desequilibrio. Para funcionar debidamente, los mercados han de operar sobre la base de unos valores comúnmente aceptados, que los mercados no producen. Los precios solos y por sí mismos no pueden servir de valores básicos.

Raro será el año en que el capitalismo no haya podido considerarse en crisis; y siempre hay buenos motivos para temer que la última pueda ser la definitiva. (Las tesis catastrofistas contribuyen mucho, por lo demás, a los éxitos de ventas.) El Sr. Soros considera –o consideraba en otoño del pasado año– que los derrumbamientos asiáticos, más la catalepsia nipona, más el cataclismo ruso, más el nuevo descalabro brasileño anuncian ahora una profunda desintegración de la economía global. Pues puede ser muy bien que esta desintegración todavía ocurra, aunque sea consolador pensar que en realidad ya debía de haber ocurrido y no lo ha hecho.

Los remedios prácticos que propone nuestro autor para la presente crisis son, por una parte, del todo decepcionantes. El principal de ellos –el establecimiento de una especie de seguro universal de crédito para las transacciones internacionales de capital, que iría unido al control oficial de sus movimientos a corto plazo– es embarazosamente simplón. Por ejemplo, ignora de lleno la experiencia, nada convincente, que han reunido los seguros de crédito a la exportación ya existente, desde hace mucho tiempo, a menudo utilizados como hojas de parra bastante traslúcidas que tapan la distribución discrecional de favores por los poderes públicos a costa del contribuyente. En fin, unos catorce euros por este Soros no son quizá un precio desmesurado; pero tampoco tan bajo que resulte filantrópico.

01/05/1999

 
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