ARTÍCULO

La bella desconocida

Editorial Galaxia, Vigo, 1997
450 págs.
 


Para los lectores gallegos de hoy Blanco Amor es, sobre todo, el autor de A esmorga [hay edición española, La parranda (Editorial Júcar, 1973), traducida por el propio Blanco Amor]; esa extraordinaria novela que no hace sino agigantarse con el paso del tiempo. Y es que ocurre que A esmorga en su reducida extensión (142 págs. en la edición de Galaxia de 1970) es una pieza tan matemática (y sociológica y literariamente) perfecta que pone en riesgo de minusvaloración la restante obra, por lo demás muy considerable, de Eduardo Blanco Amor. En gallego y en castellano, puesto que dicha obra vino desarrollándose, en la amplia panoplia temática que manejó Blanco Amor, en ambos idiomas sin mayor conflicto aparente, también sin excesivas interferencias por más que cuando este autor escribe en castellano no deje de introducir palabras, frases hechas, incluso construcciones sintácticas de procedencia gallega. En lo que no parece alejarse del camino terruñero emprendido por cierto Valle-Inclán y por bastante Gonzalo Torrente Ballester. Si bien, lo que no es el caso de Blanco Amor, la aportación de estos dos últimos escritores al idioma natural de Galicia no haya superado lo anecdótico. En lo que se refiere a su aportación a la narrativa española, Blanco Amor dejó dos novelas, La catedral y el niño, objeto de esta reseña, y Los miedos (Ediciones Destino, 1963), finalista del Premio Nadal ganado por Juan Antonio Payno con El curso, y yo invito al lector curioso a que compare ambas obras para comprobar una vez más la iniquidad de ciertos galardones literarios. Los miedos, por otra parte y en lo que parece una nueva aportación a la historia de la infamia, fue denunciada «por ciertas escabrosidades» ante la Dirección General de Información. El denunciante fue el también escritor gallego José María Castroviejo, y la consecuencia, que Los miedos hubo de limitarse a la mínima publicidad. Extraigo este dato de la biografía de Eduardo Blanco Amor, Diante dun xuíz ausente (Editorial Nigra, 1993), escrita por Gonzalo Allegue. Esta biografía, una de las mejores que se hayan publicado entre nosotros en los últimos años, es un reportaje casi novelado o una novela con sabor a reportaje, lo que sin duda hubiera encantado a un ser tan novelesco como fue el propio Blanco Amor. A La catedral y el niño la publicó por vez primera, en Buenos Aires en 1948, Edición Rueda, debiéndose la segunda edición, también bonaerense y ya en 1966, a Editorial Rueda. En España no se conoció La catedral y el niño hasta 1976 en que Ediciones del Centro puso manos a la obra cuando Blanco Amor no estaba en su cenit y la literatura española se sentía poco proclive a ciertas recuperaciones. La reedición actual, debida a Editorial Galaxia, viene muy a cuento cuando en congresos a favor de Blanco Amor o desde actitudes individuales se ha venido pidiendo insistentemente la vuelta de esta novela, sin la cual es menos fácil entender el conjunto de la narrativa blancoamoriana –cuatro novelas y un libro de relatos– que se interrelacionan entre sí hasta conformar un puzzle y un espacio mítico. Pues, digámoslo ya, Auria es para Blanco Amor lo que Dublín para Joyce, una desviación o elevación intemporal de la realidad inmediata. Auria, o sea Ourense, es la ciudad levítica pero también liberal (y esto lo entendió muy bien Unamuno, quien pasó por allí en los años en que la novela transcurre, los que abren el siglo que ahora finiquita y llegan hasta el comienzo de la Gran Guerra), cuya catedral encandila al niño pero también lo avasalla. El niño pudiera ser, pero no termina de serlo, el propio Eduardo Blanco Amor, quien de acuerdo con el viejo adagio rilkeano que entiende la infancia como la patria personal, no hizo a lo largo de su trayectoria literaria sino recuperar su infancia y adolescencia definitivamente orensanas. Entre la caterva de personajes reconocibles por los estudiosos blancoamorianos destaca la figura de Amadeo Hervás, probablemente Eugenio Montes, galleguista en sus orígenes y después fascista, un elemento como escapado de Cansinos Assens (o de Trapiello, Umbral o Prada), que aquí inicia diletantemente a Luis Torralba, en esta novela que tiene mucho de bildungsroman pero también de fin de época, esa que se inicia entre regüeldos de burguesía restauracionista y se cierra en los prolegómenos de la Gran Guerra. Momento en el que Luis Torralba opta por la marcha a América junto a sus nuevos amigos, los indianos. La catedral y el niño es una novela a modo de saga, comparable cuando menos a Los gozos y las sombras, que sorprenderá y encantará al lector partidario de la narrativa en clave realista, escrita en lenguaje suntuoso –por barroco– y que debiera ubicar a su autor en el lugar en la literatura española (al Blanco Amor que escribe en castellano apenas sí se le cita en los manuales al uso) que siempre tuvo que haber ocupado. Gajes del doble exilio.

01/04/1998

 
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