ARTÍCULO

Prosa «novísima» de Gimferrer

Ediciones del Bronce, Barcelona, 90 págs.
 

Rodea Pere Gimferrer La calle dela guardia prusiana de significativas cautelas: es un divertimento y un pastiche, aunque ninguna de las dos cosas en exclusiva, explica. Son hasta cierto punto lógicas, dadas las peculiares circunstancias de esta novela corta: la escribió en 1969 mientras hacía el servicio militar, no fue posible publicarla entonces y luego el original estuvo traspapelado. No podemos tomar el relato, sin embargo, como un simple testimonio de la mocedad del futuro académico, pues a su favor incluye dos cartas de Vicente Aleixandre. Es de suponer que las vaguedades del premio Nobel (le habla de «una red estremecida, una malla sutil», de una «vitalidad vibrantísima») halagaran al escritor joven; sí que el consagrado no perciba cuánto tienen de fórmula etérea de quien responde con buena educación sin decir nada. Pero al reproducirlas da una señal inequívoca de que quiere influir en el juicio actual. He aquí un dilema inevitable y de difícil solución: ¿leeremos la obra en el contexto autorial y de época de la fecha de su redacción o al margen de él? La prudencia pide el análisis de la novedad editorial sin olvidar sus orígenes.

La calle de la guardia prusiana pertenece a esa clase de narración calificada como relato lírico en la que lo argumental desvanece su importancia ante la presencia de otros elementos, sobre todo impresiones y sensaciones; además, el lenguaje obtiene un tratamiento especialmente intenso. No pierde, con todo, la obra un leve sustrato anecdótico: entre sucesos diversos, y personajes apenas apuntados, se recrea la historia de un tal Fernando y sus amores hacia una maestra, María. Pero todo ello surge como efecto de una deliberada imprecisión: variedad de voces narrativas, un espacio alrededor de un imaginario Talerno no identificable con sitio alguno y una voluntaria vaguedad temporal que oscila a lo largo de un buen trecho del pasado siglo.

No hace falta que tales detalles se concreten más porque con ellos se construye un ambiente. Estamos, ante todo, frente a una novela de atmósfera, en la cual se emplaza la conciencia inestable del protagonista. E, incluso, en la que esa conciencia y su fluir inseguro se convierte en protagonista de la narración. De ahí sale una situación anímica que el propio Fernando aclara: «asisto a la disolución de mi vida.» Y en el fondo de la percepción agónica del personaje late el asunto básico del libro: la búsqueda incesante del amor y la imposibilidad de alcanzarlo. De todas maneras, el autor no rompe por completo con la perspectiva novelesca tradicional y conserva con ella algún tipo de vínculo, por ejemplo una preocupación existencial («¿Por qué soporta el hombre la vida?», leemos).

Dicho asunto se aborda mediante un abundante anecdotario erótico el cual, a la altura de su redacción, podría tener un sentido revulsivo, mas a la nuestra queda un tanto desvaído. La coprofilia o el masoquismo que adornan algunos pasajes resultan un poco inocentes y librescos. Más valor, en cambio, posee la sensorialidad que impregna casi todas las páginas junto a una permanente tendencia al hedonismo. Todo ello, además, se transmite con una lengua muy trabajada, rebuscada.

Gimferrer se recrea en el verbalismo. A veces, la abundancia léxica y la generosidad adjetival, en particular los epítetos de color, enriquecen la exposición. Tampoco faltan felices imágenes, sobre todo en descripciones de paisajes. En cambio, la sintaxis llena de paréntesis resulta de un artificio sin mucho sentido porque lastra el mínimo ritmo del relato. Sólo da una apariencia de complejidad que puede venirse del todo abajo cuando el texto plantea cuestiones sin mucho sentido; por ejemplo, hacerse esta pregunta: «¿Se siente uno impostor la primera vez que besa a una mujer?».

También se hallan no infrecuentes excesos que hacen pensar en un ejercicio de palabrería o expresiones de dudoso mérito. He aquí como prueba unos pocos casos: la carrocería del coche «parecía un derelicto devuelto por el oleaje tras una sorda y oscura tempestad, cubierto aún de extraña floración marina y pólipos abisales»; «palabras dichas a la dorada y núbil oscuridad»; «un hotel ostentoso e inane»; «la glauca opacidad del icono».

Este fervor por la palabra –tal vez también pastiche neomodernista–, más el acentuado culturalismo del relato (referencias repetidas al cine) y su gusto por ambientes refinados, exquisitos y de fuerte decadentismo, constituyen notas definidoras de La calle de la guardia prusiana. Se trata de una sensibilidad artística desde la que se produjo la última gran transformación de la literatura española, aquella que a fines de los años sesenta dio la puntilla al realismo predominante en la posguerra sustituyéndolo por mundos imaginarios más modernos. Este me parece que es el verdadero alcance de la novela de Gimferrer: encarna aquella sensibilidad «novísima» con el valor de un curioso documento histórico.

01/10/2001

 
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