ARTÍCULO

La invencible

 

Es ésta la tercera edición de un libro que se publicó por vez primera en España en 1961 y luego en 1985. Han pasado, por tanto, más de cuarenta años desde aquella fecha y, no obstante, ha parecido oportuno a sus editores que la obra vea de nuevo la luz. Hay libros de historia que no envejecerán nunca, y es muy posible que éste sea uno de ellos. Lo que ya no alcanzo a comprender es si en la decisión de editar un libro que trata del episodio culminante de una de las guerras más conocidas en la historia de la Europa moderna, habrá tenido algo que ver la coincidencia en este año 2004 del cuarto centenario de la paz que puso fin a aquel conflicto. Si así fuera, estaríamos conmemorando la firma del llamado Tratado de Londres mediante la edición de una obra que narra el episodio más sangriento y señero de aquel conflicto. No teniendo nada que ofrecer, en suma, para ilustrar aquella paz, recurrimos a rememorar la guerra de la que trajo causa...; es como si en la efeméride del Tratado de Versalles (1919) se nos ocurriese editar la vida y obras del asesino del archiduque Francisco Fernando.
Decididamente, pues, la paz de 1604 no ha encontrado su lugar entre nosotros, y la explicación del porqué no se me antoja fácil. Se trataría, para algunos aquí –según leo en El País del 24 de junio–, de «un poco conocido tratado», de dudosa relevancia, cuando para otros allá en Londres –como consta en los folletos que se entregan a quienes acuden a Somerset House para contemplar las dos copias del cuadro en que posan los firmantes del acuerdo–, estaríamos (estarían ellos) nada menos que ante «un hito [landmark] en [la historia de] las relaciones internacionales: el primer gran acuerdo de paz firmado entre un poder católico y otro protestante desde que el Concilio de Trento hubiera reorientado los frentes de batalla entre las [distintas] confesiones». Por si esto no fuera ya poco, se percibe, además, un gusto nada disimulado en aquel lado por presentar algunos de los elementos más aristados del conflicto anglo-español (Drake, Hawkins, la Armada, la «leyenda negra») como una suerte de histórico «quítame allá esas pajas» incapaz de turbar la amistad «entre dos poderes cuyas relaciones en los siglos XVI y XVII fueron con mayor frecuencia pacíficas antes que belicosas», afirmación que, desde luego, no sólo es rotundamente cierta, sino que, además, tampoco carece de significación en años tan moviditos como los que van de 1500 a 1700.

Por otra parte, y como es bien sabido, la mayor resonancia que en España ha tenido en 2004 la conferencia de Somerset House de 1604 y la paz subsiguiente procede del desagradable episodio de la retirada del patrocinio español (confieso no saber si esta expresión es la correcta) al programa de actos (Talking Peace: Somerset House1604 , folleto de veintisiete páginas) que allá conmemoraba los referidos acontecimientos. Leí en los periódicos de hace unos meses que la razón política del caso se fundaba en la presencia al frente del «Board of Patrons» de dichos actos de su alteza real la princesa Ana (que ocupa tal lugar por su calidad de chancellor de la Universidad de Londres, organizadora del asunto), no pudiendo tolerar nuestras autoridades diplomáticas que en su misma persona hubiera recaído también el encargo de representar a su país en los actos del tercer centenario de la ocupación inglesa de Gibraltar. La información del 24 de junio que arriba mencioné se completa diciendo que la razón política invocada en meses pasados había desaparecido, y que volvíamos, en fin, al redil de la conmemoración. Una conmemoración que, en cualquier caso, no ha tenido aquí el mismo tratamiento que allá, pudiendo argumentarse que la razón política que dio al traste con nuestra presencia –política– en Talking Peace no puede ser invocada a la hora de tratar de encontrar explicación a la prácticamente nula presencia académica aquí de eventos conmemorativos del género. Pues salvada, en efecto, la comparecencia de profesores españoles en los congresos (de historia, de literatura) que se cobijan bajo Talking Peace, no tengo noticia de que aquí se haya hecho esfuerzo parejo o siquiera aproximado. ¿Se lo han llevado todo las reinas Isabel I y II –las nuestras, por supuesto, las que murieron en 1504 y 1904? Pudiera ser...

Hay, con todo, más paradojas alrededor de estas fechas, de este libro y de este autor, como que seguramente Garrett Mattingly desearía ser recordado por su Diplomacia del Renacimiento antes que por su Armada. Aquélla es anterior (1955) a ésta (1959), y, sin embargo, la correspondiente edición en castellano de la primera se demoró hasta 1970. Hay en ella, al término del prefacio, una fotografía que ilustra el momento en que Mattingly es investido con la encomienda de Isabel la Católica. El collar le fue impuesto por nuestro encargado de negocios a la sazón en Washington D.C. y el traductor de la obra, Santiago de Churruca, conde de Campo Rey. ¿A qué Mattingly se premiaba? ¿Al autor de la Diplomacia o al de la Armada? La pregunta no carece por completo de interés a la luz del prólogo que para esta Armada de 2004 rescatan los editores de la edición de 1985 (entonces sí que fue oportuna: en ese año hacía cuatrocientos que se habían iniciado «oficialmente» las hostilidades anglo-españolas) y que redacta uno de nuestros mejores especialistas en la materia: Carlos Gómez-Centurión. Gracias a él sabemos que cuando, en 1961, Grijalbo editó la versión castellana ocultó prudentemente el título original, del cual se cayó la palabra Defeat, al tiempo que la Spanish Armada mutaba en Invencible. Todas las precauciones parece que eran por entonces pocas, de manera que el prologuista se vio también en la necesidad de añadir que: «El lector español no debe olvidar que el autor de este libro es de religión protestante y como tal, adversario nato de la imperial y católica política de nuestros grandes monarcas de la casa de Austria». Más tarde, en 1985, al igual que ahora, la derrota seguía siendo derrota, por más que el título siguiera reproduciendo lo de Invencible.

A un lado, en fin, argumentos de oportunidad, la Armada (¿o debería decir la Invencible?) de Mattingly sigue siendo un libro excepcional por muchas razones. Procede de un tiempo en el que era de rigor la exigencia de calidad literaria en el relato histórico; me pregunto qué libro de historia comenzaría hoy con una frase como ésta: «Hasta el domingo por la noche no se presentó Beale con la correspondiente orden de ejecución, pero el miércoles por la mañana, antes de que la luz del amanecer penetrase por sus grandes ventanales, el gran salón de Fotheringay estaba dispuesto». La obra fue concebida en un lugar –los Estados Unidos del tránsito entre los cincuenta y los sesenta– en que las disciplinas humanísticas ofrecían entonces lo mejor que de sí habría de dar el maridaje entre una generosa acogida y un exilio, austríaco y alemán especialmente, que desde los años treinta había buscado refugio al otro lado del Atlántico. Huelga referencia a las razones. Bien pudo Mattingly aprender a escribir de Robert Bigelow Merriman (y algo más también, sin duda: el interés por la historia de España), pero no poca influencia se adivina también, por supuesto, de maestros como Hans Baron (Berlín, 1900), Paul Oskar Kristeller (Berlín, 1905) o Felix Gilbert (BadenBaden, 1905), a los que Mattingly rinde tributo en su Diplomacia. En tercer lugar, y a diferencia de generaciones previas de hispanistas norteamericanos tocados por el «efecto Washington Irving», Mattingly estuvo en Simancas y leyó los manuscritos de la sección de Estado que eran del caso. ¿El resultado?: treinta y cuatro breves capítulos de un relato que circula entre el 18 de febrero de 1587 («Se levanta el telón») hasta el día de Año Nuevo de 1589.

La historia que cuenta Mattingly resiste el paso del tiempo salvo en temas muy concretos. El de los orígenes del conflicto pudiera ser uno de éstos. «Cada paso que el coloso español de los pies de plomo daba en Europa, hacía más inmediato el choque. En Europa ya no existía equilibrio; sólo una fatal dicotomía que tenía que resolverse por la violencia» (pág. 46). De acuerdo, si bien el correlato natural de tal afirmación no debería ser el arranque de la historia desde el episodio de la ejecución de María Estuardo, sino justamente alguna referencia a los «pasos» previos y complementarios que animaron a Felipe II a hacer lo que hizo y, sobre todo, la aclaración del cuándo se tomó la decisión respecto a la invasión.

01/11/2004

 
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